sábado, 22 de abril de 2017

(T2) CAPÍTULO 43: UN ÚLTIMO RESPIRO




Narra Miriam:




                                                                         

                                                      

Algunas veces debes de sentirte orgullosa porque hiciste una buena acción y porque por una vez te sentiste como eras: TÚ misma.


Pero por otro lado, te sientes una completa estúpida porque en vez de hacerle caso a una de las personas que más quieres en el mundo, hiciste lo que tu perversa y elocuente mente te ordenó.

A veces, no somos conscientes de lo que estamos haciendo y de las consecuencias que eso conlleva. No somos nadie, solo títeres dirigidos por nuestro corazón.

Alguna vez aprenderemos, para volver a equivocarnos nuevamente. Así moriremos, cayéndonos y volviéndonos a levantar.




                                                                       







Mis ojos se abrieron después de recibir un notorio pinchazo.
Todo estaba oscuro, no veía absolutamente nada. Solo negro y más negro.

El silencio inmenso era tan real como el dolor que sentía en mis brazos.

No sé si era de día o de noche pero había abierto los ojos así que no estaba muerta.



No lo estaba. No estaba muerta.









Narra Lola:







- Oye, Mandy. No creo que sea buena idea - fruncí el ceño. Las chicas aún no habían llegado, éramos las primeras.

- No, Loli. ¿Cuánto ha pasado? ¿Una semana? Necesitas salir, liberarte... Debes demostrarle que puedes vivir perfectamente sin él y de paso te buscas un nuevo ligue - rió alzando ambas cejas.

Puse los ojos en blanco.

Nos encontrábamos justo delante del pav. La música hacía estallar mis oídos y las chicas me desesperaban cada vez más.

Ellas habían insistido durante toda la semana para que fuera. No pude negarme ya que si lo hacía, vendrían a mi apartamento y me llevarían ellas mismas como si de un saco se tratase.

No me sentía con ánimos para andar de juerga. Sé que Mandy y las demás solo querían que me lo pasase bien y desconectase pero no creo que fuese capaz.

Henry ocupaba mi mente a todas horas como si fuera una adición prohibida.
Necesitaba verle y sentir que todo volvía a ser como antes. Solo eso me alegraría.

Ayer telefoneé a su hermano. No volvimos a hablar de la locura e inmensa chorrada que intenté hacer hace unos días. Mejor así, estaba fuera de lugar, indignada y entristecida. Así no puedes pensar con claridad.

Bien, le pedí que me trajera algunas cosas que me olvidé en su casa. Según él, Henry no se percató de absolutamente nada. Acudió a mi apartamento para devolvérmelas y le invité a tomar un café.

Me explicó que Henry llevaba unos días bastante raro y sobre todo, estaba muy hundido. No parecía él.
Cuando Miguel intentó sobresacarle que le ocurría, no quiso decírselo y rápidamente se sumergió en su cuarto.

Así que ambos nos sentíamos de la misma forma. Sin fuerzas, sin ánimos, sin amor, sin compañía, sin el uno y sin el otro.

¿Hasta cuando podríamos seguir así?


- Lola, ya llegan. ¿Preparada para coger la mejor borrachera de tu vida? - interrumpió Mandy mis pensamientos mientras su sonrisa crecía sin más.

Le sonreí de nuevo como pude. Ya que me obligaban a ir, por lo menos, intentaría pasármelo lo mejor posible.








Narra Miriam:




Me erguí. Mis piernas estaban adormecidas y el fuerte dolor que consumía mis brazos desapareció en un par de segundos.
No sabía expresar como me sentía en aquellos instantes. Ciertamente, físicamente me notaba bastante bien pero psicológicamente encontraba mi mente totalmente colapsada. No era capaz de pensar y mucho menos recordar con claridad, Es como si una especie de energía me conteniese.

Miré a mis alrededores. Todo estaba oscuro aún aunque esa opacidad no me asustaba si no todo lo contrario. Me complacía y me relajaba.

El ambiente era manso, tranquilo y dócil como si en cualquier momento pudiese romperse y cambiar totalmente.

