domingo, 20 de diciembre de 2020

(T3) CAPÍTULO 59: LO NUESTRO YA SE FUE

 

 

 Narra Derek:

  Tenía muchísimo temor a lo que pudiese decir Miriam respecto a lo que estaba a punto de confesarle. 

- Tenemos que hablar, Miriam - dije super temeroso, todo mi cuerpo flaqueaba.

Miriam me miró totalmente confundida con ojos de gatito asustado. No tenía muchas esperanzas en que lo que le iba a contar fuese algo bueno y en eso tenía razón, no lo era. Pero al menos, lo sabría por mí y no por terceras personas que además, no le agradaban precisamente.

Decidí ir directo al grano, mientras Miriam no dejaba de moverse totalmente nerviosa e impaciente mientras se mordía el labio inferior y se cruzaba de brazos expectante.

- Mientras lo dejamos, estaba bastante afligido, así que una noche, una chica en un bar me ofreció su compañía. Todo ocurrió muy rápido y acabamos besándonos. No te lo conté antes porque no me sentía bien conmigo mismo, es decir, seguía amándote y no sé exactamente, porqué besé a otra chica que no fueses tú - bajé la mirada avergonzado. Resultaba peor de lo que mi mente había imaginado.

- Después de suplicarme casi de rodillas que te escuchara y que hablásemos las cosas, me dices, ¿qué te enrollaste con otra tia? - puso los ojos en blanco incrédula y dio vueltas completamente nerviosa y algo histérica - Pensé que al romper durante... ¿qué fue una semana? No sé, al menos aguantases sin tener contacto físico con otra chica. Realmente no lo entiendo. Yo te anhelaba, echaba de menos tus besos y tu cariño. Tu compañía y tus ganas de comerte el mundo. ¿Por qué? ¿Por qué no pudiste controlar tu estúpido pene y tuviste que cagarlo todo? - me dio un empujón mientras pequeñas lágrimas comenzaban a brotar por sus mejillas - ¿Crees que demuestras algo así? No, todo lo contrario. ¿De verdad me amas, Derek?

 - Pues claro que te amo, eres lo que más amo en el Universo, siempre lo has sabido. Solo fueron besos y además, habíamos roto. Justo esa noche, estaba completamente sin esperanza, te echaba jodidamente de menos y estaba bajo los efectos del alcohol.

- ¿Pones la típica excusa de estaba bajo los efectos de las drogas? Derek, pensé que era más sensato - giró la cabeza de un lado a otro, completamente decepcionada - ¿Quién fue la chica?

Negué con la cabeza.

- ¿Quién Derek? - dijo cogiéndome de sorpresa por el cuello del abrigo.

- Melanie - murmuré en tono muy bajo inclinando la cabeza de nuevo.

- Eres estúpido de verdad, aún encima con esa zorra la que más daño te hizo en el mundo - gritó aún con más lágrimas en los ojos y de pronto, una bofetada fue directamente a mi rostro y sí, me lo merecía. Finalmente, yo tampoco me sentía agusto y conforme con lo que había hecho. Había sido un jodido error del que me arrepentiría para siempre. 

- Nunca la olvidaste, siempre la quisiste a ella, aún después de toda la mierda que te hizo. Todos los hombres sois idiotas. No os sabéis valorar ni a la persona que de verdad tenéis al lado y os ama con toda su maldita alma. Cuando estuve en coma seguro que también estuviste con ella, ¿verdad?

- No, ella lo intentó. Decía que estabas muerta y siempre le respondía a sus ofensivos comentarios. Nunca pasó nada porque te amaba y te amo, Miriam. Todos cometemos errores, por favor...

- Ya te he escuchado, ya dijiste todo lo que tenías que decir - se sonó los mocos y prosiguió con mirada fría y tono altivo - Me hiciste mucho daño, aunque no estuviéramos juntos, me has demostrado lo que verdaderamente sientes. No soy un puto lío de una noche, he renunciado a muchas cosas por ti, Derek y no, no me merezco esto. No sé si puedo perdonarte, no sé si puedo seguir amándote y sustentando esta relación yo sola. Nunca pondrás de tu parte, nunca...

