viernes, 8 de abril de 2016

(T2) CAPÍTULO 34: JUNTOS SEGUIREMOS EL COMPÁS





DÍA: 25 DE AGOSTO

















Narra Carlos:





Los días pasaban y seguía sin recibir noticias de Jessy.
Decidí enviarle numerosos mensajes pero ella no me respondía, ciertamente me ignoraba.

Necesitaba hablar con ella, fuese como fuese. No entiendía porqué le había besado o ella a mi... No recordaba muy bien los acontecimientos. Solo sabía que necesitaba que me cogiese el puto teléfono y no me rendiría hasta que lo hiciera.

Tal vez, esté avergonzada.
Me senté en el sofá y decidí telefonearla por última vez. Ni que fuera tan malo un simple beso. ¿Acaso eso significó algo?

Solo estábamos de coña y no creo que fuera importante pero tal vez si lo fuese para ella.

Fui a la terraza, apoyé mis manos sobre el bordillo de la misma y aguardé con el móvil pegado a la oreja a que me respondiese.

El aire me sentaba estupendamente bien, la tarde pasaba con tranquilidad y el sol estaba escondido entre las nubes. Aún así, hacia un muy buen día.

El contestador sonó de nuevo.

Ladeé la cabeza.

- Jess, estoy hasta los cojones de que no me cojas el puto teléfono. Tenemos que hablar. Llámame de un jodida vez y deja de esconderte. ¡Ni que fueras una niña pequeña!

El enfado se había apoderado de mi. Dejé aquel mensaje en su contestador y lancé el móvil por el balcón mientras la sangre fluía cada vez con más fuerza por mi cuerpo.

- ¡Mierda, joder! - grité a los cuatro vientos como si a alguien le interesase escucharme.

- No te sulfores, tio. El móvil no tiene la puñetera culpa de que no te cojan las llamadas - susurró David entrando justamente en aquel momento.

Le miré de reojo sin darle mucha inportancia y dejé caer mi cabeza a la medida de mis hombros.

- ¿Cuánto tiempo llevas ahí? ¿Quién eres ahora? ¿El puto Watson? - refunfuñé sin aguantarme las ganas.

- El suficiente. En todo caso sería Sherlock Homes. Ya sabes que yo apuesto por todo lo alto, querido amigo - sonrió acoplándose a mi lado.

Le asesiné con la mirada. Está claro que venirse de vacaciones con estos cuatro pendejos había sido una idea horrorosa. Y pensar que ayer habían vuelto Blas y David de sus "vacaciones"... No hay quien los aguante.

- Chao, David.

Me dirigí a la salida mientras mi humor seguía empeorando por momentos.

- ¡Eh! ¡Quieto parao! - murmuró mientras sacaba una cajita de JB del bolsillo de su pantalón.

- ¿Qué coño quieres? - me volví poniendo los ojos en blanco.

- ¿Quién es esa chica que pasa de ti? - preguntó interesado.

- No sé de que me estás hablando.

Tragué saliva. ¿Cómo lo había descubierto? Estoy comenzando a pensar que lo de leer las mentes si existe.

- Vamos, tio. Sé lo que es sufrir un mal de amores. Pasar horas y más horas orándole al móvil para que sonase y fuese ella. Puedes contármelo, ni que fuese tan vergonzoso - rió flojo encendiendo un cigarro y se lo llevó a los labios dándole una pequeña calada.
Tragó el humo y finalmente, lo expulsó por la nariz y volvió a repetirlo como si fuese sincronizadamente.

Suspiré hondo. Hacía años y años que había dejado de latar. Fui fuerte y conseguí salir de la adicción a la nicotina, me costó lo suyo pero llevo limpio desde los 19 años.

Aquel olor resultaba muy tentador. David no sabía que yo era un ex-fumador y por eso le importaba lo más mínimo lo que pensara sobre lo de fumar en el apartamento.

- Bueno... Nos besamos y ella ahora me ignora. Supongo que tengo que entender que ella no quiere nada de mi aunque a mi me gustaría hablar las cosas. Sinceramente... - susurré manteniéndome lo más alejado posible de él.

- Si de verdad le importas, responderá a tus llamadas. Esa es la primera lei de supervivencia, tio. Estaría bien sacar un hueco en mi agenda para darte clases sobre esto - rió observando las vistas mientras apagaba el cigarro y dejaba las colillas en una de las macetas que adornaba el balcón.

