viernes, 17 de abril de 2020

(T3) CAPÍTULO 55: SUEÑOS PERDIDOS







Narra Miriam:


Vacío.
El suelo se sentía increíblemente helado pero no me merecía el lujo de sentarme en una cama, incluso con un colchón que podía quebrarse en cualquier momento.

Hablando de quebrarse... Hacía tiempo que lo estaba.

Mi cabeza no dejaba de dar vueltas en círculos mientras observaba las rejas que me rodeaban.

Intenté tanto tiempo mantenerme fuerte que no me di cuenta de que hacía tiempo que me había desvanecido.

¿Qué esperaba de todo esto? 

Sentí el ruido de las rejas, chirriaba en mis tímpanos.

Unos zapatos sucios inundaron mi vista pero no fui capaz de alzar la mirada.

- Tu jodido desayuno.

Lo lanzó de mala manera y cerró la celda de nuevo.

Rodeé mis rodillas con mis manos esperando que aquel lugar sirviese de redención para mi.





Narra Jessy:


- Hola, Jessica. Hoy Miriam no ha aparecido por el trabajo. No recibí ni un previo aviso así que solo me preguntaba si sabrías algo - resultó preocupado y con un tono de voz como si fuese a romperse en cualquier momento. 


- Tiene ciertos inconvenientes pero espero que pronto pueda volver a presentarse.

Una sonrisa nerviosa apareció en mi rostro. Nunca se me había dado bien mentir y aún más en una situación como esta.


- ¿Está contigo ahora? Me... me gustaría hablar con ella.


- No... Verás no debería contártelo pero no sé que hacer. Estoy perdida.

Tragué saliva. Había prometido no contarle nada de esto a Derek pero nunca había pasado por una situación similar. Necesitaba su ayuda.


- Jessica, soy todo oídos.


- Está en prisión. No sé que hacer la verdad. Hizo algo imprudente pero - de nuevo la risa nerviosa - es Miriam. Es decir, va estar bien. Solo...


- ¿En prisión? ¿Pero por qué? - me interrumpió alzando la voz. 


- Digamos finamente que se llevó a Dylan del centro de adopción y lo trajo a casa.


- Dios santo, ¿sabes la dirección del cuartel?

Se la nombré y proseguí con mi explicación. 


- No sé porque lo hizo. Últimamente no reconozco a Miriam. Sé que pasaron muchos acontecimientos, difíciles de digerir pero siempre demostró lo valiente y fuerte que es.


- Yo sé exactamente porqué lo hizo. No te preocupes, yo me ocuparé de todo. Gracias Jessica. 


Colgó sin ni siquiera dejarme responder.

Cogí el bolso y el móvil. Miriam se enfadaría muchísimo conmigo cuando se enterase. Necesitaba llegar antes que él.

Salí de casa dispuesta a llamar a un taxi.

Frente a mis ojos, un pelo alborotado color rubio pollo entorpeció mis pasos. 


- Carlos... ¿Qué? - me sorprendí. Fue lo único que pude soltar de mi boca. Alzó la mirada, sus ojos estaban apagados. Sin luz. No quedaba rostro de su sonrisa y entonces mi mente logró estallar.
Necesitaba hablar con Carlos pero Miriam también me necesitaba. 


- Necesito hablar contigo. No puedo callarme esto por más tiempo.

Tragué saliva. 


- Entra, por favor.

Nos sentamos en la sala, ambos nerviosos sin saber exactamente como iniciar la conversación. 


- ¿Algo de beber? 


- No, gracias.

No me sorprendió su negativa.


- Siento haberte dejado plantado en la boda. Sé que debería haberte avisado pero no me esperaba todos los sucesos que ocurrirían a continuación. 


- Jessy, eso no fue lo que me molestó. 


- ¿Entonces? - dudé - Pasé de ti durante un tiempo pero me sentía avergonzada.


- ¿Avergonzada de estar enamorada del hermano de tu mejor amiga?

Me sobresalté. Entorné los ojos completamente descolocada.
¿De dónde había sacado esa conclusión?
¿Todos pensarían eso? 