- Yo también he rechazado cosas por ti, mi gran sueño. Estuviste en coma, me trataste fatal después de lo de tu madre. No me merecía ese desprecio. Sé que estabas mal pero yo solo intentaba apoyarte y reaccionaste así. ¿Crees que fue fácil para mí? Luego, no contaste conmigo para la adopción de Dylan, me lo contaste en el último momento y, ¿soy yo el que no pongo de mi parte? Estoy harto de hacer cosas y que no veas absolutamente nada, estoy harto de ser siempre el culpable de todo y de que tú seas una santa. De afrontar tus meteduras de pata, de llorar por ti, de aguantar tus estupideces de niña inmadura, de cometer un fallo y que me juzgues siempre aunque hiciera muchísimas cosas buenas por ti. Tal vez sea yo el que no quiere que le perdones - dije enfrentándome a ella y dejando todo lo que pienso claro de una vez. Me cansé de ser el chico faldero que debe aceptar todas sus culpas.

- ¿Cómo te atreves? - levantó de nuevo su mano con furia, la alcancé en el aire y la sujeté con fuerza. Al ver, que seguía moviéndose, la acorralé entre la fachada de mi edificio y yo. Nos miramos con furia durante varios segundos.

Luego, nuestras miradas se suavizaron, pasó sus manos por mi cabello y me besó con fuerza. Le seguí el beso introduciendo mi lengua. Ambas juguetearon con pasión. Abrí la puerta de la entrada y dejé a Miriam acostada sobre las escaleras. Continué besándola mientras ella se deshacía de mi camiseta. Le subí la falda con rapidez y ella aprovechó para bajarme los pantalones y sacar a la luz mi miembro erecto. La cogí entre mis brazos y le rompí las tangas tirando de ellas y desprendiéndolas de su cuerpo. No podía aguantar más. Me introduje dentro de ella con fuerza y la embestí durante un largo tiempo. Comenzó a gemir, la besé furtivamente para calmar sus gritos. Su culo rebotaba en mi polla y eso hacía que cada vez me la pusiera más dura. Le subí el top dejando al aire sus preciosos pechos, al contacto, se volvieron tiesos y firmes. Los besé y chupeteé mientras ella seguía gozando y botando sobre mí. Luego, la tomé con fuerza y la puse en la postura del perrito. Se agarró fuertemente al posa-manos y la embestí nuevamente. Seguía gritando fuertemente, le puse la palma de la mano en la boca para callarla.



Sus gritos suavizaron una vez se corrió, luego yo. Se dio la vuelta y se incorporó. Me miró aún entre suspiros de satisfacción y luego, abandonó el lugar sin mirar atrás. Diez minutos, diez putos minutos haciendo el amor. 

Demostrándole que aún la amaba por encima de todo.




Narra Lola:

 Llamé a la puerta desesperadamente. Era de noche y hacía un frío terrible. Aún no me acostumbraba al invierno por lo que llevaba pantalones cortos y una camiseta de tirantes por debajo de la cazadora. 

La puerta se abrió ante mí y él se asomó sorprendido.

- ¡Lola! ¿Qué haces aquí a estas horas? 

- ¿Puedo quedarme aquí esta noche? 

- Mmm... Claro. ¿Qué sucede? - preguntó preocupado dejándome sitio para entrar viendo que intentaba arroparme con los brazos del frío que tenía.

- He tenido pesadillas y no soy capaz de dormir. Me siento muy sola en mi apartamento - murmuré con la voz entrecortada.

 

 

- No te preocupes, puedes quedarte aquí el tiempo que desees - me sonrió y cuando parecía que iba apoyar su mano en mi hombro, la retiró con cautela - Vente - comenzó a subir las escaleras.

Como no, me sabía el camino hasta su habitación. 