- Si, claro. Por cierto, limpia eso, puto cerdo asqueroso - mencioné antes de volver a entrar en el interior del edificio.

- Sabía que tú antiguo yo aún seguía dentro, hermano - aclaró orgulloso justo antes de esfumarme de su vista.

Al entrar en la cocina, pude comprobar como una chica bastante ligera de ropa se dedicaba a desordenar los armarios de la cocina.

Estaba de espaldas y parecía bastante interesada y concentrada en lo que hacía.
Tenía el pelo rubio y este se mantenía envuelto en un moño despeinado. Se notaba que lo había echo a las prisas.
Una camisa demasiado corta para mi gusto cubría su torso aunque no sus lindas tangas que al estirarse se podían observar con claridad.

Al ver que no notaba mi presencia, me crucé de brazos apoyándome en la puerta de la cocina y tosí grave y notorio. Estaba claro que se notaba lo forzado que había sido.

Esta se dio la vuelta sobre sus pies terriblemente descalzos. Me fijé en sus ojos tiernos y de color miel.
Estaba extremadamente delgada, podría casi decirse que era anoréxica. Sus labios estaban ligeramente pintados de un tono rojo y sus pestañas eran largas y finas debido al rímel que las cubría.

Se puso durante unos segundos de puntillas y vi como sus coloretes se cubrían de un color cobrizo.

- Perdona... Me entró el hambre y... - cogió una caja de cereales y comenzó a comerlos con una sonrisa floja y encogiéndose de hombros.

- Que más da - me senté en una silla de la cocina y me serví una cerveza fría del frigorífico.

Ella me observaba por encima de la caja de cereales. Sus ojos eran tiernos y acaramelados.







Se sentó no muy lejos de mi y cruzó sus piernas. Bajé la mirada por unos segundos e intenté sonreírle no por mucho tiempo.

- ¿A quién te tiraste? ¿A David...? - pregunté bebiendo un sorbo gordo de la botella.

Ella rió mostrando sus ojuelos y se toqueteó el cabello liberándolo y zarandeándolo al viento.

- Brais - aclaró levantándose y extendiendo su mano derecha. Me robó la cerveza de las manos y dio un largo sorbo.
Al terminar, se relamió los labios sin apartar sus ojos de los míos.
Aparté la mirada al poco tiempo y esta me devolvió la cerveza dándose la vuelta y dirigiéndose a la otra punta de la cocina.

- Dirás Blas - corregí jugueteando con el abridor.

- Que más da. Ambos tienen polla. Eso es lo que importa - me guiñó el ojo y se acomodó la camisa. El pelo caía con lentitud sobre su espalda. Parecía muy sedoso y brillaba como nunca nadie lo había visto.

- Si, pero está claro que Blas nunca la tendrá tan grande como la mía - solté de golpe. Ella arqueó las cejas.

- ¿Acaso se la viste alguna vez? - se apoyó sobre la mesa y me miró fijamente. Bajé la mirada a su escote y bebí otro sorbo. Incliné la cabeza.

- No, eso se nota a simple vista, querida.

Necesitaba esto, juguetear de esa forma. Hacía muchísimo tiempo que no flirteaba de ninguna forma con alguna mujer y realmente lo echaba de menos.

Jessy se fue volando de mi mente en un abrir y cerrar de ojos. Eso me hizo sonreír.

- Mmm... Me gustaría comprobarlo - susurró ella poniéndose a mi altura y mirándome con deseo.

- Cuando quieras, Rubita.

La chica de irguió y comenzó a mover las caderas muy sensualmente para provocarme. No podía evitar morderme el labio. Esta me miró con cara de pillina y dejó caer la camisa. Esta resbaló por su cuerpo cayendo sobre el suelo.

- Me voy a dar una ducha. Dejaré la puerta abierta por si las moscas - me guiñó un ojo y salió disparada hacia la ducha.




Sonreí y bebí el último sorbo de cerveza que quedaba en el fondo. Reí y a paso ligero la seguí. Ella se encontraba asomada en la puerta observándome mientras se mordisqueaba los nudillos. Nada más llegar, me cogió por el trasero y me condució al interior del baño.

Puse el pestillo a la puerta y ambos nos envolvimos en numerosos morreos con lengua.














Narra Érica:






- Veo que se acuerda de mi - exclamé sentándome en un cómodo asiento de la consulta - Sé que teníamos cita para mucho antes pero tuve algunos problemillas. Lo siento.

