domingo, 30 de abril de 2017

(T2) CAPÍTULO 44: LA VIDA ES LA NOVIA DE LA MUERTE






Narra Lola:




Me dolían los pies. Era como si tuviese trocitos de cristales en ellos y apenas pudiese moverlos.

Empezaba a odiar los tacones. Los tennis eran sin duda mucho más cómodos para bailar.

No es por nada pero Mason bailaba estupendamente bien. No intentó nada brusco conmigo. Fue amable y un verdadero caballero.

De repente, la música electro desapareció y una sonata suave y pausada invadió el ambiente.

Mierda. Era una música apagada y triste. No me gustaba en absoluto. Noté como unas lágrimas pequeñas bailaban en mis ojos. Miré al cielo conteniéndolas.

Mason sonrió. Tal vez su aspecto engañe mucho. No es frío, es agradable y muy carismático. Me agrada.

Rodeó mi cintura con su brazo izquierdo y apoyó su dulce mano en mi hombro.

- No sé bailar este tipo de canciones - murmuré a su oído mientras enrollaba mis manos en su cuello con cierta timidez.

- Tú solo déjate llevar - soltó sonriente mientras comenzaba a moverse por la pista.

Creo que le pisoteé unas cuantas veces pero no se quejó ni una sola vez, ni siquiera se inmutó. Era un chico realmente adorable.

Miré a los alrededores.
Keyla se reía junto a Yely en un rincón del local, parecían estar pasándoselo en grande.
Kelly seguía bailando junto al chico bastante atractivo de antes y finalmente, Maddy se encontraba en la barra pidiendo una buena ronda de chupitos mientras apostaba con un montón de chavales.

Sonreí. Todo había empezado tan mal que me extrañaba que pudiese acabar tan bien.

Seguí observando a las parejas bailar en la pista y de pronto, algo me llamó la atención.

Henry estaba entrando por la puerta principal. No, no podía ser él aunque se parecía muchísimo.

Su cabello revuelto y castaño, sus ojos brillantes y expresivos, su boca comestible y adorable... Por no hablar de su camisa descolocada y esos pantalones que le hacían un culo espléndido.

Si no era él se parecía muchísimo.

Entonces, su mirada se cruzó con la mía y fue cuando supe que era él porque el dolor que destacaba en su mirada era inmenso y me hacia sentir completamente mal y culpable.

Me separé de Mason y le sonreí.
Él me observó extraño.

- Necesitó ir al baño. Vuelvo ahora - le grité para que pudiese escucharme sobre el sonido de la música.

Él asintió y yo me encaminé al cuarto de baño a la velocidad de la luz.

Henry me observó y yo a él y entonces las lágrimas contenidas salieron a la luz.
¡Mierda!

¿Por qué ha venido? ¿Por qué está aquí? Y lo peor, ¿por qué me mira con ojos de cordero degollado?

No, llevo toda la noche pensando en ti y cuando al fin, mi mente desconectó...Vuelves a incidir en ella.
Te odio y al mismo tiempo te amo, nunca había sentido algo así pero en cierto modo, nunca había sentido algo como lo que siento por ti, Henry.






Narra Miriam:




- No puedes quedarte aquí, Miriam.

- No quiero quedarme - murmuré mirándole mientras continuaba caminando por el pasillo.

- Si quieres, es más fácil. ¿Quieres dejar de dar vueltas? - me cogió del brazo y me solté de su agarre con fuerza. No tenía derecho a hablarme así.

- ¿Sabes? Cuando estabas vivo eras más agradable.

- Derek te quiere y tú a él. ¿Enserio pensaste en abandonarle? Y que me dices de Coque. Ha superado una operación, se está recuperando. Perder a su hermana debe de ser un golpe tan grande para él.

- ¡Vasta! - grité empujándole y puse ambas manos sobre mis oídos. No quería escucharle. Solo decía chorradas que me hacían sentir mal.

Al momento, se acercó de nuevo a mi y me cogió las manos inmovilizándome.
Sentí su aliento frío y sin fuerza sobre mi rostro.
Me retorcí pero era imposible escapar de su agarre.

- Llevo más tiempo muerto que tú. Sé lo que sentirás, sé todo el dolor que te queda por experimentar. Si no te liberas ahora, nunca tendrás la oportunidad de hacerlo.

Me sermoneó mientras sus ojos grises incidían sobre mi. No lo soportaba más.

- ¡Cállate! - grité con todas mis fuerzas. Las lágrimas salieron sin parar por mis mejillas.

Sabía que llevaba la razón y eso me asustaba. Me asustaba mucho.

Cuando abrí los ojos ya no estaba.

Sentí mi corazón latir a cien por hora e intenté recuperar la respiración.










Narra Lola:



Me miré en el espejo sintiéndome una completa idiota. Había huído de Mason y me había escondido de Henry.



No me siento orgullosa de mi misma si no todo lo contrario. Me siento una verdadera cobarde. Si, eso es lo que soy.

- No le mires, no le hables, no sientas compasión. Es agua pasada para ti - suspiré limpiándome las últimas lágrimas del rostro con un pañuelo y mirando mi reflejo en el espejo. Hablar con mi propio reflejo es la chorrada más grande que había hecho en mi vida pero lo necesitaba, necesitaba esa fuerza en esos instantes.

Menos mal que no había nadie. No me agradaría que todo el local se enterase de que era una frágil y debilucha.

Cuando estaba dispuesta a salir después de unos minutos, la puerta del baño se abrió y tras ella apareció Mason con ojos dilatados y brillantes.

- ¿Qué haces aquí? Te dije que no tardaría - le reproché mientras él se acercaba a mi rostro e inclinaba la cabeza.

- Me preocupaste. Solo eso.

- Eres un encanto, Mason - sonreí como pude y accedí a la puerta para salir de aquel lugar que empezaba a ahogarme.
Me sentía mareada y sin fuerzas. Se me habían pasado las ganas de bailar, incluso de beber.

Cuando intenté forzar la puerta, esta no abría. Pestañeé numerosas veces. ¿Qué me estaba pasando?

Me senté junto a la puerta y cerré los ojos con fuerza. Pensé que al abrirlos de nuevo, todo el mareo pasaría de golpe pero por lo visto me engañé.

- ¿Por qué no abre la puerta? Me encuentro muy mal - susurré mientras Mason se acercaba a mi. Se puso de rodillas justo a mi lado izquierdo y acarició mi rostro con delicadeza. - Mason...

- Es por tu bien, Lola. Lo hice por tu bien - volvió a repetir mientras mordía lentamente mi oreja. Mi respiración se aceleró y mi pulso también. Intenté separarme de él pero no tenía suficiente fuerza y no veía más que puntos borrosos.

- ¿Qué me hiciste?

- Solo te eché algo en la bebida. Ya verás lo bien que nos lo vamos a pasar - susurró justo a mi oído mientras ponía sus manos en mis piernas y las acariciaba siempre en el mismo sentido.

- Por favor, no me hagas daño - murmuré intentando apartar su mano de mis piernas.

Entonces, me agarró por la cintura aprisionándome contra la pared. Sentía su fuerte aliento en mi rostro. Me retorcí pero fue en vano. Mi fuerza fue consumida por esa mierda que me echó. Ni siquiera podía gritar y pedir auxilio.

Giré mi rostro. Él besó mi cuello con rapidez mientras sus manos volvían a subir por mi pierna. Me encogí intentando que soltase mis manos pero fue imposible.

Noté como entrometía su mano entre mi entrepierna. Quise gritar, liberarme y salir corriendo de allí.

- No te muevas, estúpida - susurró mientras se desacía de mi ropa poco a poco y besaba cada parte de mi cuerpo.

Cuando me desnudó por completo comenzó con una tortura que jamás podré olvidar.

Un dolor inmenso me inundó por completo. Actuaba de manera brusca y rápida.

Lloré como nunca antes había llorado.

Parecía que el sufrimiento nunca acabaría.
Solo quería escapar, huir muy lejos de él.

Todo fue mi culpa. Nunca debí acercarme a él.

Y cuando todo parecía acabar, cerré los ojos con fuerza deseando que todo esto solo fuera un sueño. Entonces, escuché un fuerte sonido. El hombre me empujó bruscamente haciendo que cayese en el suelo. Creo que marchó, que se escapó y huyó de allí.

No lo sé, solo me alegraba de que todo hubiese terminado pero el dolor que sentía era demasiado duro de aguantar. Nunca me había sentido tan indefensa, tan insegura y tan estúpida.

El golpe que me di en la cabeza también me dolía a más no poder. Ya no podía ver nada. solo tenía frío, mucho frío y ni siquiera tenía las fuerzas suficientes para abrazarme a mi misma.
Mi respiración seguía agitada, mi corazón no paraba de latir a la velocidad de la luz y la tensión debió subirme por las nubes.


No sé cuanto rato había pasado. Cuando abrí los ojos, le vi. Me asusté e intenté alejarme de él pero recordé que no tenía fuerzas.

- Soy Henry. No te haré daño. Tranquila - noté su voz muy ronca, sin vida.

Caminó hacia mi después de cerrar la puerta. Noté como largas e inmensas lágrimas recorrían su rostro. Me miró y cerró los ojos con fuerza.

- Lo siento, debí de llegar antes. Debí protegerte de él y no lo hice - noté como apenas podía pronunciar palabra. Seguía llorando como si no hubiese un mañana en cambio, mis lágrimas ya se habían secado y yo ni siquiera tenía fuerzas como para seguir llorando.

Y se arrodilló a mi lado, mirarme le dolía. Le dolía saber que pudo hacer algo, que no debió de esperar tanto antes de intervenir.

- Solo te tocaré si me das tu permiso.

Le observé con un mirada completamente pérdida. Me alegraba de que estuviese aquí y de que accediera a ayudarme.

Eso calmaba un poco mi dolor interior. Era más fuerte que el exterior.

Asentí como pude y el me abrazó apretándome fuertemente contra su pecho.

- Te juro que si alguna vez le vuelvo a ver, no estará vivo para contarlo.

Noté como la rabia se apoderaba de él. Lloré en su regazo mientras me apropiaba de su calor corporal.