Una vez dentro me sorprendí al ver que todo seguía igual. El cuarto muy desordenado (aunque menos de lo habitual), luz en abundancia, calzonillos por los alrededores, habitación acogedora y música relajante de fondo. Muy Henry.

- ¿Te traigo algo de beber?

- Un café descafeinado - susurré sentándome en su cama.

- Ahora mismo vuelvo, métete en mi cama o te helarás - dijo con preocupación desapareciendo por la puerta y cerrándola a su paso.

Pero no le hice caso. Salí de su cuarto y exploré la zona. El baño seguía idéntico. Sus padres como siempre no estaban y su hermano... Parece que tampoco. Su habitación se encontraba abierta de par en par y no se podía ver a nadie en su interior, ni siquiera una mínima sombra. Henry estaba solo en casa pero a diferencia de mí, lo llevaba bastante bien. Decidí regresar a la habitación, antes de que Henry volviese y me tomase por una cotilla o se preocupase de mi ausencia. 

Me arropé con sus mantas bien, solo se me veían los ojos y comencé a olerlas. Era totalmente el olor corporal de Henry y me encantaba. Echaba de menos esto. Su habitación, sus cafés, su compañía y su olor. Pero no era un buen momento estar juntos después de todo lo que había pasado, aunque lo desease con fuerzas y creo que él también. Me salvó la vida a mi parecer. A saber, que haría ese tipo después de violarme. Matarme para que no dijese nada supongo o a saber qué. Secuestrarme.


Henry regresó con dos cafés y una estufa portátil. Me cedió el café con cariño y nuestras manos se rozaron. Se disculpó mientras los colores se presentaban en sus mejillas. Se volteó para poner la estufa y con los nervios, se tropezó con el clave. Sigue siendo el mismo torpe de siempre. Procuré no reírme de él. 

- Bueno, pienso que así no tendrás frío, si necesitas algo estaré abajo, ¿vale? - dijo mientras se dirigía a la puerta.

- Espera, si te vas no lograré dormir - mencioné sentándome como un indio en la cama y con tono de voz tenue.

Me miró perplejo, no se lo esperaba en absoluto.

- ¿Puedes dormir conmigo? A mi lado... - aclaré segundos después mientras me hacía a un lado dejándole sitio. En una cama pequeña como esta sería imposible no rozarnos, aunque eso me asustaba mucho, necesitaba descansar bien y el miedo que me invadía no me dejaría en absoluto. Necesitaba, sentirme protegida.

 - Claro - sonrió nervioso y se echó a mi lado. Llevaba puesto un pantalón de cuadros azules de pijama y arriba una camiseta de lycra gris. Rara combinación aunque se le marcaban los pectorales.

Nos quedamos echados uno mirando al otro, era extraño. Durante unos minutos no dijimos nada, hasta que él interrumpió el silencio tan incómodo.

- ¿Cómo estás? No hace tanto frío ahora.

- Estoy bien, gracias - le dediqué una pequeña mueca a modo de sonrisa. Se le iluminaron los ojos de sorpresa. Intenté cerrar los ojos y descansar. Volví a abrirlos a los pocos segundos y Henry se encontraba mirándome muy fijamente. Al coincidir nuestras miradas, la apartó y cerró los ojos. Sonreí, esta vez sin forzarlo.

Poco a poco fui desplazando mi mano más cerca de la suya. Aún tenía la chaqueta puesta pero daba igual. Le agarré de la mano con fuerza y este me correspondió. Ambos nos miramos al mismo tiempo.

- Vaya, esto si que no me lo esperaba.

- Gracias por cuidarme siempre - murmuré cohibida. Esta vez la tímida y colorada era yo.

- Es un placer, además me sale natural. Alguien a quien amas... - cesó de hablar de repente y bajó la mirada.

Sí, yo también seguía amándote Henry pero no era posible estar juntos, al menos ahora mismo no.

