Narra Miriam:
- Please, you can leave your seats in numerical order. I hope you enyoyed your trip and we wish you a good stay in San Francisco.
La voz de la chica de megafonía del avión, me hizo despertar de mi profundo sueño. Y se lo agradecía, más que sueños parecían pesadillas sacadas de una película donde Derek era el protagonista y yo una simple antagonista.
Esperé mi turno, ya que mi asiento y el de la señora de los ronquidos pertenecía a la cola final del avión.
Cogí mis maletas de mano, mientras tanto; del compartimento que se hallaba sobre mi cabeza y el bolso que me había acompañado todo el viaje con objetos básicos.
Salí detrás del último integrante del avión con un largo camino aún para poder abandonar el aeropuerto y encaminarme a mi lugar de destino, cerca del mirador de Spencer Battery, con vistas al Golden Gate. Una de las zonas más turísticas y caras de San Francisco, en California. Tuve muchísima suerte de viajar en un vuelo directo, me aburriría muchísimo estar de escala en escala durante a saber cuantos días hasta llegar a mi destino. Aparte, la academia me había conseguido los billetes en tan solo un par de días, supongo que al ser el mes menos turístico del año, no tuvieron muchos problemas.
Miré el reloj, una vez estaba en la cola de control de pasaportes o también llamado, migraciones. Aún me quedaba un buen rato. Debía encontrarme con mi supuesto mánager a las 9.00 de la noche en el hotel The Gables Inn Sausalito. Eran las 6.00 aún pero aún tenía que coger el bus Muni hasta allí y salir del aeropuerto laberíntico en el que me encontraba. Había visualizado en la cola a la señora ronquidos, tenía pensando seguirla para encontrar la salida y no perderla de vista en ningún momento o eso significaría un verdadero tormento para mí.
Cuando por fin, me revisaron el pasaporte conseguí salir del aeropuerto y encontrar la parada de buses. También me dio tiempo a comprar un billete a mi destino. Civic Center, la última parada, era en la que debía bajarme.
Llegó el bus a las 7:42 y hasta las 8.08 no llegué a mi destino para coger otro bus, a las 8.23 y llegar al Bridgeway y Bay St, a las 8.55. Tuve que caminar durante unos cuatro minutos hasta llegar a mi hotel. Donde pasaría los primeros días hasta poder encontrar un piso de alquiler cerca de la zona del estudio.
Así que era algo puntual que esperásemos durase poco tiempo. Por tan solo 18 dólares, estaba ahora mismo frente al The Gables Inn Sausalito, sobreviviendo a las calles laberínticas de San Francisco y a mi poco conocimiento sobre inglés, al menos de forma auditiva, hablarlo no se me daba del todo mal.
Esperaba con ansias que el mánager, supiese español si no, la experiencia cambiaría por completo y se convertiría en una pesadilla, al menos los primeros días.
Al poco rato, un coche llegó y de el salió un chico de unos 40 y tantos, con un aire bastante español. Suspiré aliviada cuando lo escuché decir "Hola". Le saludé algo nerviosa.
- Supongo que tendrás hambre, ¿cenamos en un lugar que pienso que te va encantar y hablamos? Por cierto, que maleducado. Mi nombre es Mike, obviamente soy español - dijo mientras me tendía la mano. La acepté embozando una sonrisa mientras trataba de relajarme.
- Claro, ¿debería hacer check-in antes?
- Sí, además dejamos tus cosas en el hotel.
Y así lo hicimos, accedió a acompañarme hasta la puerta de mi habitación. Una vez dentro aluciné. Era enorme la habitación, con una cama extragrande y una chimenea artificial para pasar la noche de la forma más acogedora posible. Al lado de la ventana, había un pequeño escritorio que tenía por sentado que sería lo que más usaría de la habitación junto a la cama. En vez de armario, había una gran cómoda al lado de la puerta de la habitación y en el otro extremo, tenía un pequeño balcón que daba a la parte trasera del hotel, unas vistas impresionantes del lugar y de la pequeña ciudad. Era mucho más bonita que todo el centro, lleno de edificios altísimos y poca vegetación.
Dejé todas las maletas sobre la cama y decidí irme sin ni siquiera asegurarme que la habitación contaba con bañera.
