DÍA: 9 DE AGOSTO
Narra Miriam:
Abrí los ojos lentamente y enfoqué la imagen poco a poco. Sentía alguien que me presionaba la cintura. Miré a los lados y me encontré en los brazos de Dani. Ambos estábamos sentados en el bordillo de la acera. Él se limitaba a acariciarme el cabello con cara de preocupación. Yo solo podía respirar con dificultad aún con cierta agitación por lo ocurrido.
Los dos permanecimos así varios minutos, en silencio e intentando tranquilizarnos trás lo ocurrido.
Él me había salvado la vida. Me dio un pequeño empujón cayendo sobre mi pero rodeándome la espalda para que no me lastimase. Se preocupó por mi en el momento más desesperante.
Estaba muy agradecida por lo que hizo. Me limité a mirarle a los ojos, estaban fuertemente humedecidos por la presión que tuvieron que soportar. Estos días me estaban ocurriendo montones de cosas extrañas. No tenían cierta explicación, ni siquiera sabía por qué ocurrían o si era cosa mía.
Dani me abrazó con fuerza al mirarme fijamente a los ojos. Sabía interpretar el sentimiento que se resguardaba en ellos.
Yo le abracé con fuerza, no quería llorar delante de él. No quería demostrar que era débil si no todo lo contrario aunque no fuese cierto.
- Lo siento tanto, Dani... - tartamudeé mientras las lágrimas amenazaban con salir de mis ojos.
- Pequeña, ¿por qué te disculpas? No has hecho nada malo - finalizó el abrazo y me acarició el cabello mientras me observaba esperando una respuesta.
- Por llamarte desesperada y venir con mis cuentos estúpidos, por lo ocurrido en el bar con ese individuo y por tener que salvarme la vida - susurré encogiendo los hombros.
- Eh - me agarró del mentón para que le prestase intención - Me lo he pasado muy bien, incluso con la discusión ocurrida en el bar. Además, recuerda que soy un antihéroe estoy acostumbrado a salvar a damiselas en apuros.
Sonreí de lado bajando la mirada.
- ¿Ves? Puedo hacerte sonreír - me aprieta la nariz divertido.
- Eres el mejor. Gracias - le miré a los ojos.
- ¿Y cómo estás? ¿Te has hecho daño? - volvió a poner la cara de preocupación.
- Tranquilo, estoy bien. No te preocupes - hice una mueca apoyando una mano en la acera.
Me levanté con su ayuda. Siempre tan generoso y atento.
- Ven, tengo mi auto cerca - me tendió la mano.
Dudé por unos segundos y se la agarré. Tenía que olvidar eso inmediatamente. Como si nunca hubiera sucedido o fuese solamente un tropezón tonto.
- ¿Y a dónde vamos? - me preguntó con cariño entrelazando mi mano con la suya.
- ¿Qué hora es? - le pregunté observando nuestras manos.
- Las siete menos cuarto - consultó su reloj de pulsera y me respondió al momento.
- Bien, necesito que me dejes en Fresser. ¿La conoces? La tienda de automóviles - le expliqué quejándome de dolor. La rodilla empezó a dolerme.
- Si, claro. Por cierto, ¿estás bien? - entornó los ojos frunciendo los ojos.
Miré mi rodilla, rápidamente contemplé una extensa mancha de color rojo pasión. ¡Mierda!
Esto dejará cicatriz.
Él bajó la mirada a mi vez y luego levantó la mirada de nuevo.
- Creo que tengo vendas en el coche. Te miraré eso - me miró con lástima y haciendo una mueca con los labios.
- Gracias, Dani. No sé como agradecerte todo esto - le miré a los ojos.
- No te preocupes, cuando me haga una herida te dejaré curármela - sonrió de lado - Y ahora vámonos, esa rodilla no tiene muy buen aspecto.
- Lo sé - dije mientras recuperaba la compostura y notaba la sangre fluír con rapidez de mi pierna.