- No se preocupe. Hace tiempo que no venías Érica. Bien, ¿un chequeo completo o la revisión de siempre? - preguntó la doctora Harren.

- No, esta vez no. Verá... Hace unos días me encontraba mal y al ver que no había mejoría decidí ir al médico. Me dijo que podía estar embarazada y me hice un test de embarazo para salir de dudas. Lo tengo en el bolso - expliqué registrando mi bolsito. Le entregué el test y ella lo cogió entre sus manos y comenzó a mirarlo con curiosidad - Sé que estas cosas suelen fallar por eso decidí venir.

- Has hecho bien. Te haré una revisión y una ecografía. Así desvelaremos el gran misterio - me sonrió devolviéndome la prueba.

Comenzó a explorarme y hacerme numerosas pruebas. Llegó la hora de la eco.

Me puse cómoda y aguardé a que la doctora prosiguiese.

Esta me dijo que me tranquilizase y me aporto ánimos. Me tumbé sobre la camilla. Harren me echó un líquido bastante grueso sobre la barriga. Según ella era un gel para ayudar a que el ultrasonido saliera bien.

Era como gelatina transparente, si, esta que toman las obsesionadas con su peso.

- Vale, vas a sentir un poco de frío pero es normal. No te preocupes - me tranquilizó asintiendo con la cabeza.

Asentí nerviosa mientras Harren lo esparcía por mi barriga. Era cierto, sentía frío aunque tampoco era inaguantable.

La doctora observó detenidamente la pantalla. Frunció el ceño y continuó buscando. Su expresión cambió al dar con lo que estaba buscando.

- ¡Aquí está! ¿Ves esa cosita tan pequeña que casi no ve? Es tu bebé - sonrió más intusiasmada que yo.

- O sea que es verdad. Estoy embarazada - dije más para mi misma.

- Si. ¡Enhorabuena! Tienes un precioso bebé especialmente sano - animó emocionada. Se notaba que le encantaban los niños.
Yo no compartía su intusiasmo, desgraciadamente no me hacia la más mínima ilusión. Al ver mi expresión, su sonrisa se borró de su rostro - ¿No es un hijo deseado?

Me sorprendí ante su pregunta. ¿Lo era? Tal vez no, aunque no sabía lo que diría exactamente Coque.
Coque... Hice una mueca y la miré fijamente.

- Es que... Ha venido en un mal momento, solo eso - sonreí forzosamente.

Ella bajó la mirada y tomó apuntes en su pequeña libreta.

Mientras tanto, observé detenidamente la pantalla que me había señalado hace apenas unos minutos. Incliné la cabeza y miré detenidamente aquel punto deforme que mostraba la pantalla.

Sonreí unos segundos. Pensar que eso se convertiría en un enorme bebé de por lo menos dos kilos y medio.

- Es muy pequeño - susurré sin apartar la mirada de él.

- Si, aún tiene pocas semanas - mencionó Harren.

- ¿Es niño o niña? - me interesé cambiando de tema.

- De momento no podemos saberlo. Aún necesita desarrollarse un poco más. Según mis cuentas en más o menos dos meses sabremos algo.

- ¿Cuántas semanas dijiste que tenía? - tragué saliva nerviosa. Dependiendo de su respuesta tal vez me aclarara quien estaba más cerca de ser el padre.

- Unas tres o cuatro semanas - soltó recogiendo los aparatos y ayudándome a sentarme de nuevo - Bien, necesitas mucho reposo. Sobre todo en los primeros meses. También debes alimentarte bien y ante cualquier problema no dudes en acudir a mi. Nada de alcohol, ni diversas drogas. Pueden perjudicar la
salud del bebé gravemente. Y nada de relaciones sexuales, estás castigada durante una temporada. Vete haciendo a la idea. No quiero asustarte, cada día llegan más y más pacientes a la clínica. Algunas reaccionan de mala manera y en cambio otra se onorgullecen de ello. Todas sienten miedo, no te avergüences por hacerlo. Es normal, es tu primera vez - intentó tranquilizarme mientras tomaba asiento y me recetaba un medicamento para las náuseas.

- No es por el bebé... Es... Por el padre. No sé quien es el padre - me encogí de hombros haciéndome la inocente.

Ella me observó como si ya lo hubiese escuchado millones de veces.