Una vez en el exterior, me subí en el coche de Mike. Puso la música más española que puede a ver a través del Bluetooth de su teléfono y recorrimos la pequeña ciudad de Sausalito hasta llegar al restaurante. El lugar era increíble. En tres minutos llegamos a Copita, Tequilería y Comida. Pensé que iríamos al típico restaurante con comida del lugar pero no. El mánager parecía ser de comida mexicana.
Nada más entrar y sentarnos, nos recibieron con unos increíbles chupitos de tequila y nos dejaron las cartas en la mesa. Vaya, este sitio es increíble.
Después de pedir unos Tacos al Pastor y el mánager pedirse un plato grande que no tenía idea de lo que era, ya que el menú estaba en inglés y me costaba un poco pillarlo. No era experta en comida mexicana por desgracia, observé el lugar con detenimiento. Apenas había separación entre mesas, creo que lo hacían aposta para aprovechar el espacio y además, comer como una gran familia. Todo estaba hecho de madera y repleto de lámparas con forma de velas colgadas por todas partes. Se podía contemplar incluso al cocinero, ya que la cocina comunicaba con la barra y toda la parte del restaurante. Era increíble la cantidad de Tequilas, de diferentes clases y marcas que había en ese lugar. Sencillamente guau. El decorado de azules blancos y azules junto a las paredes rojas pasión.
Una vez nos trajeron la comida, comenzamos a comer mientras nos sonreíamos mutuamente.
- Bueno, como deducirás seré tu mánager durante estos dos años. Mañana sobre las 8.00 de la mañana te recogeré para llevarte a la academia donde estarás yendo todo este año. Una vez termines, es cuando por fin, podremos comenzar con la maqueta de tu primer álbum y dispondrás de un año exacto para terminarla y posteriormente, publicarla. Por supuesto, contarás con los mejores del equipo. Tanto para la elaboración de los beats como para los coros y el detrás de cámaras. Son unos verdaderos profesionales, te lo prometo. Hay algo que debes saber, debes aprobar todo durante este año y no te será fácil. Las academias españolas no tienen nada que ver con las de aquí. Aquí salir de una academia con todo aprobado es como sacarte una matrícula de honor en una carrera universitaria y culminar con la elaboración de tu primer disco, es el máster que te sacas luego. En un año como comprenderás poco puedes aprender, por eso te exigen mucho a nivel práctico, vocal y artístico. Con 8 horas de clases durante los cinco días de la semana. Te recomiendo que busques un trabajo los fines de semana para compensar gastos. La beca es elevada pero San Francisco es caro. Hasta aquí, ¿bien?
Le miré atentamente mientras disfrutaba de mis tacos, nunca había probado unos tan buenos.
- Entonces, hasta el año que viene, ¿no serás mi mánager? - comenté con la boca aún llena de comida.
- Por supuesto que sí. Te ayudaré en todo lo que pueda, me tendrás para lo que necesites las 24 horas del día. De hecho, me he cogido una habitación en el mismo hotel para que te sientas lo más tranquila y cómoda posible hasta conseguirte un apartamento aunque al ser en un sitio relativamente turístico, tendrás que compartirlo con más compañeros de la academia. Eso lo hablaréis mañana. No te preocupes por nada, eso lo arreglaremos nosotros.
- Vale, si decido por cualquier motivo, dejar todo a medias. ¿Qué inconvenientes tendría?
- No te lo recomiendo para nada, Miriam. ¿Puedo llamarte Miriam? - preguntó dando un bocado a lo que fuese que estuviese comiendo, tenía una pinta horrible pero en cambio, olía de maravilla. Asentí con la cabeza a su pregunta - Tendrías que devolver todo el importe. Tan solo el viaje que llevas hasta aquí, el hotel de esta noche y la matrícula de la academia son cerca de mil dólares. Cuanto más sigas en el curso más sube esa cantidad. Por eso, quería explicarte que debes estar segura por completo. Esto no es como la matrícula de la universidad en España que puedes cancelarla cuando quieras y demás. Esto es más serio, Miriam. Te enfrentas a una nueva vida, si triunfas tendrás todo el éxito bajo tus pies pero si en cambio, no consigues llegar a lo alto, no volverás a tener una oportunidad. Hazme caso. Si es lo que llevas soñando toda tu vida, es tu momento. No puedes irte.
- Ya veo, ¿y cuál es el principal empleo por aquí? Imagino que la academia estará en esta zona, ¿no?