Ambos comenzamos a caminar cogidos de las manos. Íbamos muy lentos, tanto que pasados largos minutos solo habíamos dado dos o tres pasos. Comencé a reírme mientras mis piernas se tambaleaban, no podía andar correctamente y cojeaba por culpa de la herida. No podía poner mi rodilla recta.
Él me miró pensativo.
- Esto no funciona... - miró mi pierna con detenimiento y se rascó la barbilla con la mano izquierda mientras evitaba con la otra que me cayese al suelo de un momento a otro.
Le miré fijamente mientras Dani ponía sus neuronas a funcionar.
- Ya sé - dijo a la vez que chasqueaba los dedos.
- ¿Qué piensas hacer, genio? - sonreí de lado divertida.
Él me miró con cara pillina y de un momento a otro, me cogió por las piernas y me cargó en sus brazos. Solté un chillido tras el susto que me llevé.
Dani me agarraba con fuerza para que no me cayese y me miraba sonriente.
Y comenzó a correr conmigo en sus brazos sin detenerse ni un momento.
Yo comencé a gritar con fuerza mientras no dejaba de reír. Comencé a golpearle el pecho para que me soltase.
Él no se inmutaba.
- ¡Suéltame! ¿Estás loco? - grité con todas mis fuerzas.
Dani se descojonaba sin escuchar nada de lo que le decía. No sé si de mi o de la situación que estaba viviendo.
- ¡¡¡DANI!!! ¡Cuándo consiga bajarme de aquí te aseguró que...! - dejé la frase incompleta y le miré con cierto enfado.
Seguía sin prestarme atención. Al fin, se paró de golpe y me bajó con cuidado. Me agarré a sus brazos para no caerme de golpe.
Dani me sonrió tierno. Yo le pequé con todas las fuerzas que pude en el brazo. Él se quejó en un murmullo.
- ¿Qué pasa? ¿Por qué este gesto hacia mi? - dijo poniendo pucheros y toqueteándose el brazo haciéndose la víctima.
¡Oh no! ¡No te me hagas la víctima ahora!
No voy a jugar a ese juego.
- ¿Qué que pasa? ¿Es qué a caso estás mal del coco? ¿ A quién se le ocurre...? - le regaño elevando poco la voz.
- No se me ocurrió otra cosa - se encogió de hombros - Además... no me digas que no te lo pasaste bien - me sonrió alzando una ceja.
- ¡Calla! ¡Casi me matas del susto! - le digo cruzándome de brazos.
- ¿Sabes? Pesas muy poco - intervino entre risas.
- Me lo tomaré como un halago - dije con cierta chulería fingida.
- Lo es, pequeña, lo es. Y ahora sube al coche - me ordena cambiando su expresión facial.
- Mmm... ¿Y si no quiero? - ladeé la cabeza llevando mis ambas manos a detrás de la cintura y entrelazándolas entre si. Meneé mi cintura con gracia.
- ¡Te cargaré de nuevo! - rió con ganas acercándose a mi y cogiéndome de las piernas.
- ¡Dani! ¡Bájame! - grité a su oído mientras él abría la puerta de atrás y me sentaba en el asiento.
Me soltó rozando mi mejilla con su dedo pulgar y cerró la puerta del auto.
Le maldecí entre dientes mientras me cruzaba de brazos cabreada. Eso es trampa, un golpe muy sucio.
Al instante, entró por la otra puerta y la cerró de golpe al igual. Andó de rodillas hasta mi y cogió un poco de betadine de la guantera del coche y un pañuelo de papel del bolsillo de su camisa.
Lo extendió y virtió el líquido sobre el pano. Lo dejó boca arriba sobre el asiento que estaba a mi lado y sacó otro pañuelo de su bolsillo mágico. Reí interiormente observando sus movimientos.
- Haber... - balbuceó en un susurro - Voy a mirarte eso.