Poco a poco estaba recuperando la vista y creo que eso era buena señal.

- Prometo que nunca dejaré que te hagan daño - besó mis nudillos mientras continuaba llorando con fuerza.

Le observé por unos minutos sin demostrar ninguna expresión.

Se quitó la camisa junto a la cazadora y me vistió con delicadeza y cuidadosamente.

- Recogeré tu ropa. Ahora debo mirarte esas heridas y luego te llevaré al médico - dijo cogiéndome las manos con cariño y besando de nuevo mis nudillos. - ¿Vale?

Su respiración era igual de agitada que la mía. Cerré los ojos poco a poco.

- Oye, no te duermas. Sigue conmigo por favor. No te duermas - repitió mientras soltaba mi mano.

No quería que soltase mi mano. No quería que se alejase de mi. No quería estar sóla.

Abracé su pierna derecha. Él se quedó a mi lado y volvió a abrazarme.

- Está bien. No te dejaré.

Me cogió entre sus brazos y me cargó con cuidado. Acarició mi rostro lentamente y suspiró mientras se limpiaba las lágrimas de sus ojos.

- Te pondrás bien. Te lo prometo.

Alcé mi mano y él la juntó con la suya enrollando sus dedos con los míos. 

Salimos por la puerta de atrás. Apoyé mi cabeza en su regazo. Por primera vez en toda la noche, me sentía segura a su lado y el dolor parecía menos doloroso.

Me dejó sobre el asiento del copiloto y me cubrió con una manta mientras besaba mi frente con dulzura.

- Te quiero - dijo entre sollozos mientras apartaba un mechón de cabello de mi rostro.

Fue lo último que pude escuchar antes de sentir un fuerte dolor en la parte inferior de mi barriga y perder la consciencia.








Narra Miriam:




Nada más ver a Jerry en una esquina, fruncí los labios y luego el ceño.
Sabía que debía contárselo, no podía callármelo más.
Suspiré y caminé hacia él. Jerry estaba en un rincón y me observaba de reojo.

Me senté a su lado. Giró un segundo el rostro para mirarme y luego continuó mirando al frente.

Yo miré el techo y bufé.


- Derek me advirtió de que no entrase. Pase totalmente de él y sé que estuvo a punto de perseguirme, que estuvo a esto de ir a por mi pero no lo hizo porque respetó mi decisión y mis deseos aunque fuera la idea más alocada del universo.
Todo iba bien hasta que él llego. Yo solo quería proteger a mi madre. Por un segundo pensé: "mejor yo que ella"y si, caminé hacia mi muerte cuando a lo mejor, podría darme tiempo a esconderme. No sentía miedo, ni inseguridad. Estaba bastante convencida de la decisión que acababa de tomar.
Ahora el recuerdo de aquel hombre disparándome y yo desangrándome siempre permanece en mi mente como si fuera una lección de la vida.




- ¿Desde cuando lo recuerdas? - pronunció mirándome detenidamente mientras intentaba contener mis lágrimas.

- Desde que me desmayé por última vez. Ahí lo recordé completamente todo.

- ¿Pero por qué te rendiste? ¿Qué te hizo ir directamente hacia tu muerte? ¿Por qué dejaste de luchar?

Le miré a los ojos completamente contenida. Me encogí de hombros y ladeé la cabeza.

- ¿Nunca sentiste que no encajabas? ¿Qué siempre hay otra persona que rápidamente te roba tu lugar y hace que te conviertas en la chica invisible? - reí flojo mientras pequeñas lágrimas resbalaban por mi mejilla - Simplemente pensé que mi muerte no le importaría a casi nadie. Pueden vivir sin mi. Estarán bien - le miré y asentí con la cabeza. - ¿Esto está pasando de verdad? Porque si la muerte es así déjame decirte que es un asco - exclamé bruscamente mientras él me miraba y se reía.

- Tal vez, si lo sea.

Le miré nuevamente y sonreí.

- Sé que intentaste avisarme de que sucedería. Tus señales fueron claras pero que lástima que no pudiese darme cuenta antes.

- Hasta tuve que morir para avisarte y de nada sirvió.

- Eres un buen guardaespaldas, Jerry - afirmé sonriendo forzadamente.










Narra Carlos:




David se había ido a comprar unas cuantas cosas para comer esta noche.
Había visto una noticia en la televisión bastante alarmante.

Se había producido un tiroteo en un hospital de la zona. Eso me causó varios escalofríos.
Hace varias semanas, estuve allí... Imagínate que hubiese ocurrido en ese mismo instante, me cagaría en los pantalones.

Cuando estaba apunto de coinciliar el sueño, el timbre de la puerta sonó.

Tuve que levantarme e ir a abrir a duras penas.

Seguramente sería David, fijo que se olvidó las llaves como hace siempre.

Arrastré los pies apesaradamente. Y abrí frotándome los ojos aún soñoriento.

Nada más abrir la puerta, pude contemplar a una chica indefensa, cohibida e insegura.

Me abrazó con fuerza mientras sollozaba en mis brazos. Me quedé en shock. ¿Qué hacía ella aquí? Pensé que nunca jamás volvería a verla.
Aún con tantas dudas en mi mente, le seguí el abrazo consolándola.

Imaginé que ya no quería verme más. Sus evasivas me lo dejaron muy claro. Aunque allí estaba, frente a mi y estrugándome como nunca nadie lo había hecho.

- Lo siento mucho. Nunca debí decirte lo que te dije y mucho menos actuar como una completa imbécil.
Sé que tienes muchos motivos para odiarme. Solo quería disculparme - susurró débil mientras se separaba de mis brazos y me miraba a los ojos con una mirada triste y apagada. Las lágrimas seguían recorriendo sus mejillas.

- Jessy, ¿estás bien? - murmuré preocupado mientras acariciaba su cabello.

- Casi muero hoy - mencionó tartamudeando mientras pasaba sus manos por su rostro secándose las lágrimas con el dorso de su mano - Y en lo único que pude pensar fue en que me comporté como una gilipollas contigo. ¿Cómo cargar con esa culpa por el resto de mi eternidad?

Puse mis manos sobre las suyas. Las aparté de su rostro y apoyé mi frente sobre la suya.

- Si te pasase algo, que fueras gilipollas sería en lo último que pensaría. Y sin duda, aquí el único cabeza hueca, estúpido, egoísta y realmente idiota soy yo.
Siento lo que pasó.
Siento haberme enamorado de ti - gruñí y miré al cielo mientras me mordía los labios - Siento haberte asustado y presionado.

- ¡No! Actué de una forma horrible, no dejé ni que te explicases y esos mensajes me pusieron de los nervios. Fui una estúpida.
No es culpa tuya, nadie predice lo que va a ocurrir ni como... te vas enamorando poco a poco.
Fuiste valiente. Me lo dijiste sin más y de la forma más dulce del universo.

Acarició mi rostro y sonrió forzadamente.

- Valiente o no. Te perdí y eso es como si me arrancasen... - me interrumpió poniendo el dedo índice en mis labios. Alcé la mirada con ojos lagrimosos y ella sonrió escasamente.

- Sigo aquí. He venido a pedir tregua y si te parece bien, me gustaría volver a ser tu amiga - se lamió el labio inferior mientras pasaba sus manos por detrás de su espalda.

Me quedé obserándola como si fuese la cosa más delicada y dulce del mundo. Pensativo por unos instantes, acaricié su mejilla e incliné mi rostro.

- Como decir que no.

- Eres un buen chico, Carlos.
No te merezco - susurró alzando una ceja mientras notaba su respiración cada vez más cerca de mi rostro.

- Creo que es al revés - bramé dulce mientras ella se acercaba más a mi y depositaba un pequeño beso en mis labios. Mis ojos se abrieron de par en par. Sentí sus labios fríos y mojados pero sensibles, irresistibles y realmente, sentí la necesidad de volver a besarlos pero tal vez, a ella le pareciese mal.

Ambos sonreímos con timidez.

- ¿Amigos? - alcé una ceja meneando la cintura mientras mi sonrisa aumentaba en cantidad.

- Calla, estúpido - puso los ojos en blanco mientras me daba suave en el brazo - Te echaba de menos.

- Y yo, estúpida.

Ambos sonreímos y ella volvió a presionar sus labios contra los míos. Esta vez nos hundimos el uno en el otro durante un tiempo mucho más extenso que para mi fue como si cesase y todo a nuestro alrededor desapareciese.






- Debo irme. Quieren hacerme unas pruebas en el hospital... - bramó aún recuperando la respiración mientras se agarraba fuertemente de mis brazos.

- ¿Seguro que estás bien?

Pregunté mientras ella me miraba fijamente.

- Ahora sí. Ahora si lo estoy.


Y ambos sonreímos mientras yo me perdía en su mirada una vez más. 









Narra Miriam: 







- Tú muerte no fue justa - le dije a mi abuela abrazándola con fuerza mientras sollozaba en sus brazos.

- La tuya tampoco - me sonrió acariciando mis hombros.

Y nada más voltearme, la vi. Vi a mi madre que me observaba de pie junto al umbral de la puerta.

Sus ojos estaban húmedos y sus labios totalmente secos.

Me quedé observándola un rato. La había buscado durante tanto tiempo... Aunque ahora era la persona con la que menos deseaba encontrarme.

- Siento todo lo que pasó. Fue culpa mía - dije mientras ella se abalanzaba sobre mi acogiéndome entre sus brazos y sonreía momentáneamente.




- No deberías de estar aquí. Aún puedes salvarte.

- No me iré sin ti, mamá - pronuncié cogiendo su manos con fuerza mientras las lágrimas salían disparadas de mis ojos.

- Coque y papá te necesitan. Hazme caso por una vez - acarició mi mejilla con delicadeza y me sonrió una última vez.
Sus manos estaban frías y todo su cuerpo se encontraba pálido y sin vida.

- Mamá... Siento todo lo que dije, nunca fui un buena hija. Solo... debí portarme mejor.

- Cállate. Estoy orgullosa de ti y también de tu hermano. Debí estar a vuestro lado siempre - me paró en seco y su sonrisa se borró de su rostro.