Y entonces, sentí la necesidad de levantarme. Me di cuenta de que continuaba aún en el suelo y eso me extrañó.
Suspiré fuerte y cerré los ojos. Pensé que al levantarme, un fuerte dolor me consumiría pero por lo visto me equivoqué. Me encontraba bien, me sentía como si acabara de nacer nuevamente y el dolor había desaparecido. No me costó tampoco mantenerme de pie -sin contar que al principio, los tenía dormidos- y caminé con sutileza por aquel estrecho pasillo de la UCI.

- ¿Mamá? ¿Estás bien? - murmuré deteniéndome justamente debajo del aparato de ventilación. No recibir ninguna respuesta me alarmó así que volví a llamarla una vez más. Tenía que estar bien. Si yo lo estaba, ella también debía estarlo. - Mamá. Estoy bien. Todo está bien.

Y seguía sin recibir una respuesta clara. Todo estaba en completo silencio. No había absolutamente nadie.

Entonces cerré mis ojos y pude contemplar el rostro pálido de mi madre por unos instantes y a aquel hombre amenazándome con aquel revólver. ¿Apretó aquel gatillo? ¿Me disparó realmente?
¿Pero que estoy diciendo?

Me senté en el suelo y abrí los ojos de golpe mientras me abrazaba a mi misma.
¿Qué está pasando?
¿Por qué no hay nadie?
¿Por qué mi madre ha desaparecido?
Y lo más extraño: ¿Por qué no siento miedo?

Mamá...
Derek...
Coque...

No puedo pensar con claridad. Solo son pequeños detalles, enanos recuerdos que apenas puedo recapitular perfectamente en mi mente.

Sé que atravesé esas puertas, sé que no le encontré pero sé que nos encontró él a nosotras.
Por dios... ¿Por qué no puedo acordarme de lo que pasó?

Noté una presión sobre mi hombro. Cuando me di la vuelta, allí estaba. Se encontraba de pie, mirándome con aquellos ojos verdes que tanto me apasionaban. Siempre quise tenerlos como ella.
Parecía más joven, más bella pero pude ver que continuaba siendo la misma.

Noté como mi pulso se aceleraba. Mi respiración se volvió muy agitada y no podía quitarle la mirada de encima. No podía estar pasando. Era imposible que estuviera delante de mi como si nada.

Cerré los ojos una vez más. Pensé que estaba delirando pero en cierto modo, cuando volví a abrirlos me di cuenta de que era cierto. De que era ella.

- ¿Estoy... muerta? - pregunté como si las palabras saliesen solas de mi mente.

- Así es - respondió ella al cabo de un rato totalmente inmóvil.

Y aquellas eran las palabras que más temía en el mundo pero sabía que eran ciertas incluso antes de preguntarlo.









Narra Lola:




Debería de estar disfrutando. ¡Si!
Llenarme el cuerpo de alcohol y salir a la pista para que todas las miradas se clavaran en mi pero no soy capaz.

En vez de eso, me escondo en el fondo del local mientras bebo agua del grifo y mis amigas se lo pasan de miedo bailando y riendo y bebiendo...

¿A quién voy a engañar? Soy un verdadero muermo. No me extraña que sea virgen y esté más sóla que una piedra en medio del desierto. Apesto, doy asco y pena a la vez. ¿Quién quiere estar con una chica así?


Cogí mi celular y marqué el número de Miguel. Después de unos cinco tonos, su voz ronca sonó a través del mismo.

- Siento molestar tu increíble sueño a las... - miré la hora en mi reloj y puse los ojos en blanco. ¡Es impresionante que este durmiendo a las once de la noche! Es como un niño pequeño que le regaña su madre y le obliga a dormirse pronto para ir al día siguiente a clase, - Olvídalo. No me meteré en tu apasionante horario durmiente.

- No estaba durmiendo. ¿Vale? Solo... Echaba una cabezadita - se justificó mientras intentaba aclarar la voz a la vez que bostezaba como un tremendo oso gigantesco y grotesco. - ¿Qué pasa estúpida?

- Me aburro. No soy capaz de divertirme y ser como tú. Un gilipollas y maleducado al que todo le da exactamente igual. Tal vez, el mundo me odia y no los culpo por que...¿Sabes? Creo que yo también me odio. Soy borde, un poco egoísta y tengo un mal humor impresionante.