- Por supuesto. podrías hasta ir andando desde el hotel pero prefiero llevarte yo. Necesitas un apoyo en estos momentos. El principal empleo es de comensal o en el club como limpiadora de lanchas y barcos. Lo demás es demasiado complicado de conseguir.
- ¿Y concesionarios? Es la poca experiencia de la que poseo.
- Aquí no se suele poseer de vehículo propio, la gente se mueve por transporte público en esta ciudad. Es más rápido y está disponible las veinticuatro horas del día.
- Vaya, a ver si tengo suerte - mascullé ingiriendo el último bocado de mis tacos.
- ¿Postre? - sonrió Mike rellenándome la copa.
- Estoy llenísima, voy a pagar.
- De eso nada - dijo Mike agarrándome la mano y parándome los pies - Dije que te invitaba a cenar esta noche. Debes acostumbrarte, es propio en la vida de artista.
Reí incrédula. Todo esto aún me resultaba surrealista.
- Aparte aún es muy pronto, debemos celebrar tu estrellazo. Un sueño cumplido. ¿No?
- Claro - dije orgullosa mientras Mike llamaba a la camarera y pedía dos chupitos de Don Julio bien frescos.
Nos los trajo al momento, eso que había muchísima gente en el local.
- Brindemos por tu llegaba a San Francisco.
- Y por ti, Mike - reí acercando el vaso al suyo y brindando.
Nos lo bebimos y me levanté a la barra a pedir otro chupito. Y así, elegir otra tequila que llamase mi atención.
Cuando iba dispuesta de nuevo en la mesa, un chico chocó conmigo tirándome uno de los chupitos en mi camiseta de los Backstreet Boys.
- Mierda, mi camiseta de la suerte - bramé sin ni siquiera captar el rostro del chico y cogiendo unas servilletas de la barra.
- Tener una camiseta de la suerte es más raro que escuchar nunca - bramó una voz italiana justo delante de mí - ¿Poder ayudar? - chapurreó el chaval extendiendo una mano sobre mi camiseta.
- Gracias pero ya hiciste bastante - murmuré alzando la cabeza. Unos ojos marrones como la miel me miraban con curiosidad. Por fin, pude fijarme en su rostro. Una mandíbula totalmente perfecta conformaba el rostro del italiano, junto a una mirada llena de arrepentimiento y una sonrisa tímida en sus labios. Su pelo azabache le caía en cascada sobre su frente y no paraba de acicalárselo para que no ocupara en gran medida su rostro.
- ¿Cómo? Non capisco - exclamó con una sonrisa de oreja a oreja mientras volvía a acercarse a mí intentando ayudarme a limpiar la camiseta.
- He dicho que lo dejes, imbécil - bramé enfurecida desapareciendo de su vista.
Realmente, no estaba tan enfurecida como aparentaba. Pero estaba segura al cien por cien que el chico estaba fingiendo no saber inglés para usar el italiano y poder conquistarme con el acento o evitar la conversación excusándose.
Propio de italianos, engatusar a cualquier mujer con sus aires victorianos y extravagantes.
Volví a sentarme en la mesa con Mike volviendo a brindar con los chupitos. Mientras, unas mesas más al norte, el italiano me miraba risueño mientras se pasaba la lengua por el labio lentamente. Tenía unas ganas de acercarme y decirle un par de cosas que no le iban a gustar absolutamente nada.
Desperté por la mañana con un sueño increíble, eran las 7 de la mañana. Miré a mi alrededor totalmente desorientada. No me había percatado que estaba en la habitación del hotel y no en el cuarto de mi casa.
Maldita sea, ayer nos pasamos con el tequila. Estuvimos hasta las dos de la mañana celebrando mi llegada y me dolía mucho la cabeza. Suerte que llevaba unos ibuprofenos en la bolsa. Eran muy necesarios a mi manera de ver.
Me tomé uno y me separé de la enorme y cómoda cama de dos metros. Mis pies me condujeron hasta el cuarto de baño. Mierda, no tenía bañera, si no una mampara gigantesca. Igualmente me duché rápidamente y me puse lo primero que encontré. Una sudadera larga y unos pantalones cortos junto a unos botines. Al poco rato, sentí como golpeaban la puerta de mi cuarto. Me apuré a abrir al mismo tiempo que cogía mi bolso.
- ¿Lista?