- Eres muy joven, Érica y no pienso meterme en tu vida. Te daré algunas opciones por si quieres saber quien es el padre del bebé. Me imagino que habrás pensando en si has usado protección en todas las relaciones que has tenido, supongo que también has calculado los días...
La opción más fiable es un análisis de sangre. Aunque es recomendable básicamente por el bebé que se haga cuando el nazca. Luego, también está la prueba de ADN, tendrías que traerme un objeto personal de esa persona y nosotros mismos nos encargaríamos del resto. Es una prueba poco común que cada vez se esta extendiendo más y más. Tienes varias opciones.

Le miré pestañeando numerosas veces. La prueba de ADN sonaba muy bien. No pensaba decirle nada ni a Coque ni a Henry. Solo tenía que dar con un utensilio que tuviese el ADN de uno de ellos. Sería más fácil cogérselo a Coque, aunque... Tenía que pensar el como.

- ¿Y valdría cualquier utensilio que el utilizase? - pregunté mientras mi mente no dejaba de dar más y más vueltas

- Si... Por ejemplo, su cepillo de dientes, una muestra de su saliva, la hoja de una de sus cuchillas de afeitar... Cualquier objecto - explicó creando el informe.

Guardé mis cosas en el bolso y me acomodé en la silla.

- Está bien. ¿Cuánto tardarían en salir los resultados? - pregunté esperanzada. Aún había alguna oportunidad. Podría dejarlas cosas como estaban y decirle a Coque que el bebé era suyo pero la curiosidad me mataba por dentro.
Necesitaba saberlo, fuese como fuese.

- Como mínimo unos quince días ya que tienen que pasar por el laboratorio y demás.

- Pagaré todo lo que haga falta. Le traeré lo antes posible algo que pertenezca a uno de los... Bueno... - me rasqué la nuca sin saber como explicarlo. Supongo que era más difícil de lo que pensaba.

- Vale. Te daré cita para dentro de unas tres semanas. Será la primera revisión y también la más importante - me explicó apuntando las fechas en su ordenador. Tecleaba a la velocidad de la luz.

- Bien, gracias por todo doctora - me despedí tendiéndole la mano.

- Un momento, antes de que te vayas... Toma - me entregó una pequeña fotografía. La miré extrañada - Tranquila - soltó una risita floja y yo cogí la foto - Es la eco que te acabo de hacer. Pensé que te gustaría tener un recuerdo del bebé. A las madres les entusiasma muchísimo.






Me sonrió. Lo miré detenidamente y luego levanté la mirada con una amplia sonrisa.

- Gracias, Harren.

Supongo que a Coque le haría ilusión o tal vez no, a lo mejor querría matarme.

Recibí una llamada. Era un número desconocido. Lo cogí igualmente y aguardé a que el de la otra línea contestase.

- Hola, Érica. Soy la hermana de Coque. Quería invitarte mañana a tomar un café. ¿Te apetece? - insistió.

No tuve ni que pensármelo. Era la oportunidad perfecta para buscar un objecto de Coque y así poder realizar las pruebas.

- Por supuesto. Me alegra que te acordaras de mi.

- Verás... Ya que vas a ser mi cuñada supongo que tengo que empezar a conocerte mejor - se explicó con voz nerviosa.

- Buena idea. Por cierto, ¿se sabe algo de Coque? Estuve ayer en el hospital pero me dijeron que aún no había despertado - fruncí el ceño buscando una respuesta.

- Estuve esta tarde haciéndole compañía. Aún no ha despertado. Es preocupante, los médicos ya se están planteando que no va a despertar - anunció bajando su tono de voz y tragando gordo.

- Oh... La verdad es que si. Aunque yo sigo sin perder la esperanza - respondí sonriendo forzosamente.


















Narra Jessy:





Ya era demasiado tarde. Odiaba los turnos de noches y sobre todo siendo mi primer día.

Todo pasaba con rapidez, o lo hacías rápidamente o estabas fuera. Cuando cogías el ritmo todo parecía más fácil.
- ¡Eh tú! ¡La nueva! Atiende al de la mesa catorce. Luego te vas - mandó la jefa marchándose a la barra.

Si, no tenía muy buen genio y era demasiado mandona. Si no hacías lo que ella decía estabas acabado.

Aunque pareciese un trabajo complicado o demasiado complejo, era aún el primer día y como suelen decir, mañana iría mejor.

Cogí mi libreta pequeña y fui a paso ligero hacia la mesa. Lau se puso en mi camino de golpe.

- Oye, yo ya terminé. ¿Me esperas y celebramos tu primer día con unas cervezas y un poco de tequila? - propuso sonriendo como siempre solía hacer y acicalándose el pelo numerosas veces.