- No me fío de ti, Fernández - cambié mi expresión facial mirándole con desconfianza y sonreí mentalmente mientras la última palabra resonaba en mi cabeza. ¡Tenemos el mismo apellido!
- Confía en mi, no te dolerá. ¡Prometido! - alzó ambas manos haciendo una mueca.
Desconfié haciéndome la tonta un ratito más y asentí.
- Está bien. Confío en ti - dije entre dientes.
Él me sonrió y extendió sus manos. Subió el bajo de mi falda rozando accidentalmente mi piel. Noté un escalofrío. Sus manos eran suaves y actuaban con delicadeza. Me miró de reojo mientras yo contemplaba sus pasos. Dani miró mi herida con cierto cuidado e hizo una mueca reprobatoria.
- ¿Tan grave es? - interrumpí ese silencio tan desagradable entre ambos.
- No... es solo que... - hizo una pausa volviendo a levantar la mirada - Podías haberte matado, Miriam.
Rodeé los ojos. Supongo que me lo merecía aunque esta situación me recordaba a los viejos sermones que me echaba mi madre cuando tan solo era una niña.
- Lo sé. No hace falta que me sermonees - le susurré frunciendo los labios.
Ladeó la cabeza y cogió la pieza de algodón remojándola con alcohol.
- Te avisé apenas unos segundos antes y... te quedaste inmóvil mirando al frente. Si no fuera por que te empujé ahora mismo no estarías aquí, conmigo - alzó la voz mientras observaba de nuevo la herida. Comenzó a extender el alcohol por la misma.
Apreté los dientes, la verdad es que era un dolor insoportable. Ahora entiendo a estos de las películas. Los actores siempre se quejan cuando les curan la herida.
- Estabas en tu mundo... O eso parecía. Es como si te dejaras llevar, así sin más. Como si tus piernas ardieran de ganas de salir huyendo pero en cambio tu mente estuviera congelada.
- Solo... me asusté. Eso es todo. Lo importante es que actuaste justo a tiempo y te lo agradezco mucho pero enserio, ¡deja de ponerte en modo melodramático! - grité. No sé si por ese terrible escozor o por la furia que aún tenía acumulada cuando ocurrió lo del bar.
De verdad, cada vez tenía menos ganas de perdonar a Henry por todo lo que hizo. Es cierto lo que dicen, nunca terminas de conocer a una persona hasta que te da por detrás, o sea, de forma metafórica.
Dani me miró confuso mientras rellenaba el algodón, ya que el alcohol se estaba agotando.
- ¿Eso es tu excusa? ¿Miedo? - murmuró sin creérselo.
- ¡Oye! No todas las personas salen huyendo. Muchas, como yo, se quedan paralizadas sin saber exactamente como reaccionar. Después de lo ocurrido, seguía aún sin poder casi ni respirar. El miedo me consumió, solo eso - me expliqué mirándole con ojos humedecidos.
Se apoyó en el suelo del auto para no caerse y me observó ladeando la cabeza.
- Solo las personas que lo hacen son las que que tienen muy baja la autoestima y no desean estar en este mundo. Y no me digas que tú eres una de esas personas porque está claro, mi chica indecente, que no lo eres ni por asomo. Ahora si, ¿qué coño te pasa? - exclamó alzando una ceja interrogante.
Noté como el corazón se me rompía a pedazos. Rompí a llorar y todas las cosas que contenía en mi interior salieron de repente. Tenía tantas cosas guardadas dentro...
Henry, mi mejor amigo nos había traicionado. Pris, había echo las paces conmigo aunque no se porque me comporte así con ella cuando lo único que hizo fue defender a un viejo amigo mío, que parece mentira que algún día lo fuese.
Derek, me apoyaba en todo lo que hacía, me ofrecía el amor que no había recibido por otros nunca.