- Por supuesto, Mike - salí del cuarto a su paso cogiendo la tarjeta y siguiéndole hasta la salida del hotel. Aún no me había quedado muy claro, la salida de este lugar tan laberíntico. Nos subimos al coche y llegamos en diez minutos. Habíamos llegado media hora antes así que Mike aprovechó para mostrarme alguna de las salas más frecuentes. El lugar era enorme. Nada que ver con la academia española. La cuatriplicaba, en todas las proporciones.
Existían como cuatro edificios, sin contar el principal. Un extenso camino de piedra conducía a la entrada de la academia donde tan solo había algunos de los profesores, los conserjes y personal de limpieza. Les saludamos en inglés y proseguimos por nuestro camino. El sitio era fascinante, más por fuera que por dentro obviamente, por dentro era un laberinto como todo San Francisco hasta ahora.
Lo primero, eran las cabinas individuales de estudio y para cámaras adaptadas, eran pequeñas pero muy funcionales. Disponían de todo lo necesario para grabar buenos acústicos.
- Esta sala es la que más le gusta a la gente, también es donde pasarás la gran parte del tiempo, te asignarán siempre la misma, no te preocupes.
Luego, me mostró la Aula Magna que contenía todo el equipo profesional de audición y grabación, a su lado, estaba el aula de coro, la de la banda, orquesta y la última, de música de cámara.
- Esta es el aula de informática musical, cada una cuenta con 6 puestos de trabajo. ¿No es genial? Es super luminosa.
Seguimos caminando por los largos pasillos, la mediateca con un montonazo de partituras, discos, libros de consulta, puestos de escucha individuales...
- Como la biblioteca de los músicos, ¿no? - mencioné a Mike antes de que pudiera explicarme en que consistía.
- Parece que vas introduciéndote en el mundillo Miriam - se rio mientras observaba el lugar a mi lado - Sí, es donde más tiempo pasarás, si me haces caso y te preparas bien el año.
Luego, el auditorio para las bandas sinfónicas y finalmente, me indicó los lugares de gestión para cuando tuviese que cumplimentar todo el papeleo y si tuviera que reclamar o informarme sobre cualquier tema.
Como no, lo más importante, la cafetería y el restaurante.
- Ya puedes dejarme aquí - dije sin coñas a Mike observando la hora.
- Solo quedaría el edificio de los de fotografía y otro sobre artes plásticas, no solo es una academia de música, es de más artes inexplotadas.
- Me daré un paseo por los jardines centrales en mi tiempo libre, no te preocupes. Tal vez, le eche un ojo. A lo mejor decido cambiar de especialidad - dije mientras le guiñaba un ojo a modo de burla.
- Me caes cada vez mejor, Miriam. Nos vemos a la tarde, iré a verte a tu habitación para que me consultes cualquier duda que tengas. Y para cualquier cosa, tienes mi número. Nos vemos - se despidió zarandeando su gran pelo largo y negro por los habitáculos.
Me senté en una de las mesas de la cafetería y me tomé un café con una especie de palmera de crema.
Mientras esperaba la hora de entrar, mis piernas se tambaleaban. Empezó a llenarse la cafetería de jóvenes muy variopintos entre ellos que no dejaban de conversar entre sí.
Era hora de ir a clase. Esperaba no perderme. Comencé a recorrer los enormes pasillos con la esperanza de no tener que llamar a Mike para hacerle regresar nuevamente a mi lado. Quedaría fatal en ese caso.
De repente, me pareció dar con el lugar y como no, decidí entrar. Efectivamente, debía ser este el lugar.
Me senté en las primeras filas, dado que el inglés no era mi fuerte, quería estar lo más atenta posible para entender bien todo.
Llego una rubia de unos treinta y tantos a la sala, todos nos quedamos en silencio observándola. Poco se habla de que debíamos ser al menos cien personas en esa sala de audiencias. Era increíble.
Sus ojos verdes y su sonrisa de recién levantada, me dieron una buena primera impresión.
Comenzó a explicarnos como sería el primer año, un poco más específico de lo que me había comentado Mike ayer. Posteriormente, nos entregó a todos los libros que utilizaríamos durante el año. Eran cinco libros super gordos y anchos. Lo que me esperaba...
Finalmente, digo que el día lo dedicaría a hacernos numerosas pruebas a todos, tanto acústicas como vocales. Mientras llamaban a los primeros de la lista, comencé a dar un rodeo visual a la gente que me rodeaba. Veía mucho francés, italiano e inglés. Por increíble que pareciese, la profesora iba llamando por apellido y nombre a cada uno de los presentes, hasta el momento; ningún español aparecía reflejado en la lista.