- Claro, gracias Lau.

Seguí mi camino y me situé frente a la mesa.

- ¡Hola! ¡Buenas noches! ¿Qué le apetece tomar? - exclamé alegremente. Aunque se notase muy forzoso, no podía hacer que fuese más creíble.

El cliente en cuestión era un chico joven, de cabello rubio muy teñido. No pude ver más, sus manos le tapaban el rostro. Parecía agotado, triste... Me limité a mirar la libreta con cuidado de no cagarla por esta noche.

- Lo más fuerte que tengas. Me acaban de echar de la discoteca del frente - comenzó a reírse y alzó la mirada.

Mierda, me encontré con sus ojos verdes claro que iluminaban con ternura. Era difícil no distinguirlos, eses ojos eran especiales.

Tenía las pupilas dilatadas y los ojos bastante rojos. Se notaba el olor a alcohol. Estaba borracho y parecía que iba a desplomarse en cualquier momento.

Me situé frente a él con ojos lagrimosos y le miré fijamente.

- Carlos, ¿qué has...? ¿Por qué te haces esto? - le observé con pena y tristeza a la vez. No me gustaba verle así.

- Porque es mi puta vida y puedo hacer lo que quiera con ella - susurró alzando la mirada. Cada vez resultaba más difícil entender sus palabras y cuanto más me acercaba a él más insoportable era el olor que desprendía el alcohol.

- Oye, tenemos que hablar...

- Yo no tengo nada de que hablar contigo. Vete a comerle el coco a Coque un rato. Oh, espera, es cierto. Está... Muerto - soltó entre risas y ladeando la cabeza mientras bebía otro sorbo del tequila que tenía sobre la mesa.

- ¿Sabes qué? Tienes razón, no tengo nada de que hablar contigo. Ni siquiera te conozco - alcé la voz y le hablé entre dientes.

Me volteé y me dirigí a la salida después de cambiarme.

¿Quién se creía que era para decirme esas cosas? ¿Eso es lo que piensa de todo esto? Dicen que cuando estas borracho cuentas todas las verdades, te sinceras ante el mundo. La verdad es que parecía bastante seguro en sus palabras.




- Tia, ¿qué coño estabas haciendo? Tardaste mucho. Venga, el resto nos espera - me sorprendió Lau cogiéndome del brazo.

Lo que menos me apetecía ahora mismo era irme de fiesta. Solo me apetecía irme a casa y tomarme una buena taza de leche caliente.















Narra Dani:






Hoy tocaba ensayo y Carlos no había venido. Todos andábamos perdidos, con la mente en otro planeta.

David y Carlos eran los que normalmente componían. Blas tuvo que ayudarle esta vez mientras Álvaro y yo probábamos las voces y los tonos. Magí no dejaba de echarnos la bronca, según él deberíamos de centrarnos más.

Al llegar a casa, todos estábamos rendidos y nos sorprendimos al ver a Carlos tumbado en el sofá con una copa de tequila en las manos.

Lo que más nos sorprendió fue que estuviera bebiendo a las dos de la mañana.

- ¡No jodas! ¿Estás así por la tia esa? Ni que fuera tan importante -bramó David haciéndose un hueco en el sofá para por fin poder descansar después de una noche tan ajetreada.

- ¿Qué chica? - me entrometí yo apartando la vista de mi teléfono.

- ¿Mal de amores, señorito Marco? Ya puedes ir contando - soltó Blas alzando la voz mientras se encaminaba a la cocina para robar una cerveza.

- No se os puede contar nada. Son cosas mías, a vosotros no os incumbe - siseó entre dientes levantando la copa en el aire - Por la vida que es una puta mierda y también por las Barbies que aún lo son más - brindó para si mismo y bebió un buen trago.

- No veniste a los ensayos. El soffing en exceso trae consecuencias - le recordé sentándome en el suelo como los indios. Solo me faltaba la corona de hojas y tener el pelo largo.

- No me daba la puta gana. ¿Vale? Ni que os tuviera que dar explicaciones - contó rabioso.
No se podía ni hablar con él. Eso estaba visto.

- Oye, gilipollas. Sé que te has tirado a mi rubia. Esta me la pagas - indicó Blas con cierto humor en sus palabras.

David se quitó la camiseta y cruzó sus brazos. Estaba medio adormilado y a la vez interesado en la conversación.