- Te quiero, mamá.

Solté sus manos y le miré por última vez mientras mis sollozos aumentaban por momentos.

- Corre.

Y sin más, me di la vuelta y caminé hacia mi destino. Sin miedo, sin lástima, sin remordimientos.
Tal vez, elegí mal una vez pero tenía otra oportunidad para elegir mejor.


Quería a mi madre. La amaba con todo mi corazón aunque nunca se lo demostrara en su totalidad.
En estas semanas, me sentí tan cercana a ella que eso recompensó a todos aquellos años pasados.

Ella me defendió.
Ella se sacrificó por mi.
Ella antepuso su propia vida para salvarme.

Nunca podría agradecerle todo lo que hizo por mi.

Completamente todo.







A veces la vida puede resultar tan corta que ni siquiera podemos apreciarla. Solo cuando la perdemos, podemos darnos cuenta de nuestros actos, de nuestros errores y de nuestros pensamientos.
Somos personas, nos equivocamos constantemente pero esa es nuestra función y nuestro trabajo.
Levantarnos para volvernos a caer y retomar el camino de nuevo.
Así maduramos, así aprendemos.

La base es no rendirse y continuar pase lo que pase y sea como sea.




Aunque a veces, nos sea totalmente imposible...








                                                                         

A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd. 

Alphonse de Lamartine


                                                                     


sábado, 22 de abril de 2017

(T2) CAPÍTULO 43: UN ÚLTIMO RESPIRO




Narra Miriam:




                                                                         

                                                      

Algunas veces debes de sentirte orgullosa porque hiciste una buena acción y porque por una vez te sentiste como eras: TÚ misma.


Pero por otro lado, te sientes una completa estúpida porque en vez de hacerle caso a una de las personas que más quieres en el mundo, hiciste lo que tu perversa y elocuente mente te ordenó.

A veces, no somos conscientes de lo que estamos haciendo y de las consecuencias que eso conlleva. No somos nadie, solo títeres dirigidos por nuestro corazón.

Alguna vez aprenderemos, para volver a equivocarnos nuevamente. Así moriremos, cayéndonos y volviéndonos a levantar.




                                                                       







Mis ojos se abrieron después de recibir un notorio pinchazo.
Todo estaba oscuro, no veía absolutamente nada. Solo negro y más negro.

El silencio inmenso era tan real como el dolor que sentía en mis brazos.

No sé si era de día o de noche pero había abierto los ojos así que no estaba muerta.



No lo estaba. No estaba muerta.









Narra Lola:







- Oye, Mandy. No creo que sea buena idea - fruncí el ceño. Las chicas aún no habían llegado, éramos las primeras.

- No, Loli. ¿Cuánto ha pasado? ¿Una semana? Necesitas salir, liberarte... Debes demostrarle que puedes vivir perfectamente sin él y de paso te buscas un nuevo ligue - rió alzando ambas cejas.

Puse los ojos en blanco.

Nos encontrábamos justo delante del pav. La música hacía estallar mis oídos y las chicas me desesperaban cada vez más.

Ellas habían insistido durante toda la semana para que fuera. No pude negarme ya que si lo hacía, vendrían a mi apartamento y me llevarían ellas mismas como si de un saco se tratase.

No me sentía con ánimos para andar de juerga. Sé que Mandy y las demás solo querían que me lo pasase bien y desconectase pero no creo que fuese capaz.

Henry ocupaba mi mente a todas horas como si fuera una adición prohibida.
Necesitaba verle y sentir que todo volvía a ser como antes. Solo eso me alegraría.

Ayer telefoneé a su hermano. No volvimos a hablar de la locura e inmensa chorrada que intenté hacer hace unos días. Mejor así, estaba fuera de lugar, indignada y entristecida. Así no puedes pensar con claridad.

Bien, le pedí que me trajera algunas cosas que me olvidé en su casa. Según él, Henry no se percató de absolutamente nada. Acudió a mi apartamento para devolvérmelas y le invité a tomar un café.

Me explicó que Henry llevaba unos días bastante raro y sobre todo, estaba muy hundido. No parecía él.
Cuando Miguel intentó sobresacarle que le ocurría, no quiso decírselo y rápidamente se sumergió en su cuarto.

Así que ambos nos sentíamos de la misma forma. Sin fuerzas, sin ánimos, sin amor, sin compañía, sin el uno y sin el otro.

¿Hasta cuando podríamos seguir así?


- Lola, ya llegan. ¿Preparada para coger la mejor borrachera de tu vida? - interrumpió Mandy mis pensamientos mientras su sonrisa crecía sin más.

Le sonreí de nuevo como pude. Ya que me obligaban a ir, por lo menos, intentaría pasármelo lo mejor posible.








Narra Miriam:




Me erguí. Mis piernas estaban adormecidas y el fuerte dolor que consumía mis brazos desapareció en un par de segundos.
No sabía expresar como me sentía en aquellos instantes. Ciertamente, físicamente me notaba bastante bien pero psicológicamente encontraba mi mente totalmente colapsada. No era capaz de pensar y mucho menos recordar con claridad, Es como si una especie de energía me conteniese.

Miré a mis alrededores. Todo estaba oscuro aún aunque esa opacidad no me asustaba si no todo lo contrario. Me complacía y me relajaba.

El ambiente era manso, tranquilo y dócil como si en cualquier momento pudiese romperse y cambiar totalmente.

Y entonces, sentí la necesidad de levantarme. Me di cuenta de que continuaba aún en el suelo y eso me extrañó.
Suspiré fuerte y cerré los ojos. Pensé que al levantarme, un fuerte dolor me consumiría pero por lo visto me equivoqué. Me encontraba bien, me sentía como si acabara de nacer nuevamente y el dolor había desaparecido. No me costó tampoco mantenerme de pie -sin contar que al principio, los tenía dormidos- y caminé con sutileza por aquel estrecho pasillo de la UCI.

- ¿Mamá? ¿Estás bien? - murmuré deteniéndome justamente debajo del aparato de ventilación. No recibir ninguna respuesta me alarmó así que volví a llamarla una vez más. Tenía que estar bien. Si yo lo estaba, ella también debía estarlo. - Mamá. Estoy bien. Todo está bien.

Y seguía sin recibir una respuesta clara. Todo estaba en completo silencio. No había absolutamente nadie.

Entonces cerré mis ojos y pude contemplar el rostro pálido de mi madre por unos instantes y a aquel hombre amenazándome con aquel revólver. ¿Apretó aquel gatillo? ¿Me disparó realmente?
¿Pero que estoy diciendo?

Me senté en el suelo y abrí los ojos de golpe mientras me abrazaba a mi misma.
¿Qué está pasando?
¿Por qué no hay nadie?
¿Por qué mi madre ha desaparecido?
Y lo más extraño: ¿Por qué no siento miedo?

Mamá...
Derek...
Coque...

No puedo pensar con claridad. Solo son pequeños detalles, enanos recuerdos que apenas puedo recapitular perfectamente en mi mente.

Sé que atravesé esas puertas, sé que no le encontré pero sé que nos encontró él a nosotras.
Por dios... ¿Por qué no puedo acordarme de lo que pasó?

Noté una presión sobre mi hombro. Cuando me di la vuelta, allí estaba. Se encontraba de pie, mirándome con aquellos ojos verdes que tanto me apasionaban. Siempre quise tenerlos como ella.
Parecía más joven, más bella pero pude ver que continuaba siendo la misma.

Noté como mi pulso se aceleraba. Mi respiración se volvió muy agitada y no podía quitarle la mirada de encima. No podía estar pasando. Era imposible que estuviera delante de mi como si nada.

Cerré los ojos una vez más. Pensé que estaba delirando pero en cierto modo, cuando volví a abrirlos me di cuenta de que era cierto. De que era ella.

- ¿Estoy... muerta? - pregunté como si las palabras saliesen solas de mi mente.

- Así es - respondió ella al cabo de un rato totalmente inmóvil.

Y aquellas eran las palabras que más temía en el mundo pero sabía que eran ciertas incluso antes de preguntarlo.









Narra Lola:




Debería de estar disfrutando. ¡Si!
Llenarme el cuerpo de alcohol y salir a la pista para que todas las miradas se clavaran en mi pero no soy capaz.

En vez de eso, me escondo en el fondo del local mientras bebo agua del grifo y mis amigas se lo pasan de miedo bailando y riendo y bebiendo...

¿A quién voy a engañar? Soy un verdadero muermo. No me extraña que sea virgen y esté más sóla que una piedra en medio del desierto. Apesto, doy asco y pena a la vez. ¿Quién quiere estar con una chica así?


Cogí mi celular y marqué el número de Miguel. Después de unos cinco tonos, su voz ronca sonó a través del mismo.

- Siento molestar tu increíble sueño a las... - miré la hora en mi reloj y puse los ojos en blanco. ¡Es impresionante que este durmiendo a las once de la noche! Es como un niño pequeño que le regaña su madre y le obliga a dormirse pronto para ir al día siguiente a clase, - Olvídalo. No me meteré en tu apasionante horario durmiente.

- No estaba durmiendo. ¿Vale? Solo... Echaba una cabezadita - se justificó mientras intentaba aclarar la voz a la vez que bostezaba como un tremendo oso gigantesco y grotesco. - ¿Qué pasa estúpida?

- Me aburro. No soy capaz de divertirme y ser como tú. Un gilipollas y maleducado al que todo le da exactamente igual. Tal vez, el mundo me odia y no los culpo por que...¿Sabes? Creo que yo también me odio. Soy borde, un poco egoísta y tengo un mal humor impresionante.

- Oye, oye, oye - me paró en seco suspirando levemente - Eres una de las mejores personas que conozco. Nadie te odia. ¡Venga ya! Deja de compadecerte de tú misma y diviértete. Tómate dos putos cubatas y ligátelos a todos, puta alienígena.

- Amo tus impresionantes formas para hacerme cambiar de opinión. Gracias cabeza hueca. Tal vez sirvas para algo - sonreí leve y luego me terminé el agua y cogí el bolso.