Jessy es como si no existiera, siempre está metida en su mundo de dios sabe qué y Coque... me imagino como estará. Prácticamente, destrozado, muerto interiormente y deteriorado.
Saber que un amigo tuyo está enamorada de tu novia y que aún por encima, sea él el que te pida explicaciones... Y ahora esto, así de la nada, un tumor que no parece ser fácil de eliminar de su vida.
Supongo, que nosotros, su familia, amigos y su novia podemos ayudarle en todo lo que podamos aunque esto cada vez sea más difícil de soportar.
Dani, me acarició la pierna con dulzura. Yo ya no podía sentir nada, solo dolor. Pero no por la herida si no un dolor que inundaba mi ser en lo más profundo.
- ¡Oh, Miriam! - se puso sobre sus rodillas, a mi altura. Acarició mi rostro con ambas manos y a la vez secándome las lágrimas de mi rostro. Me abrazó y no dijo nada más. Le seguí el abrazo. Lo necesitaba más que nunca. Uno de sus abrazos curaderos y llenos de ternura.
- Es que... ya no sé que hacer, Dani. Lo único que más deseo en este mundo es que mi hermano pueda salir vivo de esa operación. Como sea. Te juro que daría todo lo que tengo solo por que él se recuperase - susurré cuando él volvía a ponerse a mi altura y me cogía de las manos para darme cierta confianza, cariño y compasión.
- Sabes que lo hará. El chaval es fuerte. Retrocede en el tiempo. Observa todos esos momentos negativos, todos esos baches por los que tuvo que pasar. Ahora mira el presente, observa donde está.
Se recuperará sea como sea y lo mejor que puedes hacer en vez de compadecerte a ti misma es estar a su lado, cogerle de la mano y decirle: "Todo irá bien" - me aconsejó soltando mi mano y mirándome con aquellos ojos azules tan tiernos.
Me abalancé de nuevo sobre él.
Le rodeé el cuello con mis abrazos y lo estrujé con fuerza entre mis brazos. Siempre conseguía hacerme sonreír. ¿Veis?
- "Todo irá bien" - dije bajito a su oído con mucha ternura. Me soné y ambos recompusimos nuestra compostura. Mientras me calmaba, él terminó de curarme. Me colocó una venda y cuando terminó bajó de nuevo el bajo de mi falda. Puso una mano sobre mi pierna izquierda y se levantó un poco, no de todo ya que el espacio era enano y casi no había espacio suficiente.
- Ya estás. Como nueva. Ahora vamos, te llevaré a ... ¿Fresses? - preguntó poniendo un dedo sobre su barbilla pensativo.
Solté una risita sin dejar de mirarle.
- Fresser - corregí mientras aceptaba la mano que Blue me tendía.
Me ayudó a erguirme. Ambos, bajamos del auto de nuevo. Él, me abrió la puerta del copiloto y hizo una referencia invitándome a entrar.
Me reí con ganas. Tenía unas pintas tan...
Mis ojos centellaron estrellitas, me sentía como una verdadera princesa. ¿Sabes? Estas de los cuentos de hadas.
Entré mientras él volvía a tenderme la mano. Me apoyé en ella para subir.
Él, rápidamente, subió al auto y arrancó el auto que dio un rugido brutal al girar la llave.
Me observó sonriente y besó mi mejilla.
Ambos, permanecimos callados durante el viaje. Yo pensando en Derek y él... sabe dios en qué. Tal vez, en la canción que sonaba en la radio.
¿Cómo contarle a Derek que en vez de pasar un día normal con un amigo me había peleado con mi ex-amigo y casi sufrido un atropello?
Creo que mejor... No diría ni mu y punto. Una, que seguramente me haría preguntas referentes al tema y otra, que se preocuparía de nuevo por mi.
Cogí mi bolso. Metí la mano en su interior buscando mi pequeño set de maquillaje. La verdad, es que siempre venía de ayuda en casos como este.