Me acerqué más a él, este palideció cuando recorrí su cuerpo con la mirada. Tragó saliva mientras acariciaba todo su brazo abriéndome paso a su pecho. Apoyé mi cabeza en su pecho y pude sentir como su corazón latía con fuerza. Mi mano sobrante la deposité al otro lado de su pecho. Al poco tiempo, él pudo responder. Se acercó y me besó la cabeza y a continuación, pasó ambas manos por mi cuerpo abrazándome con fuerza.

- Siempre me tendrás, pase lo que pase. Estoy aquí para cuidarte.

Y me envolví aún más entre sus brazos mientras mis ojos comenzaban a cerrarse. Ya no tenía miedo. Estaba en el lugar donde siempre me gustaba estar y me sentía la chica más protegida del mundo.

- Te quiero - pensé en alto. 



 

 Pero no obtuve respuesta. 





Narra Jessy:

Las líneas comenzaban a volverse borrosas. Llevaba 2 horas trabajando en Economía. No podía más. 

Necesitaba un respiro porque la sonrisa ya la tenía dibujada por ese tio.

Me tumbé en la cama sosteniendo aún el bolígrafo entre mis manos.

Comencé a darle vueltas a él y a mi cabeza.

Llegó y me besó. Entonces, el boli cesó de girar y se paró en un instante.

Dos meses interminables pensando en él y ahora que había vuelto, seguía comiéndome la cabeza.

Maldita sea. Así era imposible concentrarme. Me di la vuelta y abracé un cojín rojo. Rojo como mi corazón cuando latía por él.

Mierda, mi imaginación superaba a la ficción. No podía dejar de pensar en sus labios sobre mí la noche anterior.

Escuché un portazo y desperté de mi imaginación. Él entró en escena de la peli que me estaba montando en la cabeza. 

- ¿Quieres Vodka? - dijo coqueteando con la pelota y una sonrisa tonta. 

- Sí, si claro. Obvio - respondí al momento sin pensar mientras fruncía el ceño asombrada.

Casi al mismo tiempo que respondía, ya estaba abandonando la habitación.

No me dio tiempo a pensar. Apareció por la puerta con una sonrisa picaresca y la botella ligeramente empezada en la mano.

Se sentó a mi vera y comenzó a servirme.

Le agarré la botella de las manos mientras me mordía el labio y decía con una voz sensual.


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- Déjame a mí, ya me sirvo yo.

No respondió, solo me sonrió de la misma forma que hacía un instante. Me derretí completamente.

Sacó el celular del bolsillo y comenzó a sonar su canción. Ahora era nuestra canción.




Comenzó a reproducirse el videoclip de la canción. Instintivamente, me acerqué más a él. Le miré fijamente, sin decir palabra pero diciéndolo todo. Extendí mis manos y comencé a acariciarlo. A comerlo con la mirada. 

A no dejarle decir ni una sola palabra. Tenía mucho que decirle después de tanto tiempo y lo quería todo para mí. Quería tener toda su atención sobre mí. Entonces, me puse sobre él y dije:

- ¿Y ahora qué? 

Entonces respondió sin titubeos.

- Cállate y bebe idiota - intervino cogiendo la copa en la mano.

Me quedé perpleja pero repetí su gesto y bebí un sorbo largo.

De repente, me agarró por la cintura y me atrajo a sus labios. ¡Sí! Esto era lo que quería.

Absorbí el Vodka de sus labios como si interpretase que fuera la última vez que lo viese.

Me agarró del trasero y justo en ese momento, la canción cesó y un anuncio sobre bebés comenzó a resonar.

Me asusté y me abalancé sobre sus brazos. Caímos los dos precipitadamente sobre la cama y comenzamos a descojonarnos al escuchar el llanto del niño pequeño de la publicidad.

Nuestras miradas se detuvieron fijamente.

Comenzó a sonar una canción lenta y nuestros corazones hablaron por sí solos. Contemplé la ventana, la luz de la Luna deslumbraba nuestros cuerpos. Recordé que tenía un pijama de ositos puesto y me sonrojé por completo. 