- JAJAJA. Ojalá te folle un negro, cabrona. Anda, lárgate y zorreale a unos cuantos. Tengo que seguir con mis estudios intensivos.

- Tan "intensivos" que hasta babeas sobre los libros.

- Cállate, cerda.

Y sin más, me colgó. Me encantaba hablar con él. Siempre sabe las palabras exactas para hacerme sentir mucho mejor.

Me acerqué a la barra después de guardar el móvil en mi cazadora.

Después de pedir, me alisté un poco el cabello y respiré hondo mientras me bebía la copa de un sorbo. Tal y como dijo Miguel. Seguí sus indicaciones.

Sin preocupaciones, sin pensamientos oscuros, sin recuerdos pasados y sin culpabilidades.

- Hola, póngame un Martini y a la señorita otra ronda de lo que esté bebiendo.

Me volteé y un hombre de estatura media, talle fino, piernas largas y con unos brazos bastante musculosos y llenos de numerosos tatuajes se presenció justo a mi lado.

Sus labios eran finos de un color rosado, su nariz no era ni muy pequeña ni muy grande y sus ojos claros color miel no dejaban de observarme ni un misero instante.

Vestía un chaleco de cuero que dejaba ver sus brazos a la perfección, unos pantalones rotos de color oscuro y unas zapatillas de marca. Su cabello era tan oscuro que me llamó la atención.

No tenía absolutamente nada que ver con Henry. Parecía más oscuro, más frío y sin duda, Henry le superaba en cuanto a belleza física.

Aparté la mirada intentando aguantarme la risa. ¿Me faltó algo por analizar de él? Creo que no.

Me parece que ese es uno de mis peores defectos. Analizar a las personas como si tuviese miedo a lo que pudiese pasar.

La camarera me sirvió mi segundo cubata a cuenta de él y este se alejó viendo que no tenía ni la más mínima posibilidad conmigo.

Tal vez deba dejar de tener miedo. No debo esconderme, ni cohibirme, debo soltarme como hice con Henry cuando le conocí. Lo recuerdo como si fuera hoy. Él me trasmitió seguridad desde el minuto cero.
Era increíble la sensación que me hacía sentir solamente a escasos centímetros de él.

¡Ya basta! Debo parar de pensar en él.

Pedí otra ronda a la camarera mientras notaba como el alcohol comenzaba a hacer efecto.
Es una buena forma de olvidar.

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Narra Miriam:




- Sé que no es muy agradable escuchar eso. Creéme, es tan difícil para mi como para ti.

Alcé la mirada de nuevo. Llevábamos un rato caminando. Mi abuela no dejaba de darle vueltas al tema pero no podía decirme nada sobre lo ocurrido.

Me percaté en el camisón blanco que cubría su cuerpo y bajé de nuevo la mirada frunciendo el ceño.

Me acuerdo perfectamente de el. En sus últimos días de vida, no se desprendió de él ni una sola vez.
Siempre fue su camisón favorito.

La escena de su muerte en mi mente hizo que unas pequeñas lágrimas salieran de mis ojos.
Fue muy trágica, muy dolorosa y en mi vida había sentido algo como eso. El dolor de perder a alguien que de verdad amas, de perderlo para siempre y lo más difícil, aprender a vivir con ese dolor.

- Oh querida - dijo mi abuela mientras me acogía entre sus pequeños brazos e intentaba tranquilizarme - Sé que es duro. Todo esto es extraño y verdaderamente doloroso pero debes entenderlo para no volver a repetirlo.

- Abuela, no sabes lo que sentí cuando te perdí. Me encontré sóla, completamente inundada de dolor y lágrimas. Juré que nunca me sentiría así de nuevo. Siempre fuiste como una madre para mi. Nos cuidaste desde que teníamos seis años hasta que cumplí los trece. A la vez que mi hermano, siempre fuiste una referencia para mi. La persona en la que deseaba convertirme. Mi heroína.

Mi abuela se separó de mis brazos y me cogió por los hombros.

- Nunca estarás sola. Siempre estaré a tu lado cuidándote y también aquí - dijo señalando mi corazón mientras me dedica una tierna sonrisa. Eso consiguió devolverme al presente. Me sequé las últimas lágrimas que caían por mi rostro y le miré a los ojos.





- Es extraño - fruncí el ceño mientras me sentaba en uno de los asientos de la sala de espera,

Mi abuela se sentó a mi lado mientras me cogía de la mano.

- ¿El qué?

- Estoy muerta. Debería de sentirme perdida, entristecida y... - gruñí leve y alcé la mirada. - En cambio, me siento un poco aliviada, segura y liberada.

- Por eso estoy aquí. Quiero que me expliques lo que ocurrió.

No dejé de mirarla fijamente hasta que sentí un fuerte dolor en mis brazos.
Luego, el dolor se extendió a mi cabeza. Comencé a bramar fuertemente mientras me sujetaba la cabeza con ambas manos y contenía la respiración.
Era inaguantable, muy insoportable. No podía aguantarlo. Es como si cortaran cada parte de mi cuerpo en pedacitos.

- Por favor, haz que pare abuela - chillé con energía mientras hundía la cabeza entre mis muslos sin dejar de sujetarme la cabeza.

Pero ella seguía completamente rígida sin dejar de observarme y con la misma expresión que hace unos instantes.

¿Por qué no se inmutaba? ¿Por qué no me ayudaba?

- ¡Abuela! - grité mientras el dolor pasaba aceleradamente a mi tripa y la sangre salía disparada por mi boca.

Miré mis manos ensangrentadas y cerré los ojos con fuerza.

Al abrirlos, vi unos zapatos. Al levantar más la mirada, pude contemplar un rostro muy familiar.

- ¿Jerry? - susurré casi sin fuerzas mientras el dolor aumentaba dentro de mi y la sangre seguía fluyendo apresuradamente - ¿Qué hacéis todos aquí? Esto es...

- No, no es el cielo - murmuró Jerry leyéndome la mente.

-Tú nos has llamado - susurró mi abuela desde más lejos.

- ¿Qué yo os he...?

- Miriam, es importante. No debes entretenerte - me interrumpió mi abuela.

- No hay tiempo. Se te acaba el tiempo y a nosotros también. Debes escucharnos. Es importante.

- Tal vez...

Mis palabras fueron interrumpidas por un fuerte dolor que me hizo perder el conocimiento.










Narra Lola:





Me acerqué al chico misterioso. Miguel tenía razón. Debía liberarme y disfrutar y esta era la mejor forma de hacerlo.



Con siete copas encima y el alcohol subiendo por mi cuerpo como si se tratase de agua evaporada, toqué el hombro de aquel chico que se entretenía hablando con un hombre un poco más mayor que él.

- Quería agradecerle la copa. Aunque haga como un siglo que me la bebí - sonreí mientras él se daba la vuelta y me observaba de arriba a abajo.
El otro hombre se esfumó como si tuviese el SIDA o algo por el estilo. Fruncí el ceño pero decidí no darle mucha importancia.

- Fue un placer. ¿Cómo te llamas, linda? - me preguntó sin dejar de mirarme e invitándome a sentarme.

Pedí otra copa y ambos comenzamos a charlar abiertamente.

- Rogelia - le ofrecí mi mano intentando contener la risa. Este me miró con los ojos muy abiertos, bastante descolocado. Reí notoriamente - Lola. Debiste ver tu cara.

- Lo sé. Es muy linda de admirar - pronunció dándole un sorbo a su copa y observándome nuevamente.
Se sentó a mi lado y yo sonreí.

- JAJA. Deja de usar ese término. Me pone de los nervios - me mordí el labio y este se aproximó más a mi.

- Entonces... ¿No puedo decir que eres linda?

- Usa un sinónimo y todo arreglado.

Dije abiertamente mientras me encogía de hombros y me centraba en admirar mi copa.

- ¿Sabes qué los menores de edad no pueden beber alcohol?

- Tengo 18, gilipollas - bramé pegándole suave en el brazo.

Él volvió a observarme de arriba a abajo maravillado. Notaba su mirada clavada en mi a cada segundo.

- Yo 22 - aclaró alzando el dedo índice y corazón a la vez representando el símbolo de la paz.

- Sigo sin saber tu nombre. Haber si lo adivino... ¿Owen? No, no. Mejor, ¿Kevin? Si, tienes cara de Kevin - jugueteé con mi copa mientras él sonreía y se acercaba a mi oído lentamente causándome un pequeño escalofrío.

- Te lo diré porque me resultas divertida. No sé si es por lo bebida que vas pero...
Me llaman Mason.

Se separó de mi y yo sonreí ingenua.

Alcé ambas manos después de terminarme la copa.

- Está bien. No valgo para ser adivina. Acabo de demostrarlo.

- ¿Bailamos? - me ofreció él mientras se levantaba y miraba la pista.

Dudé unos escasos segundos y asentí mientras me levantaba también.

Sentí como todo me daba vueltas por unos instantes y hasta que él me ofreció su mano, no pude ver con claridad.

Ambos accedimos a la pista.

Kelly me guiñó un ojo mientras bailaba con un chico más o menos de su edad que a mi parecer parecía totalmente irresistible.
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Narra Miriam:




- Miriam, ¿ya estás lista para hablar o vas a perder aún más el tiempo?

Abrí los ojos de nuevo. Jerry se encontraba arrodillado justo a mi lado. Me observaba con curiosidad y al mismo tiempo, como con miedo a que escapase o algo por el estilo.

- ¿Así que podéis aparecer y desaparecer cuando os de la gana? - pregunté algo aturdida mirando a los alrededores. Seguíamos en el mismo lugar. Sucio, apagado y realmente oscuro.

Miré mi cuerpo. Ya no había sangre y el dolor desapareció nuevamente.

- ¿Qué pasó?

- No lo sé. No lo recuerdo - reí ingenua y me tumbé en el suelo mirando a la nada.

- Si no los supieras no nos habrías llamado.

- Yo no os pedí que vinieráis a mi funeral o lo que sea - afirmé indignada aún sin saber verdaderamente que hacía aquí - Si no es el cielo, ¿dónde estoy?