Moví el espejo retrovisor enfocándolo justo a mi altura y comencé a retocarme el rímel y el brillo de labios. La verdad, es que tenía unas pintas espantosas.
Comencé a retocarme. El rímel se me había corrido por el párpado. Ahora entiendo por que dicen que no debes llorar en público. Después, parecerás un payaso. ¡Si, estos de los circos!
- ¿Enserio? ¿Para qué te maquillas? Eres hermosa de por sí - Dani me interrumpe mis pensamientos y me observa de reojo sin apartar la mirada de la carretera.
- Gracias por el piropo y por mentir tan bien - murmuré haciéndome la raya de abajo y sin mirarle ni un mínimo segundo.
- Aquí la única mentirosa eres tú, mi chica indecente - me miró fijamente apartando la vista de la carretera.
Sonreí como una tonta. ¿Enserio?
Sonreí como una tonta. ¿Enserio?
- Odio que me llames así - guardé el maquillaje y le miré nuevamente.
- Mmm... Yo también odio verte llorar, creeme - frunció el ceño.
Le observé inexpresiva. No sabía que responder a eso así que cerré el pico sobrepesando en todo lo ocurrido.
Y es que, aún después de todo, me seguía preguntando porque no reaccioné cuando Dani me avisó. A él también le extrañó pero ninguno de los dos teníamos una explicación básica para ello.
Tal vez todo eso, lo que pasó. Solo fuera un simple susto. No debería darle tantas y tantas vueltas.
No me di cuenta de que habíamos llegado hasta que Dani intervino en mis pensamientos repentinamente.
- Gracias por todo, Dani. Ya sé que ... No fue el mejor encuentro sino todo lo contrario. Aún sucedido cosas tan... Escalofriantes e irreales. Pero aún así, me lo pasé bien contigo , siempre lo paso bien contigo - le sonreí con ternura mirándole mientras mi mano sostenía el pomo de la puerta.
No es que tuviera ganas de irme, ni mucho menos.
- Yo también. Me lo pasé de miedo después de todo - se encogió de hombros sujetando el volante - Llámame cuando te decidas a presentarte a lo de la escuela de canto - me sonríe de lado.
Me acerqué a él soltando por un momento la puerta y le besé la mejilla como una clara afirmación de que lo haría.
- Y tú llámame cuando se te vaya ese rabuñazo de la mejilla. Creo que le llevará tiempo cicatrizar - hice una mueca reprobatoria.
- No te preocupes, lo haré - me guiñó un ojo - Nos vemos, mi chica indecente.
Abrí la puerta del copiloto y salí del auto. Antes de cerrar la puerta, le miré por enésima vez y balbuceé un dulce pero en tono bajo: "Gracias".
Cerré la puerta y aguardé a que arrancase el auto y se marchara para entrar en el interior de la tienda.
Y pensar que dentro de poco trabajaría aquí...
Cerré la puerta y aguardé a que arrancase el auto y se marchara para entrar en el interior de la tienda.
Y pensar que dentro de poco trabajaría aquí...
Narrador Onmisciente:
Tantos sucesos extraños invadían la vida de Miriam últimamente, que ni ella misma tenía la conciencia de que fueran verdad o un simple sueño o incluso, pesadillas indeseadas. Ella estaba despierta en todos los momentos. Su cabeza no dejaba de llenarse de hipótesis inciertas o sin sentido. Pensando en si se estaba volviendo completamente loca o verdaderamente era cierto.
Cuando estaba completamente a solas, el miedo recorría sus entrañas y de pronto algo le impedía pensar con claridad. ¿Y si esta vez no estaba Dani para ayudarla? ¿Si no habñia nadie a su lado?
La verdad es que todo esto, le estaba dando arcadas. Tampoco tenía fe en contárselo a alguien. Pensándolo bien, la tomarían por psicópata y harían lo posible para tratarla y que eso cambiase.