De repente, una cara muy familiar se hizo presente en el escenario. El chico se hacía llamar Steven Leone, como no era italiano y tenía 21 años. Su pelaje moreno y esa forma de apartarse el flequillo de la frente me hizo recordar la noche de ayer en la Tequilería.
Maldita sea, me tocaba compartir clase con el guapito italiano que chapurreaba el inglés de forma graciosa.
Cuando la profesora le hacía preguntas, hablaba el inglés como si no le costase apenas, eso me hizo cuestionarme muchísimas cosas con respeto a él. ¿Había fingido no saber inglés para no tener que disculparse conmigo o lo traía preparado de casa?
Al tocarle la prueba de canto, quedé impresionada. Hizo un acústico casi perfecto de Stromae y su famoso Papaoutai. Cuanto más este chico no dejaba de impresionarme. No solo sabía, inglés e italiano. También sabía francés. Ayer me había tomado totalmente el pelo. Aparte tenía una voz impresionante, no creo ni que necesitase una banda para brillar, ya lo hacía él.
La profesora elogió su actuación y se sentó. Las horas seguían pasando hasta que fue mi turno y como no, el italiano me miró de las misma forma que yo a él. Se sorprendió al comunicar que era española y una vez me presenté, hice mi prueba de canto. No estuvo mal, aunque podría haberlo hecho mejor. Obviamente elegí una canción en español. La de Dani Martín, Cero.
Creo que nadie la conocía pero me sentí muy contenta al compartirla con todos los californianos. Era una obra de arte y todos debían saberlo.
La profesora me dio las gracias y me senté en mi sitio. Después de cuatro largas horas, muy aburridas, nos dieron media hora libre. La cual aproveché para pasearme por los jardines mientras degustaba un bocata. Al terminar, me quedaban diez minutos aún para volver al aula. Entré igual recuperando mi sitio anterior y me puse a mirar el móvil. No tenía ninguna llamada, ni siquiera de Coque. Aunque era normal, él solía dormir a estas horas.
- Así que española - dijo el italiano dándome un gran susto y haciendo que me sobresaltara lanzando el móvil por los aires - Tranquila, no voy a hacerte daño.
- Sí, ¿y tú? Ya no sé si eres inglés, francés, italiano... Hasta podrías ser español, lo hablas a la perfección - dije llena de razón. O eso pensaba, ¿el chico realmente me estaba hablando español o lo estaba soñando?
- Soy todo lo que tú quieras que sea - se rio de las misma forma que cuando nos conocimos. No pude evitar poner los ojos en blanco y recoger mi móvil que seguía en el suelo.
- Así que también estudias canto.
- Si crees que estoy aquí porque sabía que estabas en la clase. No es así. De verdad - bramó bromeando mientras se sentaba a mi lado - No está ocupado, ¿no?
- Tal vez la persona que estaba aquí sentada, quiera recuperar su sitio - susurré mientras las primeras personas comenzaba a ocupar los asientos vacíos.
- Eres muy divertida, me gustas - murmuró en el mismo tono de voz que yo acomodándose a mi lado.
- Tú a mi no - exclamé sin apenas pensarlo. Las personas tan prepotentes me repudiaban. Al menos, alguien de aquí entendía el español, no solo Mike.
- Eso ya lo verás. ¿Cómo te llamas?
- Lo dije en la presentación - le miré incrédula. Yo me había quedado con su nombre y él con el mío no.
- Estaba ocupado observando estas hermosas piernas - continuó mientras pasaba la lengua por su labio inferior, justo como me había observado ayer. Le respondí con una mirada efusiva y la clase volvió a comenzar. Nos quedamos callados, el uno sentado junto al otro durante las siguientes cuatro horas y al terminar, se despidió de mí con un tono seductor.
Steven me resultaba de lo más cansado y prepotente pero al menos, se podía decir que había conocido a alguien aquí dentro y no estaba sola.
Me volví al hotel donde me esperaba Mike en la puerta, tenía ganas de contárselo todo. Menos lo de Steven claramente.
Narra Coque:
- ¿Tienes todo, Jess?
- Me faltas tú - murmuró cogiéndome de la cintura y depositando un tierno beso en la comisura de mis labios.