- Aquí quien hace las preguntas soy yo - dijo mientras yo ponía los ojos en blanco - Estás empezando a recordar lo ocurrido. No lo niegues. El dolor que sentiste hace unos instantes. Era un recuerdo.

- Él me miraba. Su expresión era repulsiva, extraña y rara. Estaba mal de la cabeza. No dejaba de meterse conmigo pero ya no tenía escapatoria. Mi madre estaba en peligro, mi hermano también y no podía escapar. Así que dejé de pensar, caminé hacia él y dejé que el destino hiciese su trabajo - confesé mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.

- Si tienes tan claro lo que pasó. ¿Por qué estamos aquí?

- Ojalá lo supiese. Yo no quería morir. ¿Quién quiere eso? - reí flojo y paré en seco cuando no demostró ninguna muestra de divertimiento en su rostro.

- No. Me estás ocultando algo. ¿Qué ocurrió?

Fruncí el ceño. Ya le había contado todo lo ocurrido. ¿Por qué seguía presionándome? ¿Por qué no me dejaba en paz?

- Es una pérdida de tiempo. Nunca nos dirá nada - mencionó mi abuela apareciendo de la nada.

- ¿Queréis de dejar de aparecer y desaparecer? Me ponéis de los nervios.

- En mi opinión, no hay un término medio. Sé que lo sabe aunque si ni siquiera ella misma está segura de sus sentimientos, nosotros aún menos.

- ¿Hola? Sigo aquí - me entrometí alzando las manos y ladeándolas de un lado a otro - Dejen de actuar como si no existiese.

- Cállate. Esta es una conversación de adultos - bramó Jerry mientras yo me cruzaba de brazos y suspiraba alto - Estamos atrapados al igual que ella. Si no nos lo dice por las buenas, tendrá que hacerlo por las malas.

Mencionó finalmente y luego, desapareció como si nada.

Miré a mi abuela. Ella se encogió de brazos y volteó los ojos.













sábado, 8 de abril de 2017

(T2) CAPÍTULO 42: THE RING














Narrador Onmisciente:




Se resguardó en la oficina. Aquel era el único lugar donde podía dejar de pensar, centrarse en el trabajo y dejar todo lo ocurrido atrás. Nadie podía entrometerse entre sus pensamientos y él.

Han pasado casi dos meses y ojalá pudiera decir que todo ha vuelto a ser lo mismo pero sería engañarse a si mismo.

La ha perdido por completo, ella ya no estaba y eso solo le resultaba agobiante y desesperante. Se sentía culpable de lo ocurrido, si no le hubiese dejado ir... Tan solo si le parase los pies...
Ella seguiría a su lado pero no se puede cambiar el pasado. Solo debes aceptarlo y hacerte a la idea de que nada será lo mismo y que la vida que tenías o creías tener nunca volverá a ser igual.

Unas pequeñas lágrimas rozaban sus mejillas. No pudo aguantar más. Toda esa culpabilidad, desesperación y tristeza le estaban destrozando el aura por completo. Se encontraba harto de fingir que ya nada le importaba, que estaba bien y que no se preocupasen.

Unos golpes sonaron repentinamente en la puerta. Segundos después una cabellera castaña se asomó con una sonrisa tensa y a la vez consoladora.

Le molestó que entrara en su despacho justo ahora. Limpió su rostro con el dorso de su mano y suspiró levemente intentando que no se le notase la angustia.

- ¿Interrumpo? - bramó la chica para captar su atención. Se acercó a su mesa de oficina y se apoyó en ella observándole con ojos brillosos. - Oh, Derek...

Melanie se dio cuenta de que ha estado llorando. Se puso a su altura y le cogió de las manos para tratar de cesar su llanto. Derek apartó la mirada de ella. Le avergonzaba que le vieran de esa forma. Siempre presumió de ser un chico fuerte, sensato e inteligente. Que sabía reaccionar correctamente ante cualquier situación.

- ¿Es por Miriam? Deberías superarlo de una vez. Han pasado dos meses...

La voz dulce y tímida de Melanie no impidió que Derek se enfadase ante sus palabras.

Apartó sus manos de las suyas y le miró con lágrimas contenidas en sus ojos.

- Es por mi culpa. Todo lo ocurrido fue culpa mía. Así que no, no lo superaré, no lo olvidaré, cargaré con esa culpa hasta el resto de mis días.

- Ella se entrometió donde no debía. Hizo la mayor tontería que alguien se pudiese imaginar. Miriam fue la culpable. Tú debes de continuar con tu vida, Derek - señaló con una media sonrisa inocente mientras la rabia inundaba cada vez más a Derek. Miriam le importaba como nunca antes le había  interesado una mujer. Es decir, fue su luz después de la mierda que sucedió entre Mel y él.

El comportamiento de la joven le pareció insensato e infantil. Propio de alguien como ella.
Él solo venía a buscar un poco de tranquilidad pero Mel se lo había arrebatado.
Nunca la odió tanto como en ese mismo instante.
Profanando adjetivos negativos a la mujer que amaba y acercándose demasiado a él.

- Fue una estúpida, ya viste como no le importó abandonarte. Corrió detrás de su hermano como una perra en celo sin importarle más nada, Olvídala como ella te olvidó en su momento. Debes abrir tu corazón a otra persona que si te quiera de verdad y te lo demuestre.

Mientras ella continuaba hablando, sus manos se enroscaban en su cabello tirando de el levemente.
Derek apartó la mirada de ella y se cruzó de brazos. Melanie frunció el ceño al ver su reacción.
Melanie solo quería recibir cierto amor por parte de él pero Derek lo único que deseaba es que le dejase en paz de una vez por todas.

- Si viniste solamente a insultar a Miriam puedes irte por donde has venido. Me dan igual tus palabras. La quiero y siempre será así. Ahora lárgate, Mel - bramó de una vez por todas dejando detrás al chico amable y educado que acostumbraba ser.

Los ojos de Mel se entristecieron en cambio, la mirada intensa y llena de furia de Derek cada vez se mantenía más despierta.

- No la amas. Lo sabes. Sigues sintiendo algo muy fuerte por mi, Derek. No lo escondas - pasó sus manos alrededor del cuello de él y se sentó suavemente sobre él entrometiendo sus labios en su cuello.
Derek giró el rostro mientras intentaba respirar hondo y no ponerse de los nervios aunque tenía claro que esto no terminaría bien.

- Melanie, apártate, no quiero hacerte daño.

Ella pasó la lengua por su suave cuello y depositó suaves besos provocando que su piel se enrojeciera.

- ¿Ahora me amas? - dijo moviendo sus caderas en busca de una reacción por parte de él.

Derek la miró por unos segundos. Ella acarició su rostro con ambas manos y se acercó a sus labios lentamente y con una sonrisa muy pícara.

Él viendo sus intenciones rompió su paciencia y su lado más oscuro salió a la luz.

Alzó su mano empujándola con fuerza. Melanie cayó al suelo con gran rapidez dándose un golpe en la nuca muy leve.

Derek alistó su ropa colocándose bien el cabello y no le dirigió la mirada ni una sola vez.

Ella se quejaba de dolor mientras intentaba levantarse del frío suelo de la oficina.

Al conseguirlo, puso su mano sobre su nuca y soltó un quejido leve pero sonoro.

- Te avisé, Melanie. Pensé que lo de que estabas sin blanca iba enserio pero por lo que veo, todo lo que sale de tu boca son mentiras e idioteces. Tus intentos de volver a conquistarme no han funcionado ni funcionarán. Métetelo en la cabeza. Nunca volveré a quererte. Estás realmente loca. No quiero volver a verte, es más, quiero que recojas tu asqueroso equipaje de mi casa y que te marches bien lejos o no pararé hasta destruirte por completo. Si no lo haces, yo mismo me encargaré de ello - alzó por primera vez en largos minutos la mirada. Era seca y fría. Nunca antes Derek sintió algo así por Mel. Siempre le encantó, esa chica le volvía loco pero Miriam mucho más. Se coló en su corazón como nada y se adueñó de él como si toda la vida lo llevase haciendo. Definitivamente, la quería - Hasta nunca, Melanie - se despidió grotescamente y le dedicó una sonrisa notoriamente falsa antes de que ella frunciese el ceño y le mirara con desprecio.

- Ojalá te vaya como el mismísimo culo, Derek - hizo una mueca de asco y fingió ignorancia y resentimiento antes de abandonar el lugar cerrando la puerta con fuerza.

Ese sonido fue la inmensa felicidad para Derek. Nunca imaginó que algún día trataría de esa forma a una dama y mucho menos a la cual hace unos meses era aquella loca de la que estaba enamorado y en verdad, aún seguían vivos algunos sentimientos hacia ella.

La paz volvió a su oficina. Los pensamientos volvieron a comerle el coco y pronto, se vio sumergido de nuevo en su peor pesadilla. Perderla.












[Flashback]

Picnic 


No hacía un día que podamos decir confortable pero Pris se encontraba muy aburrida y como no tenía nada que hacer ( más bien no le apetecía ) decidió salir y dar una vuelta por el centro.

El cielo cada vez se llenaba más de nubes grises. Tristes y apagadas que no lograban bajar el ánimo de la pequeña Pris.

Se sentó en uno de los bancos y se distrajo leyendo un libro mientras escuchaba los sonoros ruidos que causaban los niños. Esos pequeños rebeldes de 8 brazos y 5 cabezas nunca le agradaron lo suficiente. Nunca supo comportarse con ellos. Es decir, no sabía como cuidar de ellos y tratarlos como lo que eran, niños.

Cuando los ruidos se hacían plenamente insoportables, Pris hizo una mueca descarada y guardó el libro al mismo tiempo que sacaba el celular.

Observó su última conversación con Álvaro y no pudo evitar sonreír. Hacía casi una semana que le bloqueó y realmente, echaba de menos sus estupideces y chorradas muy propias de él.

Álvaro era un chico que realmente le agradaba, tanto como persona que como amigo. Pensó en desbloquearle pero inmediatamente se le esfumó la idea de la mente.
Amaba hablar con él pero no tanto como hacerle rabiar.