- Es perfecto - suscité bajo una pequeña sonrisa.

- ¿Cómo? - respondió él con sorpresa.

- Mierda, lo dije en alto - volví a reírme. ¡Oh, joder! Estaba muy enamorada de él y de este momento. De nuestro momento.

- Todo es perfecto si estás tú.

Giré la cabeza. ¿De verdad acababa de decir eso? No podía creérmelo. Éramos igual de ñoños. Habíamos pensado lo mismo.

Estaba eufórica, imnotizada, apegada a él por un magnetismo que no alcanzaba a entender pero podía ver en él. Solo en su piel, era suave, delicada y ruda a la vez. Tenía ese algo que me enamoró la primera vez que lo toqué en el salón. Recuerdo que me abrió la puerta y ahora lo hacia hacía su corazón. ¡Qué demonios, sus latidos marcaban el ritmo del camino que estábamos a punto de recorrer juntos.

Y se entrelazaron otra vez nuestras manos. Estaba en casa, ahora sí. Asentí y él pareció contestarme con una sonrisa y un meneo de cejas que me volvía loca.

Me bajó de la nube violentamente preguntándome por el colgante. Se me hundió el pecho y llenó de recuerdos. No tuve que hacer memoria para recordar dónde se hallaba guardado mi talismán. Lentamente, me deslicé entre sus brazos hacia el cajón de la mesita. Abrí el cajón de los recuerdos, abalancé la mano sobre el mismo con los ojos cerrados y sustraje la mitad que le pertenecía de aquella joya que con orgullo y entusiasmo acerqué a mi pecho. Lo miré y antes de que pudiese balbucear una palabra la otra mitad ya estaba sobre su pecho... 


Entonces se aventuró a confesarme sus miedos que le atormentaban en su estancia en la remota Cuba. Hechos que justificaban mis innumerables noches en vela. Todo encajaba poco a poco hasta que nuestros corazones rotos encajaron de nuevo.

Sin esperármelo, se levantó y salió por la misma puerta por la que había entrado llendo hacia las escaleras.

Mi pecho dio un vuelco y en un impulso me vi persiguiéndolo escaleras abajo apresuradamente. Lo detuve sin miramientos agarrándolo bruscamente del hombro y le eché el dedo.


 - Vuelve a quererme - dije ferazmente.

- Nunca dejé de hacerlo - confesó desde el hondo de su alma.

Esas palabras resonaron el resto de la noche en mi mente.

 

 

 

Narra Carlos:

 Al abrir los ojos, un olor poco familiar se extendió por mis fosas nasales. Tenía un toque amargo, casi cítrico que acompañaba al olor floral que inundaba la habitación. 

Pude observar que era de noche por la oscura y tenebrosa ventana. Miré bajo las mantas, me encontraba completamente desnudo y con un dolor de cabeza muy resonante. Me llevé la mano a ella maldiciendo a todas las personas que se me pasaron por la cabeza en aquel momento.

 Me erguí estirándome y aproveché para mirar la hora. Eran las 3 de la madrugada, no sé como me había despertado tan pronto y más aún, después de beber. Era un remolón en estos casos.

Al girarme para coger el pantalón de pijama de mi escritorio, se encontraron unos ojos abiertos y muy graciosos mirándome fijamente y más tarde, a mi entrepierna. Unas mejillas se sonrojaron e intenté no mostrar mi sorpresa. Que chica más linda.

Su cabello rosa le caía en cascada por los hombros, lo tenía más largo de lo que me parecía. Recordé algún momento de la noche anterior, se dibujó una sonrisa en mi rostro y la cabeza de abajo se puso en marcha por sí sola. 

¡Upps! Desde que la había visto entrar en aquella discoteca, no había podido dejar de mirarla ni un solo segundo. Me parecía tan hermosa y torpe. Además, sus ojos trasmitían sinceridad y su boca...

¡Deja de pensar en eso, Carlos! ¡Estás desnudo ante ella, porras!