- Me tienes justo aquí - sonreí como si viera lo más lindo del mundo en esos momentos. La agarré por la cintura mientras llevaba en la otra mano mi maleta de mano.
- ¿Solo llevas eso?
- Es todo lo que necesito, vamos a estar cinco días, no cinco meses. Tú parece que te vas dos años como Miriam.
- No me lo recuerdes - dijo volteándose y contemplando sus tres maletas. Esta llena de ropa puedo dejarla y llevar solamente esta, me llega y tengo mis zapatos preferidos para salir de fiesta.
- A mi no me digas nada, no pienso opinar sobre conflictos de tia.
- Por estas cosas te adoro tanto - sonrió Jess cogiendo las dos maletas y dirigiéndose a la salida. Nos montamos en el taxi que vino por nosotros y nos despedimos de nuestra querida casa.
Decidimos no llevar el coche por seguridad y porque el aparcamiento del aeropuerto cuesta una millonada. De hecho, vete tú a saber donde dejaría Miriam su auto.
Una vez entramos en el aeropuerto, pasamos por aduanas y decidimos comprar unas bebidas para el viaje en avión. Nos sentamos a esperar a que abran las puertas de embarque.
- Me voy a echar semejante siesta en el avión.
- Dos horas, casi tres dan para mucho - susurré mientras apoyaba la cabeza en mi hombro. Le acaricié el rostro con cariño.
- ¿Crees que Miriam estará bien en California? No entiendo como fue capaz de irse completamente sola. Yo estaría aterrada.
- Hagamos una promesa.
- Te escucho - dijo irguiendo el mentón y mirándome fijamente.
- Nada de hablar de Miriam en todo el viaje. Desde que subamos a ese avión, Miriam ha muerto para nosotros. ¿Te parece?
- Está bien - sonrió Jess mientras acariciaba su mentón y depositaba un beso cauto en sus labios.
Una vez se abrieron las puertas de embarque entramos en el avión por orden, y como acordamos, dejé el lado de la ventanilla a Jessy. A mi me aterraban las alturas y a ella le encantaban. Estábamos justo en el centro del avión. Cada fila de asientos contaba con tres asientos. Esperábamos o más bien deseábamos que no fuese ocupado por alguien el tercer asiento.
Mientras Jessy se encargaba de dejar el móvil en modo avión, me quedé en vilo viendo hacia la puerta de embarque. De repente, vislumbré el rostro de Henry junto a su novia imagino y otra pareja entrar en el avión. ¿Qué como sabía que venían todos juntos? Porque hablaban entre ellos buscando como locos el asiento que les correspondía.
- Lo que nos faltaba.
- ¿Qué ocurre? - balbuceó Jess adormecida mientras su atención se desviaba a la puerta del avión - No me jodas.
Al poco rato, Henry se dio cuenta de nuestra presencia en el avión y quedó tan pálido como el queso fundido. Sobre todo, cuando se paró a mi lado diciéndole a su novia "es aquí".
Le tocó justo en los asientos de al lado del pasillo. Básicamente los teníamos al lado. Él se sentó a la altura de la ventana, su novia al lado y finalmente, la otra chica al lado del pasillo.
La pareja de la chica, se sentó a mi lado y saludó abiertamente. Le respondí con una sonrisa forzada.
- También es mala suerte - comentó Jess en voz baja al lado de mi oreja.
- Y que lo digas. Espero estar igual de cansado que tú y dormir todo el viaje - dije en voz baja mientras me escurría en el asiento y me ponía el cinturón de seguridad. Pronto despegaríamos.
Mientras Henry y la novia miraban en nuestra dirección, seguramente hablando sobre nosotros y criticando la mala suerte que han tenido, nuevas caras entraron en el avión. Y desgraciadamente, el día no podía ir a peor.
La rubia de ojos castaños, comenzó a desplazarse con su pequeño bolso de mano por todo el pasillo del avión. Nada más verme, sus mejillas tornaron de un color rojizo pero cambiaron totalmente, al ver quien había sentado a mi lado, la pequeña Jess. Mis puños se cerraron a lo que Jess, saltó como si estuviera leyéndome la mente.
- Estoy por bajarme del puto avión.
Esta vez lo dijo de forma que pudiera escucharla hasta Érica, aunque eso era lo de menos. La situación que estábamos viviendo en estos momentos era la peor en mucho tiempo. No podía ser una jodida coincidencia, al menos; lo de Érica no podía llegar a serlo. Tenía que ser una jodida cámara oculta.