Se levantó dispuesta a regresar a casa, pues el cielo se estaba nublando de más y no había traído paraguas.

Cuando alzó la mirada de su celular después de estar un rato hablando no pudo creer lo que vieron sus ojos.

Blas, cargado hasta las cejas de neveras y bolsitos caminaba a paso lijero mientras se quejaba de forma pesada.

Apretó sus labios y no dudó en ir a echarle una mano. Cargó una de sus neveras y el chico se sorprendió mucho al verla.

- ¡Pris! ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¿Desde el concierto? - continuó caminando con una gran sonrisa en los labios. Le confortaba mucho volver a verla y sobre todo en ese mismo instante.

La pequeña chica sonrió y caminó junto a él mientras le observaba de arriba a abajo. Blas no había cambiando. Seguía siendo el mismo chico soñador, chismoso, alocado y parlachín de siempre y eso le agradaba lo suficiente.

- Puff. Ya ni lo recuerdo. ¿Qué tal? Te veo muy... muy Blas - finalizó sin poder encontrar un adjectivo que le describiese a la perfección. Cierto, Blas era único e inigualable.

- ¿Quieres decir caliente y sexy? - dijo marcando la última palabra con un movimiento suave de cadera y una voz ardiente.

Nada más llegar al césped, depositaron todas las bolsas en la hierba y Blas extendió una manta para que ambos pudiesen sentarse.

Pris rió y abrió alguna de las bolsas con curiosidad. Lo que más abundaba era comida, mucha comida. Luego, había cosas sin importancia como pañuelos, raquetas, pelotas, ropa y mantas.

- ¿Vas a comerte esto tú solo?

- Por desgracia no. Álvaro se apoderará de un poco más de la mitad - la miró con cariño y luego bostezó con firmeza estirándose como si fuera un gato afilando sus largas uñas - Mira, por ahí viene. Que cara de orgasmo trae el muy... - expresó observando a su amigo con cierta rabia y a la vez envidia.

Pris no pudo evitar seguir la mirada de Blas. Su cara de desagrado lo expresaba completamente todo. Álvaro charlaba desde lejos con una chica muy linda. A su forma de ver, superaba su propia belleza.
Pelirroja de ojos castaños y piel ligeramente morena por el solarium era lo que más destacaba de ella. Todo eso sin contar como su pantalón hacía que su trasero se viera lindo y acolchado. Sus senos eran increíblemente grandes, a ella le llamaban la atención.

Después de echar una mirada rápida a Álvaro, Pris bajó su mirada observándose a si misma. ¿A quién iba a engañar? Su cabello no tenía nada que hacer contra su gran melena roja, sus grandes pechos le superaban enormemente. Ojalá Dios la dotara con unos buenos melones como aquellos. Ella era flaca, casi anoréxica y en cambio, la perra odiosa tenía un buen cuerpo. Tal vez, 90/60/90, o tal vez no.

El caso es que Blas se percató de la incomodidad de Pris y le miró con un cierto hilo de tristeza. Ojalá pudiera ayudarla, reconfortarla... Pero por una vez en su vida, fue capaz de pensar con lógica. Eso no serviría de nada.

Cuando ambos llegaron hasta el jardín, Pris decidió ignorar su presencia. Ambos reían con descaro y eso provocaba que el enfado de Pris fuese más allá.

- ¡Hey! - saludó Álvaro que solo tardó unos pocos segundos en darse cuenta de la presencia de su amiga. Su sorpresa fue enorme. Hace una semana le pedía casi de rodillas que aceptara quedar con él y ahora se encontraba en una situación incómoda.
Se rascó la nuca sin saber exactamente como reaccionar y optó por ser amable y fingir que nada de esto le importaba - Hola Pris.

- Hola Álvaro.

Pris ni siquiera le dirigió la mirada. Sabía que verle cogido de la mano de otra mujer solo le haría sentirse peor.

- Me la encontré en el parque. Fue una grata sorpresa - sonrió Blas acariciando su espalda. Ella sonrió y miró a Blas con pánico.

- Oye Blas, me ha encantado charlar contigo peor debo irme. Mis padres me esperan - suspiró y alzó ambas cejas mientras él fruncía los ojos.

- Cla...Claro.

Pris se levantó teniendo que cruzarse con la mirada penetrante de Álvaro.
Su cuerpo se interpuso en su camino y ella no dudó en apretar sus puños alzando poco a poco la mirada.

- Quédate Pris, abunda numerosa comida y no creo que seamos capaces de comérnosla toda.

- No creo que sea buena idea. Debo irme - Pris se mordió el labio. Si no estuvieran acompañados de la chica pelirroja tal vez, accediese a quedarse con ellos.

Ella avanzó rozando su hombro derecho.

Álvaro se quedó pensativo durante unos segundos. Pris continuó su camino mientras su mente no dejaba de pensar en ese chico. Tal vez, odiaba que hiciese caso a otra chica que no fuese ella o lo había pensado mejor y se comportó como una zorra con él o simplemente... Él le importaba más de la cuenta.

Mientras estaba enfrascada en su mente, una mano se posó en su hombro. Ella se detuvo y se volteó casi de inmediato.

Álvaro mostró una de sus mejores sonrisas y se encogió de hombros.

- Te acompaño a tu casa y no es una pregunta - señaló comenzando a andar con las manos en los bolsillos. Luego, al ver que Pris no mostraba ninguna reacción la miró fijamente - ¿Vienes o qué? - hizo un gesto.

- ¿Qué pasa con Blas y...? - tragó saliva deteniéndose en seco.

- Ya me despedí de ellos. Espero que Blas y mi prima logren congeniar.

Pris le miró y luego cerró los ojos por unos segundos mientras una sonrisa iluminó su rostro.

Creo que fue la cosa más linda que escuchó en su vida.
Golpeó su brazo con fuerza y Álvaro dio un brote con sorpresa.

- ¿Qué coño haces? - bramó alzando la voz mientras se toqueteaba el brazo con el ceño fruncido.

- Eres un cerdo, Alv.

Comenzó a andar rápidamente y Álvaro se quedó pensativo sin entender su reacción. Luego, la siguió intentando llegar hasta a ella.

- ¡Oye, no corras tanto! Para ser tan flaca eres realmente rápida - bramó casi sin aliento mientras ella se detenía y reía observándole.

- Eres un viejo, Gango - le echo la lengua. Y al poco rato, el chico la alcanzó y le rodeó la cintura haciéndole cosquillas en la tripa.

Ella comenzó a reirse con fuerza pidiendo que se detuviese. Finalmente, tuvo que lanzar ciertos piropos a Alv para que le dejase en paz.

- ¿Cómo dices? No te escuché bien - dijo él una última vez muy sensualmente a su oído.

- Que eres el chico más guapo del mundo y con la mejor sonrisa del universo. Además, tienes un increíble pene... -se quedó pensativa y él la observó lentamente - No recuerdo el resto.

- ¡Más alto!

- Está bien, está bien... - Pris le agarró de las manos y él sonrió mientras esta intentaba apartarlas de su cintura - ¡Álvaro es el chico más gilipollas que he conocido en mi vida. Y seguramente, tendrá un pene enano del cual se siente orgulloso! - gritó con todas sus fuerzas - Y además se hace el duro pero es un puto... - Álvaro le paró los pies. Puso una mano sobre su boca evitando que continuara diciendo esa serie de barbaridades sobre él.

Cuando ambos contemplaron a su alrededor, un núcleo de personas les observaban con desprecio y rareza.

Finalmente, Pris le mordió la mano y este se quejó apartándola de su rostro. Luego, le dio un suave empujón mientras ella se reía más de la cuenta.

- Eres una zorra. Siempre odiaré el día que te conocí - murmuró con cierto asco mientras observaba su mano detenidamente.

- ¡Vamos! Ni que te hiciese tanto daño - puso los ojos en blanco acercándose a él.

-Ni te me acerques, bicho. Si haces esto con mi mano no sé que le harás a mi anaconda - bramó Álvaro retrocediendo mientras ella continuaba riéndose altamente.

- Dirás tu gusanito, Gango - indicó alzando ambas manos con obviedad.

En ese mismo instante, un niño se acercó a Álvaro y le señaló.

- ¿Tienes un gusanito? Mi madre dice que dan asco pero a mi me gustan.

Su voz dulce e inocente provocó una sonrisa en los labios de Álvaro.

- Tu madre tiene razón. Los gusanos no son buenos para ti - le despeinó poniéndose a su altura - Ahora ve a donde tu madre y no vuelvas a separarte de su lado, ¿entendido campeón? - mencionó guiñándole un ojo a la vez que chocaban sus puños.

El niño asintió y salió corriendo en busca de su madre. Álvaro no le perdió de vista.

Pris se acercó a él y le miró levantando ambas cejas mientras cruzaba sus brazos.

- Nunca pensé que el chico malote y perverso pudiera ser dulce y realmente cariñoso. Tienes un corazón muy grande, Álv.

- Cállate y mueve el puto culo. Empezará a llover si no nos damos prisa.

Álvaro comenzó a caminar. Sus mejillas se sonrojaron ante las palabras de Pris. Mostró su lado más cariñoso y le confortó que a ella le gustase.

La chica le siguió el paso y cuando estuvo lo suficientemente cerca, agarró su mano con firmeza y ambos caminaron de la mano en completo silencio.

Álvaro contempló sus manos unidas y sonrió inocentemente.
Ella le agradaba realmente.
No se parecía en nada al tipo de chica perfecta para él que tenia en mente pero en verdad, Pris se estaba ganando ese puesto.


- Es aquí - murmuró soltando su mano y volteándose para mirarle una última vez.

Álvaro bufó. Se lo estaba pasando increíblemente bien y no quería que se terminase. Miró a los alrededores y silvó. Era una casa muy bien cuidada, alegre y colorida.
Pris buscó de nuevo su mirada y sonrió.

- No me dijiste que el negocio en la tienda te fuese tan bien.

- En realidad, el dinero lo invirtió mi padre. En esta situación, no tuve nada que ver por muy extraño que te parezca - ladeó su cabeza mientras él se acercaba a su rostro.