Miriam, empezó a recordar todo lo ocurrido estos días. Las extrañas voces de las que Jerry le había chivado y que se escuchaban en el edificio, el cortocircuíto en el ascensor, personas que no tienen sombra y ahora eso, la intermediaria visión de Jerry cuando un coche casi le aplasta los sesos. 4, un número particular y que nunca le había gustado. Tal vez por su forma o por su nombre.
¿Pero que era lo que realmente le ocurría a Miriam? ¿Visiones, pesadillas, sueños sin explicación, fantasías? ¿Estaría trastornada, traumatizada o era cierto que se le estaba llendo la cabeza?
Decidió distraerse y no darle tanta vueltas. A lo mejor, solo estaba teniendo una mala semana y no era necesario inventarse tantas explicaciones posibles.
Si, seguramente seria eso. ¿O no?
La vida no tiene explicación posibles, existen mil y una razones por las que todos existimos. Muchos creen en Dios, Alá, en un meteorito con el que se formó la tierra, otros no le dan importancia... Cada uno tiene sus propias razones, pensamientos...
¿Quién sabe? A lo mejor estamos rodeados de seres fantásticos que conviven con nosotros o simplemente son espítitus que continúan en la Tierra. O no hay nada.
¿No oyeron alguna vez las típicas historias de sus antepasados? Las que cuentan sus tataratatarabuelos y que aún se siguen conservando con el paso de los años, séculos o incluso siglos. No existen explicaciones razones para la mitad de las cosas. Solo...ocurren sin que nosotros intercedamos en ello.
Narra Miriam:
Me encontraba en el mostrador del establecimiento esperando a que alguien me atendiese en su debido momento. No había nadie y eso empezaba a ponerme de los nervios.
Enserio, cuando firme el contrato con Derek me encargaré de que esto nunca esté desatendido. Es bastante molesto tener que esperar a que se acuerden de ti mientras una música clásica invade el lugar (Eso también lo cambiaré. Estoy empezando a quedarme dormida estando de pie).
Empecé a patalear. Ya lo sabía, el suelo no tenía culpa de nada.
De pronto, Justin Harley apareció con una sonrisa de oreja a oreja apartando la vista de unos documentos. Casi se le caen en el suelo. Y luego dicen que la patosa soy yo... ¡Y una mierda!
Se situó frente a mi, aunque una mesa de alto tamaño nos separaba a ambos.
- Buenos días, señorita Fernández. Es un placer volver a vernos las caras - meneó la cabeza y sonrió apeteciblemente. Buen método para ligar, compañero.
- Hola... - susurré sin hacerle mucho caso a su último comentario y mirando hacia mis pies.
- ¿En qué puede ayudarla? - intervino leyéndome la mente.
- Verás... Me gustaría hablar con el señor Karev si no es molestia... - mencioné mirándole. Él se mantenía con la mirada fija en mi, sus ojos brillaban y su risa tan pervertida me causaban escalofríos.
- Mis más sinceras disculpas, siento decirle que el señor Karev no se encuentra disponible en estos momentos - apretó los dientes y miró a su tableta portátil.
- ¿No ha venido a trabajar? - pregunté extrañada sin entender muy bien porqué.
- No, hoy se ha cogido el día libre - movió los labios hacia un lado.
- Bueno, ya vendré otro día supongo - me rasqué la barbilla distraída.
Me volteé dispuesta a salir por la puerta, pediría un taxi y volvería al hospital cuanto antes.
- ¡Espere! - gritó no muy fuerte llamando mi atención.
Me giré en su dirección y asentí invitándole a hablar.
- Tal vez... yo pueda ayudarle - sonrió con esperanza.
Y bien, ¿cómo podía ignorar esa mirada de gatito de Internet? Reí flojo acercándome de nuesvo al mostrador.
- Está bien. Verá...me han llamado diciéndome que mi coche ya está disponible para que me lo pueda llevar y estrenar como dios manda - le expliqué.