- ¿Qué?


- Cuando saliste corriendo en su búsqueda fui detrás de ti. Escuché la mayor parte de vuestra conversación. Vi como - hizo una pausa- os besásteis. 


- Carlos yo... No fue intencionado. No sé exactamente el porqué ocurrió pero él... Se fue, nadie sabe si regresará y...

Se me daba fatal explicarme y menos algo como esto. 


- Noté como lo mirabas. Como él te correspondía. No fue un simple beso fue "el beso".  Siento haberos espiado pero gracias a ello comprendí muchas cosas.


- Lo nuestro fue real. Creéme. Pero lo que siento por Coque. No sé definirlo. Es muy fuerte y juro que intenté sacármelo de la mente pero no pude. 


- ¿Sabes? No estoy enfadado contigo. Si yo tuviese la posibilidad de volver con... También lo haría. No te culpo. Solo que me gustaría que fueses más clara conmigo.

Cabizbajo se levantó.

Me acerqué a él y le abracé. No sé exactamente el porqué. Tal vez por lo culpable que me sentía ante esta situación o por incluso, verle tan triste.

Carlos me continuó el abrazo. Una vez nos separamos, me sonrió.


- ¿Amigos? 


- Amigos - correspondí devolviéndole la sonrisa. 


Sentía una gran culpabilidad encima pero era confortable saber que todo iba bien entre nosotros. 





Narra Derek:
  
La presión aumentaba por minutos.
Dejé a Harley a cargo del concesionario.

Necesitaba sacarla de aquel lugar. Sabía exactamente porque lo había hecho y eso me hacía sentir un gilipollas.
Acababa de romperla por completo cuando ella solo intentaba reconstruírse. 

Finalmente, llegué a la dirección que me dieron. Respiré hondo antes de entrar en aquel lugar. Nunca me gustó ese ambiente. Resultaba muy temerario. 
 Pregunté por Miriam Fernández mientras el corazón parecía salirme del pecho. Un agente me llevó a una sala apartada donde una vez allí, me informó de la situación. La ficha judicial de Miriam estaba limpia y eso ayudó a que pudiese volver a respirar de nuevo. Obviamente, aquello quedaría marcado en su historial pero le concedían la libertad si pagaba la fianza y no tendría que verse en los juzgados. Realicé los trámites necesarios y aguardé en aquella sala durante un largo tiempo.

De pronto, el agente regresó con Miriam. Le quitó las esposas y le comunicó que podía irse. 
Al verla, mi rostro se iluminó. La echaba tantísimo de menos. Ella mantenía una expresión pobre en su rostro.
Por mi cabeza pasaron los recuerdos de la noche anterior con Melanie. Solo fue un beso pero aún así me sentía completamente estúpido por haberlo hecho. 

Nos marchamos de aquel lugar y Miriam continuaba pasiva.

- Te devolveré el dinero.

Soltó de pronto al llegar al coche.

- No hace falta - hice una pausa - Me equivoqué Miriam. No consideré lo importante que era Dylan para ti. Me comporté de forma muy egoísta y lo lamento. No te juzgo por lo que hiciste. 

- Fue un acto estúpido. Ahora no podré volver a verlo.

La observé detenidamente, conocía esa mirada. Estaba a punto de echarse a llorar. La abracé, ni siquiera me lo planteé. Simplemente lo hice. Me importó una mierda que ya no estuviésemos juntos, que la última vez acabásemos discutiendo, que ambos nos hiciésemos daño... Inspiré su olor, olía a hogar. Quería quedarme así por siempre. Impregnado de ella.

La escuché sollozar y acaricié su cabello. No sé cuanto tiempo estuvimos así, tampoco importaba. El mundo se detuvo.

Y mi mundo era ella.




 Narra Miguel:
 
Una gran cualidad mía es que no me rindo con facilidad. 

Por eso, me encontraba de nuevo frente al apartamento de Lola. Desde el otro día, me había quedado completamente preocupado al no encontrarla y más aún con la puerta abierta. 

Volví a llamar a la puerta.

- Hoy no me engañas, sé que estás ahí aliénigena y no pienso irme hasta que me abras. 