- Oye, oye, oye - me paró en seco suspirando levemente - Eres una de las mejores personas que conozco. Nadie te odia. ¡Venga ya! Deja de compadecerte de tú misma y diviértete. Tómate dos putos cubatas y ligátelos a todos, puta alienígena.

- Amo tus impresionantes formas para hacerme cambiar de opinión. Gracias cabeza hueca. Tal vez sirvas para algo - sonreí leve y luego me terminé el agua y cogí el bolso.

- JAJAJA. Ojalá te folle un negro, cabrona. Anda, lárgate y zorreale a unos cuantos. Tengo que seguir con mis estudios intensivos.

- Tan "intensivos" que hasta babeas sobre los libros.

- Cállate, cerda.

Y sin más, me colgó. Me encantaba hablar con él. Siempre sabe las palabras exactas para hacerme sentir mucho mejor.

Me acerqué a la barra después de guardar el móvil en mi cazadora.

Después de pedir, me alisté un poco el cabello y respiré hondo mientras me bebía la copa de un sorbo. Tal y como dijo Miguel. Seguí sus indicaciones.

Sin preocupaciones, sin pensamientos oscuros, sin recuerdos pasados y sin culpabilidades.

- Hola, póngame un Martini y a la señorita otra ronda de lo que esté bebiendo.

Me volteé y un hombre de estatura media, talle fino, piernas largas y con unos brazos bastante musculosos y llenos de numerosos tatuajes se presenció justo a mi lado.

Sus labios eran finos de un color rosado, su nariz no era ni muy pequeña ni muy grande y sus ojos claros color miel no dejaban de observarme ni un misero instante.

Vestía un chaleco de cuero que dejaba ver sus brazos a la perfección, unos pantalones rotos de color oscuro y unas zapatillas de marca. Su cabello era tan oscuro que me llamó la atención.

No tenía absolutamente nada que ver con Henry. Parecía más oscuro, más frío y sin duda, Henry le superaba en cuanto a belleza física.

Aparté la mirada intentando aguantarme la risa. ¿Me faltó algo por analizar de él? Creo que no.

Me parece que ese es uno de mis peores defectos. Analizar a las personas como si tuviese miedo a lo que pudiese pasar.

La camarera me sirvió mi segundo cubata a cuenta de él y este se alejó viendo que no tenía ni la más mínima posibilidad conmigo.

Tal vez deba dejar de tener miedo. No debo esconderme, ni cohibirme, debo soltarme como hice con Henry cuando le conocí. Lo recuerdo como si fuera hoy. Él me trasmitió seguridad desde el minuto cero.
Era increíble la sensación que me hacía sentir solamente a escasos centímetros de él.

¡Ya basta! Debo parar de pensar en él.

Pedí otra ronda a la camarera mientras notaba como el alcohol comenzaba a hacer efecto.
Es una buena forma de olvidar.

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Narra Miriam:




- Sé que no es muy agradable escuchar eso. Creéme, es tan difícil para mi como para ti.

Alcé la mirada de nuevo. Llevábamos un rato caminando. Mi abuela no dejaba de darle vueltas al tema pero no podía decirme nada sobre lo ocurrido.

Me percaté en el camisón blanco que cubría su cuerpo y bajé de nuevo la mirada frunciendo el ceño.

Me acuerdo perfectamente de el. En sus últimos días de vida, no se desprendió de él ni una sola vez.
Siempre fue su camisón favorito.

La escena de su muerte en mi mente hizo que unas pequeñas lágrimas salieran de mis ojos.
Fue muy trágica, muy dolorosa y en mi vida había sentido algo como eso. El dolor de perder a alguien que de verdad amas, de perderlo para siempre y lo más difícil, aprender a vivir con ese dolor.

- Oh querida - dijo mi abuela mientras me acogía entre sus pequeños brazos e intentaba tranquilizarme - Sé que es duro. Todo esto es extraño y verdaderamente doloroso pero debes entenderlo para no volver a repetirlo.

- Abuela, no sabes lo que sentí cuando te perdí. Me encontré sóla, completamente inundada de dolor y lágrimas. Juré que nunca me sentiría así de nuevo. Siempre fuiste como una madre para mi. Nos cuidaste desde que teníamos seis años hasta que cumplí los trece. A la vez que mi hermano, siempre fuiste una referencia para mi. La persona en la que deseaba convertirme. Mi heroína.