- Entiendo... Miriam Fernández, ¿no? - preguntó pensativo mirando a la pantalla del ordenador.
Asentí mirando a su vez sin exagerar mucho. Tal vez, me llamase la atención. En vez de eso, me observó de reojo sonriendo.
- Aquí te tengo... - apuntó en un pequeño cuaderno. Tenía una letra medianamente entendible. Comprenderéis que al revés... No se podía leer muy bien - Bien, acompáñeme. Está en el garaje de atrás. Pero antes, debe de firmar aquí y yo mismo le entregaré las llaves de su auto.
Me tendió un documento junto a un bolígrafo de color azul. Firmé en un movimiento rápido.
Me dio las llaves y guardó el documento con firmeza.
Le tendí el cheque, él lo observó con detenimiento comprobando si estaba todo en orden. Lo metió entre las páginas de un archivador gigantesco y me observó de nuevo.
- Sígame, querida - se retiró comenzando a caminar. Le seguí desde atrás recapacitando en las últimas palabras que me mencionó.
Caminé involucrada en mis pensamientos. Al llegar, me estuvo dando la charla un rato. Típico, tiene una gran obsesión por los coches... Yo no sabía nada de ellos. ¿Cómo podía trabajar sin tener ni puta idea de lo que hacía?
- Y eso es todo, neumáticos sin estrenar... Espero que disfrute mucho de vuestra compra y ante cualquier duda o sugerencia ya sabe donde estamos - me sonrió por enésima vez.
- Gracias por todo de verdad - le devolví la sonrisa forzosamente saliendo del país de Nunca Jamás en el que me había metido hace tan solo un rato.
- No hay de qué - metió sus manos en ambos bolsillos y se mordió el labio mirándome de arriba a abajo.
¡Por dios! ¿Enserio hacía eso con todas sus clientas jovencitas? Me compadecí de todas ellas.
- Justin - susurré su nombre como si me estuviera despidiendo. Un pequeño toque de atención para que saliera de esas nubes donde todo es de color de rosa.
- Oh, si - bajó la mirada - Se me olvidó decirle que la documentación del Toyota está toda en la guantera. Y nada más... - jugueteó con sus manos nervioso.
Me quedé expectante, en silencio. Sin saber muy bien como reaccionar. ¿Irme y dejarlo con la palabra en la boca? ¿Darle el rollo un rato más y luego largarme por donde llegué?
Vaya, no ha hecho falta. Él mismo dio el primer paso. ¡Qué situación más incómoda!
- Oye, Miriam. Ahora que ya no eres mi clienta. Tal vez... podría invitarte a cenar - noté como sus labios estaban a punto de sangrar de tan fuerte que los apretaba con los dientes.
¿Y ahora qué? ¿Qué coño le decía? ¿Qué eso no le gustaría mucho a su superior? ¿Qué tenía pareja y estaba profundamente enamorada de ella? ¿Qué tal vez otro día y me limitaba tantas explicaciones?
¿Qué no podía porque estaba liada? Veamos lo que se me ocurre...
- Justin... Voy a serte sincera... - pensativa le miré a los ojos. Bajé la cabeza ya que no quería herirle aún más - No estoy interesada en bueno...lo que sea que me estés proponiendo - me encogí de hombros mirando a los lados como si la cosa no fuera conmigo.
- ¿Acaso piensas que quiero algo contigo? Existe la llamada amistad. Chico, chica. Ya sabes... - se cruzó de brazos entornando los ojos.
- Amistad - alcé ambas cejas inclinando la cabeza hacia un lado.
- Veo que no necesitas un audífono - hizo una mueca divertido.
Ladeé la cabeza bajándola al mismo tiempo. ¿Y ahora qué?
- Vamos, tus papás no te reñirán porque llegues a las nueve en vez de a las ocho a casa - me guiño un ojo sonriendo.