En realidad no tenía ni puta idea pero valía la pena intentarlo. 

- Vamos Lola - apoyé mi frente en la puerta desesperado y volví a petar en la puerta - No puedes pasar por esto sola. Necesitas a un lerdo que te haga reír. Henry es especialista en los chistes malos pero yo tengo gracia natural. 

Solté una sonrisa de desesperación.
 Pegué el oído a la puerta intentando escuchar algo. Tan solo necesitaba una mínima señal de que estaba presente.
 No logré escuchar nada. 

- Vale, tú me obligaste a hacerlo. Voy a tirar la puerta abajo. Si sufro una dislocación de hombro, tú serás la culpable y recuerda que para lo que estudio necesito el brazo, seré cirujano.

Hice estallar el cuello de un lado a otro y luego procedí a los dedos de las manos. Retrocedí unos cuantos pasos.

- Allá voy, te sugiero que te apartes. 

Y nada más decir eso, cogí carrerilla e intenté derrumbarla. No sirvió de nada, hice una mueca mientras me tocaba el brazo. 

- Fue una prueba para comprobar la estructura y medir el volumen y esas cosas de matemáticos - dije con un tono lleno de ego mientras sufría en silencio.

De repente, la puerta se abrió. Su piel pálida y sus rotos labios fueron lo primero que pudieron captar mis ojos. Se mantenía con la cabeza gacha mientras se tapaba aún más con la manta. 

- Menos mal, estuve a esto - hice un gesto con los dedos - de romper tu puerta. 

Se retiró al interior y la seguí sin pensarlo dos veces. 

Miré a los alrededores. Todo estaba colocado pero más vacío que la última vez que estuve aquí. Creo que hizo limpieza. 
 Se sentó en el sofá sin desprenderse de la manta. Su pelo negro caía en cascada sobre su rostro. 

Me senté a su lado y la miré fijamente. 

- Te queda genial el rosado. ¿Lo sabías?

Solté una risa inocente. 

Por primera vez, dirigió su mirada a mi. Noté una punzada de tristeza en ellos muy profunda pero aún así no podía dejar de mirarlos.

- ¿A qué has venido? 

- Quería saber como estaba mi cuñada favorita. 

- Ya no soy tu cuñada.

- Yo no pienso lo mismo. 

- Me da igual lo que tú pienses. Ha quedado muy claro la última vez.

Sonreí mientras ella volvía a evitar el contacto visual. 

- Veo que sigues igual de refunfuñona. No has perdido tu esencia, querida - dije con suavidad dándole hincapié a la última palabra.

- Vuelvo a preguntar - intervino forzando una sonrisa muy desafiante - ¿Por qué estás aquí?

Solté un largo suspiro al mismo tiempo que me acomodaba en mi lugar. Fruncí los labios y me pasé con nerviosismo el dedo índice por el mentón. Vamos, Miguel. Era el momento de contárselo. Tal vez esta nueva información le ayudase a distraerse de sus demonios.

- Debes hablar con Henry.

Puso los ojos en blanco. Está bien, sabía que reaccionaría así pero tengo un "as" bajo la manga. Siempre lo tengo.

- Es muy importante. Está seriamente relacionado con el bebé de Érica - conseguí obtener su atención - Sé que sigues coladita por mi hermano, ese gilipollas tiene sus encantos y como te decía, sigo considerándote mi cuñadita. Si no quieres perderlo, ve a su casa, o sea, a nuestra casa y charlad. Creéme. Pierdes más alejándote de él que dándole su propio espacio y te aseguro que no ha dejado de pensar en ti desde aquella despedida tan drástica - hice un parón - mejor dicho dramática. La telenovela no debe acabar así.

Me erguí frotándome las manos. Su expresión facial era totalmente pensativa.
 Me di la vuelta dirigiéndome a la salida.

- Como te vuelva a ver por aquí, te patearé el trasero, cuñado - llamó mi atención recalcando la última palabra.

Una amplia sonrisa victoriosa me invadió por dentro.
Después de todo, no se me daba tan mal profundizar.