Mi abuela se separó de mis brazos y me cogió por los hombros.

- Nunca estarás sola. Siempre estaré a tu lado cuidándote y también aquí - dijo señalando mi corazón mientras me dedica una tierna sonrisa. Eso consiguió devolverme al presente. Me sequé las últimas lágrimas que caían por mi rostro y le miré a los ojos.





- Es extraño - fruncí el ceño mientras me sentaba en uno de los asientos de la sala de espera,

Mi abuela se sentó a mi lado mientras me cogía de la mano.

- ¿El qué?

- Estoy muerta. Debería de sentirme perdida, entristecida y... - gruñí leve y alcé la mirada. - En cambio, me siento un poco aliviada, segura y liberada.

- Por eso estoy aquí. Quiero que me expliques lo que ocurrió.

No dejé de mirarla fijamente hasta que sentí un fuerte dolor en mis brazos.
Luego, el dolor se extendió a mi cabeza. Comencé a bramar fuertemente mientras me sujetaba la cabeza con ambas manos y contenía la respiración.
Era inaguantable, muy insoportable. No podía aguantarlo. Es como si cortaran cada parte de mi cuerpo en pedacitos.

- Por favor, haz que pare abuela - chillé con energía mientras hundía la cabeza entre mis muslos sin dejar de sujetarme la cabeza.

Pero ella seguía completamente rígida sin dejar de observarme y con la misma expresión que hace unos instantes.

¿Por qué no se inmutaba? ¿Por qué no me ayudaba?

- ¡Abuela! - grité mientras el dolor pasaba aceleradamente a mi tripa y la sangre salía disparada por mi boca.

Miré mis manos ensangrentadas y cerré los ojos con fuerza.

Al abrirlos, vi unos zapatos. Al levantar más la mirada, pude contemplar un rostro muy familiar.

- ¿Jerry? - susurré casi sin fuerzas mientras el dolor aumentaba dentro de mi y la sangre seguía fluyendo apresuradamente - ¿Qué hacéis todos aquí? Esto es...

- No, no es el cielo - murmuró Jerry leyéndome la mente.

-Tú nos has llamado - susurró mi abuela desde más lejos.

- ¿Qué yo os he...?

- Miriam, es importante. No debes entretenerte - me interrumpió mi abuela.

- No hay tiempo. Se te acaba el tiempo y a nosotros también. Debes escucharnos. Es importante.

- Tal vez...

Mis palabras fueron interrumpidas por un fuerte dolor que me hizo perder el conocimiento.










Narra Lola:





Me acerqué al chico misterioso. Miguel tenía razón. Debía liberarme y disfrutar y esta era la mejor forma de hacerlo.



Con siete copas encima y el alcohol subiendo por mi cuerpo como si se tratase de agua evaporada, toqué el hombro de aquel chico que se entretenía hablando con un hombre un poco más mayor que él.

- Quería agradecerle la copa. Aunque haga como un siglo que me la bebí - sonreí mientras él se daba la vuelta y me observaba de arriba a abajo.
El otro hombre se esfumó como si tuviese el SIDA o algo por el estilo. Fruncí el ceño pero decidí no darle mucha importancia.

- Fue un placer. ¿Cómo te llamas, linda? - me preguntó sin dejar de mirarme e invitándome a sentarme.

Pedí otra copa y ambos comenzamos a charlar abiertamente.

- Rogelia - le ofrecí mi mano intentando contener la risa. Este me miró con los ojos muy abiertos, bastante descolocado. Reí notoriamente - Lola. Debiste ver tu cara.

- Lo sé. Es muy linda de admirar - pronunció dándole un sorbo a su copa y observándome nuevamente.
Se sentó a mi lado y yo sonreí.

- JAJA. Deja de usar ese término. Me pone de los nervios - me mordí el labio y este se aproximó más a mi.

- Entonces... ¿No puedo decir que eres linda?

- Usa un sinónimo y todo arreglado.

Dije abiertamente mientras me encogía de hombros y me centraba en admirar mi copa.

- ¿Sabes qué los menores de edad no pueden beber alcohol?