Su enorme barriga, le impedía caminar con facilidad. Tranquilamente, debía de tener ocho meses de embarazo, No creo que fuera muy recomendable viajar en su estado. Y tampoco era de mi incumbencia preocuparme ni por ella ni por el pobre bebé.
Se sentó atrás de todo del avión, algo que me reconfortó increíblemente. El chico de mi lado, se puso el cinturón y los auriculares. Jess me cogió de la mano con cariño. Dado por finalizado el embarque, me acerqué a la oreja de Jess, quería decirme algo.
- Todo saldrá bien, una vez lleguemos cada uno se irá por su lado. Duerme un poco para que sea más llevadero - susurró poniéndose un antifaz sobre los ojos.
- Complicado - murmuré de forma casi inaudible.
Una vez explicado el protocolo de emergencias, comenzó el despegue. Tenía la fantástica costumbre de comer chicles durante el vuelo, siempre me daba la impresión de que se me taponaban los oídos en el despegue del avión y así estaba tranquilo. Una persona que odia las alturas, creedme que lo pasa increíblemente mal en estos casos. Todo le resulta una amenaza hasta que por fin dicen por megafonía que pueden quitarse el cinturón.
El sonido del avión despegando amenaza con matarme, observo a Jess. Ya está profundamente dormida, el chico de mi lado, también parece quedarse frito. Y eran horas de dormir, eran las once de la noche.
Cuando por fin emprendimos el vuelo y una vez nos estabilizamos en el aire, me deshice del cinturón y decidí ponerme los auriculares y verme una película de terror. Increíblemente, me tranquilizaba en estos casos. Miré hacia Henry, hablaba con su novia tranquilamente mientras la otra chica se había quedado frita como Jess.
Esta situación era horrible, no creo que consiguiera cerrar los ojos de una vez.
Mientras mi mente no dejaba de divagar en todo lo ocurrido los últimos meses, la cabeza no dejaba de atormentarme. Desde la muerte de mi madre, la marcha de Miriam, el desengaño de Érica, mi mala experiencia en Cuba y este desencuentro con todos los que me hicieron daño en este jodido avión.
No podía más, me encaminé hacia el baño intentando no despertar a nadie. Esperé en la cola para poder acceder al baño de hombres. De repente, vi como Henry se acercaba apresuradamente a mí y se puso a la cola, justo a mi lado. Cabizbajo, comenzó a hablar y a distraerme de mi mente.
- Te juro que no soy un acosador, seguro que lo estás pensando por el mensaje del otro día. Solo quería decirte que ambos somos dos víctimas, no tenemos porque llevarnos mal. Siempre fuimos buenos amigos y separarnos por una mujer...
- ¿Es qué no eres consciente aún? Me importa una mierda lo ocurrido en la iglesia. Para mí sigues siendo un falso de mierda y una mala persona. Sabías perfectamente que estábamos juntos. Me da igual, como si te haces sacerdote para enmendar tus pecados. Nunca voy a poder perdonar lo que has hecho. Me das asco, tanto tú, como ella. De hecho, ahora aún más - escupí interrumpiéndole para que dejase de pensarse que podíamos ser amigos en algún momento de nuestras vidas.
- Lo siento de verdad, nunca me cansaré de decirlo. No puedo explicar ni justificar lo que hice, pero de lo que estoy seguro es de que nunca cometería el mismo error. Ahora soy feliz, muy feliz. Me gustaría que formaras parte de mi vida, ahora que la mujer que nos ha hecho pelearnos ha desaparecido.
- Me da igual, Henry. No quiero escucharte, ¿es que aún no te ha quedado claro? - grité totalmente fuera de sí mientras apretaba los puños - Si ahora te mueres, no sentiría ni el más amago de pena por ti, te lo mereces totalmente.
Me di la vuelta, dejándolo en la cola del baño mientras algunos de los presentes que estaban en los asientos y que nos habían escuchado, se miraban entre ellos descolocados.
Caminé por el pasillo del avión de camino a mi asiento. De repente, un sonido muy estridente captó mi atención. Todos, lo escuchamos y alarmados comenzamos a preguntarnos que podía haber sido.