- Me lo he pasado muy bien. Gracias por ridiculizar mi pene y dejar mi mano esteril - dijo mostrándosela mientras encogía los hombros.
Ella rió sin poder apartar la mirada de él.

- Recuérdame, que te debo una piscina - murmuró golpeando su hombro.

 Álvaro tiró levemente de su mano encontrándose con su rostro muy cerca de él.
Rió una última vez. Quería acabar el día de la mejor posible, necesitaba hacerlo, la necesitaba a ella.
Se abalanzó contra sus labios y antes de que pudiera siquiera rozarlos, ella se separó de él girando su rostro.






- Álvaro... - pronunció en un susurro - Debo irme.

La tez blanca del chico, expresaba correctamente lo que ahora mismo estaba sintiendo.
Pensó... que tal vez, ella podía sentir lo mismo que él sentía. Él la deseaba pero parece ser que no ocurría el efecto contrario.

Ella bajó el rostro soltando sus manos y le miró una última vez con cierta compasión mientras retrocedía. Finalmente, se volteó por completo mientras Álvaro se sentía como un completo idiota.

Había alejado de él a la única persona que de verdad le importaba, a la que de verdad le interesaba y todo porque dejó a la luz sus sentimientos.

Su temor se había hecho realidad. Siempre se comportó como un chico frío y siniestro por miedo a que alguien pudiese herirle. Todo el esfuerzo de nada sirvió.
La había asustado y tal vez, lo arruinó completamente todo.

Apretó sus puños y con una furia impresionante hacia si mismo, golpeó una de las papeleras que se encontraba en la calle. Su fuerza fue impresionante, pues de una sola patada la había hecho saltar por los aires.

Mientras ella, suspiraba pensativa en su cuarto sin poder dejar de comerse la cabeza, él metía las manos en los bolsillos y regresaba a su casa como si no hubiese ocurrido nada.
Aunque en verdad, lo sabía muy bien.

No le apetecía hablar, no lo apetecía regresar con los chicos y mucho menos pensar en ella.

Tenía que aprender a quitársela de su mente o acabaría perjudicándose a si mismo y a Pris también.












[Flashback]

Tiroteo



Coque ya no podía más y los nervios y lloros de Jessy le hacían perder la esperanza aún más. Él adoraba a su mejor amiga pero necesitaba que se tranquilizara o ambos obtendrían un destino muy oscuro.

Hablaba en alto, bastante alto aunque no se daba ni la más mínima cuenta.

Coque se detuvo frente a un laboratorio. Puso su mano sobre la boca de Jessy y le mandó callar mientras esta temblaba tanto por el contacto de su cuerpo con el de Coque como por la situación que estaban viviendo.

El hombre armado caminaba de un lugar a otro. Coque se acercó a uno de los pequeños ventanujos. Lo que pudo ver fue sangre, mucha sangre, objetos completamente destrozados y balas sin usar por el suelo.

Aquello se estaba llendo de las manos. Anteriormente, en aquella habitación lograron sobrevivir pero si esta vez los veía. ambos se volverían vegetales.
Jessy sollozaba intentando no decir absolutamente nada mientras Coque la presionaba contra su cuerpo para tranquilizarla y darle confianza pero le resultaba difícil ya que ni él mismo estaba seguro de tenerla en esos instantes.


Vieron al armado pasar con rapidez por el otro lado del pasillo y suspiraron aliviados mientras escuchaban como los pasos se alejaban cada vez más.

Coque dejó a la pobre Jessy respirar y la abrazó con fuerza no solo para calmarla si no también para tranquilizarse a él mismo.

- Tal vez lo que te dije antes no fuera de todo cierto - se rascó la nuca y tragó saliva mientras le cogía de las manos - De hecho, debimos de quedarnos en donde estábamos.

Jessy alzó la mirada. Se encontraba más tranquila pero el miedo seguía consumiéndola.

- C-creo que va-vayamos donde vayamos... Él nos encon-contrará - tartamudeó Jessy respirando hondo mientras Coque pasaba las manos por su rostro. Ella cerró los ojos con fuerza.

- Nos quedaremos en este laboratorio. Correremos las cortinas y nos mantendremos con la luz apagada por si las moscas. Tiene mucho espacio. Creo que es el lugar más acertado.

Jessy asintió volviendo a tragar saliva. Él limpió sus lágrimas con sus pulgares rozando levemente sus labios.

Ella abrió los ojos y le miró fijamente.

- No quiero mo-morir, Coque.

Exclamó con sinceridad lo que le carcomía los pensamientos. Coque hizo una mueca. Él tampoco lo quería pero eso no estaba en sus manos.

- Oh pequeña, te prometo que te protegeré en todo lo que este en mi mano.

Una sonrisa forzada apareció en su rostro. Eso animó bastante a Jessy.

Coque le tendió su mano y ambos entraron en aquel lugar.

Era frío y oscuro. Lo primero que hicieron fue correr todas las cortinas. Luego, observaron el lugar. Pocos muebles se mantenían intactos, casi todo estaba completamente destrozado.


Las paredes eran blancas como el resto del hospital y el suelo era de una extraña moqueta de un color apagado, no sabría decir cual exactamente.

Miró sus zapatillas completamente cubiertas de sangre y luego, gracias a la ayuda de Jessy accedieron más al interior del cuarto con mucho cuidado de no pisar nada realmente extraño. Los productos químicos y Coque nunca se llevaron bien. De hecho, detestaba física.

Jess quiso sentarse debajo de una de las mesas del fondo. Apenas se veía algo. El laboratorio estaba en completo silencio, solo se escuchaba el ruido del aire entrando y saliendo por sus fosas nasales.

- ¿Crees que saldremos algún día de aquí?

Acarició el cabello de Jessy. Su cabeza se mantenía reposada en sus muslos y no le molestaba ya que eso conseguía tranquilizarla.

Pensó detenidamente en una respuesta complaciente. En verdad, no lo sabía pero ¿quién realmente intúe la realidad? Nadie y las cosas sobrenaturales e irreales no entran dentro de sus conceptos. Siempre será un escéptico.

- Supongo que los refuerzos ya estarán a punto de venir a por nosotros. No te preocupes - la tranquilizó con una voz dulce y suave.

- Tengo hambre - protestó ella sin soltarle la mano - Mi turno empezaba a las siete - dijo unos segundos después contemplando el reloj.

Suspiró y reposó su cabeza en una de las patas de la mesa.

- ¿Te encuentras bien? - mencionó cogiéndole de la barbilla y mirándole lentamente con curiosidad - Estás pálido - torció los labios y él le miró a los ojos.

- Ingresé en el hospital porque un chico al que consideraba mi amigo resulta que no lo era y me golpeó, cuando me examinaban me encontraron un tumor en el estómago y después de superar esa operación tan sumamente arriesgada... Un tipo con una pistola amenaza con matarme. No es que crea en el karma pero si salgo vivo de esta rectificaré mis fallos, seré mejor persona y sin duda, no volveré jamás a un hospital - respiró hondo y agarró más fuerte su mano - Érica me dijo que vendría por la noche...

- Coque, estás vivo. No sé que mierda tienes para que Dios te amé con locura y te salve la vida continuamente pero joder, vas a salir de aquí. Es decir, vamos a irnos de aquí. Alguien vendrá a rescatarnos y así tú podrás ver a Érica y yo podré disculparme ante Carlos por tener un comportamiento tan infantil - puso los ojos en blanco. Ella se encontraba mucho más tranquila ahora que el hombre había abandonado la planta y por su mente no dejaban de pasar recuerdos bellos y hermosos que le hacían sonreír.

- ¿Al fin decidiste perdonarle?

Cambiar de tema y actuar como si realmente no pasase nada les servía para dejar de preocuparse y estar relajados por un tiempo.

- Si. Me comporté como una lagarta. No recuerdo quien besó a quien pero eso es igual. Iré a su casa y le pediré perdón personalmente.

- ¿Y qué ocurrirá después? ¿Amistad o algo más? - insistió él mientras ella sonreía y cerraba sus ojos.

- Obviamente amistad. No me imagino a Carlos como pareja.

- Yo tampoco me figuré que terminaría con alguien como Érica. La chica más popular y la más hermosa del curso.

Pensar en Érica solo lo entristecía más. Ya le hizo sufrir una vez y no consentiría volver a hacerle más daño.
Jessy lamentaba que el chico del cual estaba secretamente enamorada quisiera a su novia más que nada en este mundo. Iba a decírselo, iba a declararse justo cuando el tema de ella y Carlos salió a la luz pero al darse cuenta de que Coque solo pensaba en su novia, no dijo nada más y de nuevo, lo que sentía por el hermano de Miriam, seguía siendo secreto.

Cuando escuchó el revólver, quiso abrir la puerta con rapidez y ver con sus propios ojos que no le había disparado pero el miedo le paralizó y cuando pudo comprobar que el chico estaba bien e intacto se quitó un gran peso de encima. Ella no se podía imaginar una vida sin su mejor amigo. Le amaba aunque Coque no sintiese lo mismo.







Jessy tembló mientras se abrazaba a si misma. Tenía muchísimo frío y sus labios se estaban secando mientras su rostro emblanquecía.

Coque la contempló e hizo una mueca. No tenía ninguna prenda para abrigarla. Se encogió de hombros y le indicó que se sentara entre sus piernas. Él le abrazó la cintura aportándole calor corporal.
El rostro de Jessy cogió un color rojizo con rapidez y no dudó en colocar sus manos sobre los bíceps de él. Su cuerpo le aportaba calor y el frío desaparecía poco a poco.

Estar pegada a él le complacía y su corazón parecía salirle del pecho.

Los minutos continuaban pasando y la planta continuaba en completo silencio.

                                                               







El hospital era enorme. El ruido de sus tacones resonaba levemente y cada rincón que traspasaba le resultaba completamente idéntico. Tal vez, estaba dando vueltas en círculos y no se había dado ni cuenta pero cuando visualizó el cartel de la UCI supo con seguridad que estaba yendo por el camino correcto y que no estaba completamente perdida.