- Fue ella quien me provocó. Que tu rubia sea una puta no es culpa mía - alzó ambas manos sobreprotegiéndose.

- ¿Quién ha dicho que lo sea? Por lo menos, ella no se amarga por una tontería, no como otros - gritó bien alto y claro Blas antes de abandonarnos.

- Espera, ¿este también se lió con la Jessy? - preguntó David interesado. Míralo, y parecía que estaba distraído...

- ¿Jessy? ¿La amiga de Miriam? ¿Quién más se lió con ella? - pregunté interesado. Estos chicos no saben esconder sus partes, tampoco ellas saben cerrar las piernas.

- ¡Dios! Blas no se la tiró, ni yo tampoco. Confudís las cosas y luego pasa lo que pasa - explicó Carlos anonadado.

- ¿Quién se follo a quien? - entró Álvaro de repente con una bolsa de jumpers en las manos. Comencé a reírme ya que no vocalizaba bien las palabras al tener la boca llena de estrellitas.

- Tú a mi madre - se entrometió David sin poder aguantarse la risa - La violaste tio, ahora tengo miedo de que también violes a mi padre. No me fío de ti - abrió mucho los ojos y abrazó uno de los cojines del sofá con bastante fuerza. No quería que se le escurriesen de las manos.

- Vete a la mierda, gitanillo - dijo Álvaro sentándose sobre él mientras las estrellitas caían al suelo ensuciando la moqueta.
Aquí no hay quien viva. Es como convivir con Peppa Pig y su familia. Son unos putos cerdos.

David comenzó a removerse en sus sitio mientras le empujaba con poca fuerza.

- Estoy súper cansado. Ya te las devolveré mañana, idiotillo - susurró por última vez. Aunque Álvaro continuaba sin hacerle el más mínimo caso.

- Me voy a dormir - intervinió Carlos levantándose del sofá y caminando por el pasillo directo al cuarto de Blas.

- ¡Por ahí no es, zumbao! - exclamó con voz grave y haciendo un sonido ajeno - Es la de al lado.

- Parece mentira, es como un enano de dos años que no sabe subirse a la cuna - dijo Álvaro quejándose al mismo tiempo que ladeaba la cabeza.

Carlos se esfumó como la pólvora y en poco rato, Álvaro y David se fueron a su apartamento para poder dormir el resto de la noche.

Yo me quedé hablando por Whatsapp con un par de personas hasta que me entró el sueño y me quedé profundamente dormido sobre la bolsita de Jumpers.











Narra Henry:






- Bueno, tengo que decir que me lo he pasado estupendamente bien aunque me ha quedado un trauma con los puñeteros delfines.

Abrí la puerta de casa con un movimiento rápido y ella no dudó en reírse con ganas ante mis palabras.

Adoraba los sábados, últimamente, siempre quedábamos para ir a algún sitio. Yo lo llamaría citas, ella... Supongo que encuentros amorosos.

- Lo mismo digo. A mi me asustó el elefante, me apuntaba con su pistola - hizo un pequeño gesto y no pude evitar reírme.

La pequeña aventura en el zoo quedaría grabado para siempre en nuestras mentes. Fue muy divertido y como a ambos nos apasionan los animales...

- ¿Quieres... Entrar? - propuse no muy seguro de su respuesta. Ella metió sus manos en los bolsillos y alzó la ceja como averiguando lo que había escondido tras mis palabras.

- Si entro ya sabemos lo que pasará y ya hablamos de esto.

Dudé poniéndole ojitos tiernos para convencerla pero nada parecía hacerla cambiar de opinión.

Al poco tiempo, me acerqué a ella y la cogí por la piernas. Sin dejarla pronunciar ni una misera palabra, la llevé al interior de la casa y cerré mi puerta con el pie derecho. No hacia falta cerrarla con llave.





La bajé dejándola en el suelo y no pude evitar soltar una risita tonta mirándola con dulzura.

- Eres idiota - exclamó pegándome en el hombro con fuerza y cruzándose de brazos como una niña pequeña.

Yo le abracé por la cintura y le besé el cuello suavemente. Eso hizo que su boca de curvara y eso me alegró notablemente. Apoyó sus manos sobre las mías y buscó mis labios para unirlos a los suyos.

- Me ha encantado pasar esta tarde contigo pero son las tres de la mañana y tengo que irme a mi casa - reprochó poniendo morritos y dándose la vuelta.