Me vestí con rápidez, ignorando su atenta mirada. Hizo un gruñido que no supe interpretar concretamente.

- Dime.

Fue lo único que salió de mi boca, tras volver a cruzar nuestras miradas.

- ¿Me pasas ropa? - susurró con la voz entrecortada y con cierta timidez. Sus mejillas se tiñieron más y más de rojo. Parecía caperucita rosa.

- Claro - dije saliendo de mi burbuja de pensamientos y volviendo a la realidad. 

Fui tan idiota, que le pasé una camiseta mía. Eso empeoró la situación y a pesar, de que me miró fatal, se vistió igualmente con ella. Se irguió y se quedó parada frente a mí con los brazos cruzados. 

- ¿Cómo debo interpretar ese gesto? - dije señalando sus brazos con una sonrisa boba mientras mis ojos bajaban por su cuerpo semidesnudo.

- Hora de desayunar, ¿no? ¿Qué hora es? - respondió caminando por la habitación en busca de un reloj.

- Son las 3 - la interrumpí - de la madrugada.

- ¿Aún? ¿Por qué te levantaste entonces?

- ¿Acaso no puedo levantarme? Espera, ¿estabas despierta? - me sorprendí mirando mi móvil que había cogido antes entre las manos.

- Desperté cuando noté tus movimientos. ¿Comemos algo?

A esta chica le gustaba mucho cambiar de tema de conversación y además, era insistente, me gustaba.

- ¿Por qué no? Vente monada.

- ¿Monada? ¿Perdona? - dijo siguiéndome mientras hacía una mueca muy risueña y se colgaba de mi cuello dificultándome el paso. 

- ¿Acaso no lo eres?

- Demasiada confianza.

Me volteé quedando a unos palmos de ella. Aún seguía rodeándome el cuello con los brazos. Sentí su respiración agitándose mientras no dejaba de mirarme los labios. Tras unos segundos sin respuesta por si parte, chafó el momento tomando distancia.

¡Ooh, no no no! De eso nada, monada. 

La agarré de la cintura asombrándola y le besé apasionadamente en los labios. Me agarró fuerte del cabello mientras entrometía mis manos bajo su camiseta. Es decir, mi camiseta.

Gimió en mi oreja y más tarde, noté pequeños mordisquitos en ella que me pusieron los pelos de punta. Acaricié sus pechos deleitándome con la sensación pero no podía aguantar más. La cogí en mis brazos y llevándola sobre mi espalda bien sujeta, caminé con ella hacia la cama y la arrojé en ella como pude. 

Sus mejillas ardían de deseo y parecía que en cualquier momento, se rajaría el labio de tanto morderlo.

Me coloqué sobre ella, me dió permiso abriéndose de piernas y riéndose como una nena con un juguete nuevo.

Mis manos precipitaron sobre sus hermosas caderas. Me deshicé con rapidez de su ropa interior con los dientes. Acaricié sus piernas subiendo cada vez más a su zona genital. Sus gemidos subían de tono a cada palmo que me acercaba. No podía aguantar más y yo tampoco. Quería saborear hasta el último rincón de su piel. Comencé a lamer en círculos mientras ella perdía el control de sus movimientos. Se quitó la camiseta de un tirón. Aproveché para subir mis manos por su torso mientras seguía saboreándola.

Me cogió por sorpresa agarrándome del miembro y acercándome a ella. Le di acceso y me bajó los pantalones.

La pasión que ambos teníamos encima, se unió formando una aura de plena sensualidad. 

De repente, se nos quitó el hambre, la sed y la resaca. También la vergüenza, estábamos explorándonos el uno al otro, y eso es lo que de verdad importaba.



Se escuchó un fuerte grito, mis caderas se movieron.

Estaba dentro de ella, por tercera vez esta noche.

Y joder, las que quedaban. 

La monada de Betsy no dejaba de mirarme con ojos brillantes.

A mí, también me gustaba lo que veía.

 



 

 

 

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