Mientras caminaba más deprisa, los únicos pensamientos que pasaban por su mente era la posibilidad de que ya fuese muy tarde para su hermano.

Desde que entró en la clínica solo contempló objectos completamente destrozados, sangre fría y fresca y cuerpos totalmente sin vida.

¿Qué ser podría hacer algo así? Asesinar a montones de personas en un lugar público porque se despertó con esa necesidad.

Ella intentaba ser rígida y despreocupada pero el miedo le amenazaba continuamente, sobre todo cuando un extraño sonido llegaba a sus oídos.

¿Existen de verdad personas tan insensibles como estas? Montones de insultos pasaron por la mente de Miriam.

Nada más llegar a la UCI, las puertas mecánicas no se abrieron. Estaban obstruidas por completo.
Miriam suspiró y apoyó ambas manos en los cristales de las puertas haciendo fuerza para que ambas se moviesen y pudiese entrar al fin. Al principio le costó pero finalmente, la puerta cesó y la satisfacción de Miriam comenzó a crecer hasta que presenció a su madre al fondo del pasillo.

Si no era ella resultaba muy parecida. De hecho, tenía sus mismos rasgos.

Miriam cruzó el pasillo teniendo que esquivar unos cuantos cadáveres en su camino.

Luego, alzó la mirada. No pudo evitar observarla con rabia porque ella estaba aquí y este lugar no era seguro para ninguna.

- ¿Qué haces aquí? No deberías estar en este lugar - se cruzó de brazos mientras sermoneaba a su madre.

- Tú tampoco.

Un fuerte ruido provocó que ambas se alarmasen. Lo sabían. Él estaba aquí y no tardaría en descubrirlas. Miriam observó a su madre con cierta inquietud.

- Debemos marcharnos de aquí - musitó en voz muy baja mientras aparentaba estar relajada. Aunque  se engañaba a si misma. Se encontraba totalmente horrorizada y no saber nada de Coque la ponía aún peor.

Susan en cambio, estaba asustaba y no podía esconderlo. Su aura lo trasmitía, sus gestos la delataban y su mente estaba completamente consumida.

- No hay tiempo, está aquí. Tenemos que escondernos

Nada más acabar la frase, Susan atrapó la mano de su hija y ambas corrieron desesperadamente por los pasillos encontrando un buen lugar donde no ser vistas.

Finalmente, Susan se detuvo y pensativa miró el conducto de ventilación que se mantenía en el techo.

- ¿Qué ocurre? ¿Te pasa algo mamá? - susurró Miriam al darse cuenta de que se había parado en el medio del pasillo.

Ella señaló el techo mientras las pisadas eran cada vez más constantes y sonoras. El hombre armado estaba cada vez más cerca de ellas. Si no se daban prisa en poco tiempo, se convertirían en un fiambre.

- Ayúdame a subir.

Y sin más, Susan se subió a la espalda de Miriam agarrándose a su cuello con delicadeza. Con una mano le resultaba imposible deshacerse de la rejilla. Finalmente, su hija pudo sujetarla con sus manos y ella aprovechó para retirarla haciendo un poco de presión.

Alzó un poco el talón de sus pies para facilitarle la subida.

Cuando Susan ya se encontraba dentro de su refugio, tendió ambas manos a Miriam para ayudarle a subir también.

Pero ya era tarde, no tenía tiempo y Miriam lo comprendía porque podía contemplar como un hombre con un revólver en sus manos se manifestaba desde el fondo del pasillo.

Todo ocurría con rapidez.
Miriam tragó saliva mientras su madre insistía en ayudarla. Sus manos se volvieron puños y aunque intentaba por todos los medios ser fuerte hasta el final, una pequeña lágrima se derrumbó por su mejilla. Los ruegos de Susan e intentos por detenerla no surgieron efecto.

- Miriam, no. No te atrevas a dar un paso más - bramó su madre estirando sus brazos y hundiéndose entre sus largos sollozos.

Pero ella no parecía escucharla. Avanzaba por el pasillo afrontando lo que estaba apunto de ocurrir.

El hombre sonrió y solamente un metro de distancia separó a ambos.

La mirada de Miriam se mantenía fija en la de él. Su madre se mantenía observando desde lejos, tapando su boca con su mano derecha mientras las lágrimas le obligaban a ver completamente borroso.








- Vaya, mira a quien tenemos aquí - murmuró el hombre con picardía mientras sonreía de lado caminando en círculos a su alrededor.

- A que esperas para apretar el gatillo - aclaró Miriam pareciendo más una afirmación que una pregunta. Los juegos del asesino no eran necesarios. Eso lograba ponerla aún más de los nervios.

El chico rió y acarició su mejilla con el revólver mientras se quedaba a pocos centímetros de su cara.
Ella volteó su rostro con una mueca preguntándose cuando acabaría todo aquello.

- Veo que hasta te asusta un simple roce. ¿Enserio quieres que te dispare? - murmuró esta vez él poniendo de nuevo el arma justo apuntando su cabeza. Apretó el gatillo provocando que Miriam cerrase los ojos con fuerza.

Volvió a reírse descaradamente y se volteó poniendo los brazos detrás de su nuca.

- ¿Por qué haces esto?

Él volvió a mirarla con una sonrisa muy falsa mientras su madre salía de su escondite y contemplaba como el hombre apuntaba a su hija con un arma. Se apoyó contra la pared mientras sus ojos se humedecían de nuevo.

- Porque los médicos se creen Dios cuando no lo son - volteó sus ojos y se encogió de hombros - Cometieron una negligencia y mi hermana falleció.

- Los pacientes no tenemos culpa de lo que hagan los médicos.

Miriam tragó saliva y el chico cargó su revólver. Esta vez, si apretaba el gatillo todo se esfumaría.

- ¿Quién dice que tú seas una paciente? No llevas puesto el camisón y pareces inteligente - volvió a apuntarle con el arma y meneó su cabeza a un lado haciendo un ruido obsceno. Ella alzó ambas manos y entornó la mirada.


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- Tú tampoco pareces un asesino pero ya ves. Ojalá te caiga la perpetua, no estaré viva para verlo pero lo disfrutaré desde el cielo - susurró bien alto bajando la mirada mientras el hombre se enfurecía.

Y de pronto, el gatillo apretó y el bramido de su madre fue consumido por el sonido de la pistola.

La bala fue a parar directamente en la parte de arriba de su brazo izquierdo. La aceleración de la bala provocó que Miriam perdiese el equilibrio y se diese de bruces contra el suelo.

Apretó su brazo con fuerza sintiendo un dolor indudable mientras todo se volvía inaudible. Apenas podía escuchar con claridad lo que sucedía a su alrededor. Llevó la mano a su rostro secando sus lágrimas y se sorprendió al ver numerosa sangre en la palma de su mano. Se estaba desangrando y probablemente la bala le había perforado el brazo más de la cuenta.



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- Eres un idiota, asqueroso, repugnante... - escupió sus zapatos y le miró asesinamente mientras se retorcía de dolor. Su voz era fuerte y dura - Espero verte en el infierno, no sabes cuanto disfrutaré viéndote sufrir por todo el daño que has hecho a tantas personas inocentes.

Nada más finalizar la frase, otro disparo fue a parar en el otro brazo de Miriam. Ella volvió a retorcerse de dolor y finalmente, quedó recostada sobre el suelo sin fuerza alguna.

- Bien, acabemos con esto de una vez - afirmó colocándose frente a ella y cargando el revólver nuevamente - Despídete de tu vida.

- Hazlo... - susurró con apenas fuerzas para mantener los ojos abiertos mientras lágrimas caían por su rostro.

Y cerró los ojos mientras el hombre se acercaba a ella contemplándola. 

Entonces a su mente llegó Derek, el chico al que amaba y que intentó protegerla desde el minuto cero. Debió hacerle caso. tenía que haberse alejado del hospital y aguardar como el resto para recibir noticias.

- Adiós, zorra - exclamó él con ironía volviendo a apuntarle con el arma aunque ya todo le daba exactamente igual. Sus fuerzas habían desaparecido y comenzaba a ver borroso. Sonrió unos instantes y pensó que era lo mejor para todos. Desaparecer.

- ¡No! - gritó Susan apareciendo de entre la nada e interrumpiendo sus pensamientos.

Ella amaba a su hija y aunque pasaron por unos baches terribles, no quería perderla por nada en el mundo.
Ya había pasado por eso. La desesperación de perder a una persona tan importante en tu vida es gigantesca.

De pronto, un disparo sonó y el dolor se consumió por completo.






Miriam terminó cerrando sus ojos totalmente y el daño desapareció, el silencio comenzó a estenderse por todo el lugar y de pronto, todo se desvaneció.

Unos segundos después, el equipo de policías consiguió entrar y no dudó en atrapar al asesino que reía con fuerza entregando su pistola.

El resto de los policías se distribuyeron por todo el hospital y consiguieron desalojarlo por completo.

Lo que antes era un hospital caótico y completamente agotador se convirtió en un lugar opaco, solitario y escalofriante. Nada volvería a ser lo mismo. Todo cambiaría a partir de ahora y nadie lo podría cambiar.

Jessy y Coque lograron ser atendidos. Casi cogieron una pulmonía debido al frío que inundaba el laboratorio pero lograron rescatarlos a tiempo y por supuesto, le dieron de comer a ambos ya que se mantenían pálidos y sensibles.

Los trasladaron a otro hospital de la zona y los ingresaron en habitaciones contiguas para que descansasen y repusiesen fuerzas.

Mientras tanto, la noticia comenzó a extenderse y las personas más cercanas a los chicos no dudaron en acompañarlos en esta situación tan traumática.

Derek estaba completamente desesperado. Se culpaba así mismo por haberla dejado entrar. La había perdido hace poco y no soportaría volver a perderla pero esta vez, para siempre.

Intentó numerosas veces que le dejasen entrar pero no lo consiguió y eso le angustió aún más y encima, Melanie no dejaba de llamarle para saber en donde se encontraba a estas horas de la noche.





Finalmente, todo se había esfumado. Las palabras cesaron y el tiempo también.