- Esta es tu casa - bramé y ella no dudó en asesinarme con la mirada - Vamos, quédate a dormir. Solo por esta noche - puse más y más ojitos pero de nada sirvieron.

- Es demasiado pronto. Quiero que esto salga bien, Henry. No arruinemos la primera cita por un simple cosquilleo.

- Llegamos muy tarde. Además, si quieres puedes dormir en el suelo. Nadie te lo impide - alcé ambas manos y asentí con la cabeza mientras ella reía sarcásticamente.

- En parte tienes razón. Esta noche me quedo a dormir pero con una condición.

Levantó su dedo índice para que le prestase atención.

- Dime.

- Déjame darme una ducha antes de irnos a dormir. Apesto a mono meado - hizo una lijera mueca de asco mientras se limpiaba la cazadora con la palma de su mano.

- Trato hecho. Yo también necesito una ducha... - susurré sensualmente a su oído.

Ella me dio una bofetada a una velocidad respetable. Una queja de dolor invadió sus oídos. Ella solo pudo reír mientras apoyaba su cabeza en mi hombro.

- No tiene gracia. Casi me matas, psicópata.

Ella levantó la mirada y acarició mi mejilla enrojecida con suavidad.

- ¿Dónde está el baño?

- Subes y sigues caminando hasta el final del pasillo. Al llegar, es la última puerta a la derecha. ¿Nada más o necesitas que te lleve también de la mano como si fueras un niño pequeño? - dije antes de meterme en la cocina y rebuscar algo rápido para comer. Mis tripas no dejaban de rugir.

- Vete a la mierda - rió desapareciendo por las escaleras.

Fue lo último que escuché.













Narra Miguel:






- ¡Si, nena! ¡Córrete para mi! - grité bien fuerte.





Ella gimió nada más escucharlo y moviendo sus caderas mucho más rápido se dejó llevar por el orgasmo.

¡Puta satisfacción! Es lo bueno de tener 22 centímetros de pura pasión ahí abajo. A las nenas, las vuelve totalmente locas.

Se puso a mi lado con la respiración a tope. Pensé que en cualquier momento le daría algo.









- Muy bien , muñeca. Lo has hecho muy bien - la felicité pasando un brazo por detrás de su espalda.

Ella asintió sin poder ni siquiera pronunciar palabra.

Me levanté de la cama y me estiré como si fuese un enorme orangután.
Me acerqué a la puerta de salida pero ella me detuvo.

- ¿A dónde vas?

Me volteé mirándola de arriba a abajo. Joder, era jodidamente perfecta.

Su pelo rubio brillaba como si fuese un tesoro aunque estuviese demasiado alborotado, sus pupilas destellaban con solo mirarme y sus mejillas estaban teñidas de un color carmesí que me enamoraba hasta los sesos.

Era jodidamente hermosa, no me extraña que me enamorara de ella con tan solo mirarla a los ojos.

- A lavarme los dientes. Un tigre necesita tenerlos bien afilados - hice un pequeño gesto con la mandíbula.
Ella rió flojo.

- Vuelve pronto, tengo un trabajo que terminar - me guiñó un ojo y se tapó hasta la nariz con las mantas.

¿ Insinuación sexual? Sus palabras habían echo que una pequeña erección destacara en mis pantalones. Había despertado al monstruo aunque minutos antes ya lo hubiera hecho.

- Si, señorita. No sabe las ganas que tengo - exclamé volteándome y saliendo del cuarto en menos que canta un gallo.

Entré sin ninguna dificultad al cuarto de baño.

La luz estaba encencida y los chorros de agua hacían ruido al resbalar por la mampara.

Al principio, pensé que Henry se estaba dando una de sus apestantes duchas nocturnas pero luego, me di cuenta de que estaba equivocado.

Una voz femenina se escuchaba debajo de toda esa reunión de sonidos. Cantaba bien, tenía una voz melancólica y dulce.

Me encogí de hombros y volví a cerrar la puerta.

Cogí mi cepillo de dientes y comencé a lavármelos mientras me contemplaba en el espejo del baño.

¡Qué cojones! Me sorprendía que aún siguiera vivo después de las veces que me reflejaba en él.

Si estuviera en su lugar, me habría roto del horror de mi propio reflejo.

Soy feo, siempre lo pensé y aún lo sigo pensando. Por eso me extrañaba que Marina estuviese conmigo. Muchas veces pensaba que era por pena.

La chica sin nombre salió de la ducha y yo la contemplé por el reflejo del espejo.