- Tengo 18, gilipollas - bramé pegándole suave en el brazo.

Él volvió a observarme de arriba a abajo maravillado. Notaba su mirada clavada en mi a cada segundo.

- Yo 22 - aclaró alzando el dedo índice y corazón a la vez representando el símbolo de la paz.

- Sigo sin saber tu nombre. Haber si lo adivino... ¿Owen? No, no. Mejor, ¿Kevin? Si, tienes cara de Kevin - jugueteé con mi copa mientras él sonreía y se acercaba a mi oído lentamente causándome un pequeño escalofrío.

- Te lo diré porque me resultas divertida. No sé si es por lo bebida que vas pero...
Me llaman Mason.

Se separó de mi y yo sonreí ingenua.

Alcé ambas manos después de terminarme la copa.

- Está bien. No valgo para ser adivina. Acabo de demostrarlo.

- ¿Bailamos? - me ofreció él mientras se levantaba y miraba la pista.

Dudé unos escasos segundos y asentí mientras me levantaba también.

Sentí como todo me daba vueltas por unos instantes y hasta que él me ofreció su mano, no pude ver con claridad.

Ambos accedimos a la pista.

Kelly me guiñó un ojo mientras bailaba con un chico más o menos de su edad que a mi parecer parecía totalmente irresistible.
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Narra Miriam:




- Miriam, ¿ya estás lista para hablar o vas a perder aún más el tiempo?

Abrí los ojos de nuevo. Jerry se encontraba arrodillado justo a mi lado. Me observaba con curiosidad y al mismo tiempo, como con miedo a que escapase o algo por el estilo.

- ¿Así que podéis aparecer y desaparecer cuando os de la gana? - pregunté algo aturdida mirando a los alrededores. Seguíamos en el mismo lugar. Sucio, apagado y realmente oscuro.

Miré mi cuerpo. Ya no había sangre y el dolor desapareció nuevamente.

- ¿Qué pasó?

- No lo sé. No lo recuerdo - reí ingenua y me tumbé en el suelo mirando a la nada.

- Si no los supieras no nos habrías llamado.

- Yo no os pedí que vinieráis a mi funeral o lo que sea - afirmé indignada aún sin saber verdaderamente que hacía aquí - Si no es el cielo, ¿dónde estoy?

- Aquí quien hace las preguntas soy yo - dijo mientras yo ponía los ojos en blanco - Estás empezando a recordar lo ocurrido. No lo niegues. El dolor que sentiste hace unos instantes. Era un recuerdo.

- Él me miraba. Su expresión era repulsiva, extraña y rara. Estaba mal de la cabeza. No dejaba de meterse conmigo pero ya no tenía escapatoria. Mi madre estaba en peligro, mi hermano también y no podía escapar. Así que dejé de pensar, caminé hacia él y dejé que el destino hiciese su trabajo - confesé mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.

- Si tienes tan claro lo que pasó. ¿Por qué estamos aquí?

- Ojalá lo supiese. Yo no quería morir. ¿Quién quiere eso? - reí flojo y paré en seco cuando no demostró ninguna muestra de divertimiento en su rostro.

- No. Me estás ocultando algo. ¿Qué ocurrió?

Fruncí el ceño. Ya le había contado todo lo ocurrido. ¿Por qué seguía presionándome? ¿Por qué no me dejaba en paz?

- Es una pérdida de tiempo. Nunca nos dirá nada - mencionó mi abuela apareciendo de la nada.

- ¿Queréis de dejar de aparecer y desaparecer? Me ponéis de los nervios.

- En mi opinión, no hay un término medio. Sé que lo sabe aunque si ni siquiera ella misma está segura de sus sentimientos, nosotros aún menos.

- ¿Hola? Sigo aquí - me entrometí alzando las manos y ladeándolas de un lado a otro - Dejen de actuar como si no existiese.

- Cállate. Esta es una conversación de adultos - bramó Jerry mientras yo me cruzaba de brazos y suspiraba alto - Estamos atrapados al igual que ella. Si no nos lo dice por las buenas, tendrá que hacerlo por las malas.

Mencionó finalmente y luego, desapareció como si nada.

Miré a mi abuela. Ella se encogió de brazos y volteó los ojos.













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