¡Oh no! No sabes lo que acabas de hacer, chiquillo... Volteó los ojos. Bajé la mirada y como pude le respondí.
- ¿Sabes qué? Acabo de recordar una cita muy importante con mi... - Vamos Miriam piensa en algo, ¡rápido! - ...Lagólogo... - susurré alzando una ceja. ¿Se lo creería?
- Joder - bajó la cabeza apoyándose en el auto - Pues... Espero... Volver a verte algún día - ladeó la cabeza desilusionado.
¡Te lo mereces! Mis adentros sonreían. ¿Lagólogo?
- Claro, ya nos veremos - le guiñé un ojo. Por lo menos, no debía de perder la esperanza.
Me acerqué al auto. Probe a abrirlo con la llave que me dio Justin.
- Adiós, linda - se despidió con un movimiento de mano y me miró por última vez abandonando el garaje.
Suspiré y entré en el coche. Me sentía liberada. Me puse el cinturón de seguridad mordiéndome el labio.
Miré a los alrededores, olía divinamente. A nuevo, a coche...
Puse mis manos sobre el volante, programé la radio como pude y arranqué muy segura de misma. Una emoción recorría mis seis sentidos. ¡Por fin! Ya era lo suficientemente mayor como para tener mi propio vehículo. Eso me onorgullecía radiantemente. Ya no era la niña de papá, más bien de mi hermano. Tenía 18 años, ya era mayor para hacer lo que más deseaba hacer cuando era pequeña.
Tener mis propias propiedades y cantar, siempre, hasta el fin de mis días. Poco a poco, las esperanzas de que se cumplieran iban inundiéndome en mi propio sueño. Sonreí orgullosa de mi misma, de mis trayectos, de todo lo que tuve que soportar hasta llegar hasta donde estoy. Pero a la mente, regresó la enfermedad de mi hermano, la rota amistad con Henry y las sensaciones extrañas que experimenté a lo largo de esta semana.
Cuando lo tenemos todo, siempre nos falta algo y nos lamentamos por la mínima cosa que no podemos tener entre las manos.
Escuché mi móvil vibrar. Mi cojera cada vez se notaba menos, ni Justin lo notó. Supongo que eso era bueno. No quería contárselo a nadie. Me tomarían por una niña, aún haciéndome heridas por caídas tan inoportunas... ¡Ni que tuviese las piernas de cristal!
Respondí a la llamada:
- ¡Miriam! - escuché una voz a la otra línea.
- Derek, me alegra oír tu voz - sonreí con picardía mientras observaba por la ventana.
- Tenemos que hablar urgentemente - hablaba con seriedad, ignorando mis palabras.
- ¿Sobre qué? - pregunté intrigado.
- Sobre el rubio y tú - dijo con cierto desprecio.
¿Qué carajo? ¿Estaba celoso por Dani? A veces, puede resultar ser un amor... ¡Qué digo! ¡Siempre!
- Ya te dije, solo es un amigo - reí flojo.
Sentí un fuerte gruñido, parecía estar realmente cabreado.
- Vale... Tengo que hacer un recado y luego... pues nos vemos - susurré bajo como sintiéndome culpable sin saber de qué exactamente.
- ¿Vendrás a casa?
- No... Si eso nos encontramos en el hospital - mencioné bajando el volumen de la radio.
- Está bien - dijo terminando la conversación. Colgó repentinamente.
- Pues adiós... - susurré mirando al móvil con cara inexpresiva.
Bien, sea lo que sea que hiciese. Derek estaba cabreado, muy cabreado conmigo y no tenía razones para estarlo. ¿No? Supongo que esta noche, sabría sus razones.
Bien, guardé el móvil y subí el volumen de la radio. Necesitaba que la música recorriese mis venas.
Sonreí de lado e hice rugir el motor.
La academia de canto me aguardaba. Dani, para ser rubio... sabe dar buenos consejos. ¿No creéis?