Era muy bella, morena y tenía unas piernas largas y finas. Sus facciones valían oro y sus pechos cenizas.

Eran pequeños aunque estaban bien hechos aunque no me fijé mucho.

Cogió una toalla y se envolvió en ella. Al voltearse, me vio frente al lavabo y no pudo evitar soltar un grito de horror.





Se abrazó a si misma y por mucho que estuviera avergonzada, sus mejillas no cambiaban de color.
Como los camaleones al sol.

Siempre quise ver uno.

- ¿Quién coño eres tú? - preguntó alzando su voz y mirándome fijamente.

Yo me volteé sin darle mucha importancia y continúe lavándome los dientes.

- Bonitas formas de saludar, muñeca.

- ¿Y qué haces desnudo?

Que fuese tan preguntona me ponía de los nervios. Seguía insistiendo e insistiendo...

- No creo que quieras saberlo. Podría preguntarte lo mismo - miré hacia abajo comprobando mi vestuario.

Solo llevaba unos slips y os aseguro que estaban bien limpios.

- ¡Joder! Por lo menos podías petar a la puerta - se aseguró la toalla mirándome con cierta inseguridad.

- Es mi puta casa. La que deberías de petar eres tú - aclaré terminando de cepillarme los dientes.

- ¡Eres un cerdo! Seguro que no dudaste en mirar - exclamó cruzándose de brazos y jugueteando con sus pies.

- Tranquila, no he visto nada que no haya visto ya antes.

- Vaya, eres un puñetero creído de mierda. Pero no importa, cuando te den por culo abrirás los putos ojos - volvió a mencionar mientras cada vez se ponía más rabiosa.

Eso solo hacía que mi monstruo se volviera más y más gigante.
Esta chiquilla, me caía muy bien.

- Mmm... Gracias pero no soy un muerde penes. Seguro que a ti si que te gustaría que te la metiesen por el trasero - alcé una ceja mirándola con descaro.

Esta abrió la boca de cuajo. Parecía que en cualquier momento se le desprendería la mandíbula.

- Eres la persona más asquerosa y cerda que he conocido en mi vida. No sé que pintas aquí pero quiero vestirme y tú no me dejas - protestó dándome por entendido que me estaba echando.
Tal vez, estuviera pensando que también soy muy cortito para entender eso.

- Adelante, yo no te lo impido - alcé ambas manos dándole espacio - Total, ¿qué coño importa?

- Vale, me importa una mierda. Me largo - cogió su ropa y se dirigió a la puerta.

- Un momento muñeca. Aún no me dijiste quien coño eras. ¿La hermosa bella durmiente o la perra de la dama y el vagabundo? - sonreí mirándola de reojo.

- Soy una amiga de Henry. Y no, no soy un perro - protestó mirándome con asquerosidad. No la culpo.

- O sea, la follamiga de mi hermano - corregí entre dientes - Ese chupapollas sabe elegir muy bien - exclamé con cierta envidia. En mis tiempos, solía hacer lo mismo.
Pero esos tiempos pasaron y ya no soy el pedorro en celo que ligaba con cualquiera chica rubia que apareciera ante sus ojos. Con suerte, he madurado.

- ¿Henry es tu hermano? - preguntó sorprendida sabiendo ya mi respuesta - Pues no os parecéis absolutamente en nada - siguió de pie observándome de mala gana.

Quería perderme de vista lo antes posible.

- Lo sé, yo la tengo mucho más grande. Puto Boomer Banks - susurré sentándome sobre el lavabo para poder continuar la charla sin que los pies se me quedasen dormidos. Ni que fuera tan aburrida la chica sin nombre.

- AHAHAHA - rió sin ganas. Eso estaba claro.

- ¿Sabes que las personas que se ríen así parece que se están corriendo? - le mencioné riendo flojo.

- Gracias por la información innecesaria.

- No hay de qué, muñeca. Cuando quieras, más - sonreí bajándome del lavabo y sentándome en el inodoro.

Ella se me quedó mirando con los ojos bien abiertos. Parecía no estar creyéndose lo que veían sus ojos.

- ¡Oh dios mío! Ahora si que me voy - salió por la puerta muy decida con una mueca de asco en la cara.

- Tio, ¿no se puede plantar un pino en mi casa?

- ¡No! - gritó ella a lo lejos.

Ya le vale, al menos podría haberme cerrado la puerta.

No se puede tener ni un poquito de intimidad en tu propia casa.


































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