Venía de la parte derecha del avión, era como un estallido. Al estar de pie cerca aún de los baños, caminé lentamente desde la cola hasta el asiento. Ante más sonidos totalmente semejantes al anterior, comprendí que se trataba de los motores seguramente.
Vimos a la azafata desplazarse rápidamente hasta el teléfono para ponerse en contacto con la cabina y sus tripulantes. Su rostro pálido me comunicaba que tampoco sabía lo que estaba ocurriendo, pero la preocupación inundaba sus cinco sentidos.
Decidí sentarme en uno de los asientos que estaba libre, toda la fila estaba vacía, me desplacé al que estaba cerca de la ventanilla y me dispuse a observar las alas del avión con esperanza de poder contemplar el fallo. Algo totalmente inverosímil.
La estructura aérea parecía funcionar con normalidad. En cambio, esos estallidos repentinos, no tenían ningún sentido, algo debía estar pasando. El avión y sus pasajeros entraron en cólera. Muchos, comenzaron a utilizar el botón de llamada a los asistentes de vuelo, muy preocupados.
De repente, sonó una voz del interfono.
- Señores pasajeros, me informan desde la cabina de seguridad de los tripulantes que estamos teniendo un problema con la potencia del motor derecho. El piloto está recuperando el control de los mandos, no deben preocuparse. Si necesitan cualquier cosa, pueden utilizar el botón de llamada que está sobre sus cabezas. No se levanten de sus asientos y pónganse el cinturón. Muchas gracias.
Era la azafata, que nada más terminar, acudió a cada una de las llamadas que emitían los pasajeros. Me compadecí de ella, seguro que también estaba asustada como todos y debía hacerle frente, tranquilizando a los demás.
Me preguntaba como estaría Jess, tal vez asustada, preguntándose mi paradero. No era seguro, levantarme e ir hacia mi asiento, era más seguro quedarme aquí.
Llevábamos volando un poco más de una hora, seguramente aún estábamos a la altura de Francia. Al mirar por la ventanilla del avión, no se veía nada. Una niebla lo había cubierto todo. Seguramente, estuviésemos sobrevolando el mar. Eso era mala señal, si la situación empeoraba y necesitaban hacer un aterrizaje forzoso, no tendrían donde.
Un olor a quemado y a humo comenzó a extenderse por el interior del avión junto a un nuevo estallido, esta vez procedente del lado izquierdo. Empezamos a perder potencia creo. Estaba muy desorientado y por mi mente, solo podía pasar la imagen de mi madre. Ahora entiendo, como debió sentirse cuando aguardaba su final. Una desesperación, una incompresión y una sensación de alerta que no disminuía.
Las máscaras de oxígeno se deslizaron hasta nuestras cabezas, el sistema se activó solo. Los pasajeros comenzaron a emitir fuertes sonidos de desesperación. Agarré la máscara y me la coloqué como nos habían explicado en el embarque mientras mi corazón latía fuertemente.
La azafata volvió a hablar por el interfono obligando a los pasajeros a utilizarla y ayudándoles a no perder la calma. Aunque ya era demasiado tarde. Todo el mundo estaba descontrolado pero obedecieron y se pusieron las máscaras.
Se hizo un silencio absoluto, parecíamos un pájaro volando en el aire. Todos estábamos muy asustados. Los tripulantes intentaron volver a encender los motores, provocando que el motor izquierdo comenzase a arder. Utilizaron el extintor de incendios del motor izquierdo para extinguirlo, lo que significaba, que nos habíamos quedado sin motor.
Las luces del avión comenzaron a parpadear, toda la electricidad estaba fallando. El avión comenzó a caer como una pelota de béisbol. El motor derecho estaba dejando de funcionar por completo, ya no existía la potencia en el cielo.
- ¡Agáchense, agáchense, agáchense! - gritó la azafata desesperadamente sacándome de mi mente - Aterrizaje forzoso, aterrizaje forzoso - se notaba el temblor en su voz, muy desesperante.
Me agarré de las rodillas mientras cerraba los ojos, los motores habían dejado de funcionar por completo.
Todos comenzaron a gritar, alguno quitándose la máscara del oxígeno, algo bastante inseguro que yo no hubiese hecho.
Sentimos un fuerte golpe, una niebla se discernió sobre nosotros y cuando me di cuenta, había perdido el conocimiento y el olor a quemado se había extendido sobre todo el avión.
Somos una maldita pelota de béisbol y estamos cayendo al vacío.
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