Narra Miguel:
Era lunes por la mañana, todo dios sabe lo que implica un puto lunes.
Yo era una de las doscientas mil millones de personas que odiaba los lunes.
No es por su nombre, por la letra por la que empieza o porque llueva o deje de llover. Es simple, los odiaba por tener que madrugar después de estar todo el jodido fin de semana sin dar pie con bola.
Ayer no pude dormir. Estuve en velo toda la noche y sigo sin entender el porqué. Supongo que en la vida hay muchas preguntas y a la vez muy pocas respuestas.
En vez de intentar dormir me levanté a las tantas de la mañana y esquivando las tangas que Marina había tirado en el suelo llegué perfectamente con vida hasta mi pupitre. Ya me había roto un diente una vez por culpa de sus bragas. Eran resbaladizas y ocupaban lo suficiente como para no darte cuenta y pisarlas por equivocación.
¿Pero qué coño os estoy contando? Lo sé, mi vida os interesa bien poco.
¿Acaso un cerdo lunático que se pasa el día en la universidad y las noches de pav en pav es interesante?
Si, os comprendo. Yo también odiaba mi vida.
Eran las ocho de la mañana y Marina seguía durmiendo plácidamente. Nunca me atreví a decírselo pero sus ronquidos siempre me despertaban por la noche. Una o dos veces.
Me entretení de más viéndola dormir. Apenas tenía oportunidad de hacerlo y la verdad es que parecía una princesa con corona incluida.
Tenía cara de bebé y su cabello brillaba aún más por las mañanas.
Cuando me digné a mirar la hora comprobé que era demasiado tarde.
Iba a llegar tarde aunque ya era costumbre en mi, así que por un día más no creía que me pateasen el culo.
Justo en el salón me topé con la hermosa chica rarita. Esta dormía en el sofá de la gran sala tapada con una manta hasta las cejas.
Era jodidamente hermosa y aún con el pelo revuelto se parecía a bella durmiente solo que en la versión moderna.
Fui a la cocina a prepararme el desayuno. La verdad es que me extrañaba que la pobre chiquilla durmiera en el sofá teniendo una cómoda cama arriba donde podría dormir con el pintamonas de su novio.
Otra vez os estoy conduciendo a mi mente perturbadora y maliciosa. Si, bastante maliciosa.
Hoy me apetecían unos waffles de chocolate acompañados de un buen tazón de leche caliente. Más bien, un buen tazón de café bien cargado.
Mientras ponía en orden la cafetera no pude evitar que una canción me viniese a la cabeza. No recuerdo el nombre solo que era una de mis canciones favoritas. Solía escucharla en el coche de camino a la uni.
Me limité a silbar la letra de la canción. No me gustaba cantar ya que odiaba mi voz y además no quería causar un tamponamiento de oído a alguno de mis vecinos. Aunque tal vez al señor Rankel si que me gustaría petarle el tímpano. Odiaba a ese tipo, siempre se metía en donde no le llamaban y siempre me tuvo cierta manía por decirle unas cuantas verdades a la cara.
Me limité a silbar la letra de la canción. No me gustaba cantar ya que odiaba mi voz y además no quería causar un tamponamiento de oído a alguno de mis vecinos. Aunque tal vez al señor Rankel si que me gustaría petarle el tímpano. Odiaba a ese tipo, siempre se metía en donde no le llamaban y siempre me tuvo cierta manía por decirle unas cuantas verdades a la cara.
No era de callarme las cosas siempre pensé que eso era de cobardes. O lo dices o lo dices. Ese era mi lema junto al propio de Nirvana "Prefiero ser el peor de los mejores
que el mejor de los peores".
Como veis era un puto gilipollas aficionado al "Rock and Roll". Me ponían la polla bien dura.
Al darme la vuelta mis cuatro sentidos se pusieron alerta.
que el mejor de los peores".
Como veis era un puto gilipollas aficionado al "Rock and Roll". Me ponían la polla bien dura.
Al darme la vuelta mis cuatro sentidos se pusieron alerta.
El quinto se debió de perder por el camino.
Allí estaba ella, de pie mientras se frotaba los ojos soñorienta.
Seguía con el pelo revuelto y no dudó en estirarse completamente todo el cuerpo mientras intentaba recobrar la vista. Al verme, hizo una mueca.
No parecía muy feliz de verme de nuevo la cara. Era feo pero tampoco era Sherk. Ese puto ogro verde me caía estupendamente pero no estaba dentro de mis requisitos.
- ¡Hola Bella Durmiente! - la saludé con entusiasmo mientras metía la cuarta llama a la cocina. Olía a waffles y la boca se me hacía agua.
- Dios mío... Pensé que con suerte aún seguías durmiendo o te había atropellado un camión - exclamó poniéndose una bata por encima de su cuerpo semidesnudo y temblando un poco de frío.
- Mala hierba nunca muere. Y a este viejo aún le queda mucho salseo por dar - alcé una ceja sin dejar de mirarla.
Ella soltó una risita. Fue minúscula y apenas fue percibida por mis oídos pero pude escucharla.
- Acabo de hacerte reír, muñeca. Sabes que soy lo más - le avisé mientras me servía un buen vaso de zumo - Por cierto, me encanta despertar y ver tu precioso culo pasearse por toda la planta baja y ahora me estás estropeando las buenas vistas.
Se sentó en la mesa y balanceó sus pies con el ceño fruncido. Me miró fijamente inclinando la cabeza como si estuviese confusa o pensativa.
- ¿Eres siempre así o intentas impresionarme?
Me apoyé sobre el frigorífico y me estiré en un bostezo sonoro.
Sentaba tan bien.
- Muñeca, yo soy como soy. ¿Acaso importa? - reí mientras la miraba de arriba a abajo.
- Por cierto, ¿qué haces despierto a estas horas? Ayer te acostaste a las tres. Yo estaría muerta de sueño en tu lugar.
- Lo mismo podría decir de ti, muñeca. La verdad es que tener que ir a la universidad estropeó mis sexuales y perversos sueños - alcé ambas cejas mientras me peinaba el cabello con los dedos y lo cubría con una gorra. No tenía tiempo de arreglármelo y estaba muy alborotado. Como solía estar todas las putas mañanas.
- ¿Qué estudias, sucio y pedófilo hermano de Henry?
- Bonito apodo, muñeca. Supongo que me define a la perfección - aclaré guiñándole el ojo - Estudio medicina. Sé lo que estás pensando. ¿Cómo este sucio y pedófilo hijo de perra puede estudiar esa mierda? - fruncí el ceño con los brazos extendidos y al poco tiempo esperé su respuesta mordiéndome los nudillos.
- Cierto, me sorprende. Es cómo la facultad de mi medicina, ¿no?
- ¡Bingo! Eres una jugadora nata, muñeca. Un día te retaré al pin-pon haber si puedes superarme - le propuse como si fuese una obligación en vez de una proposición.
- Mmmm... ¿Y cuánto llevas estudiando?
- Cinco años. Dentro de poco me graduaré y podré limpiarme el trasero con esa mierda de diploma - exclamé glorioso.
- ¿No te huele a quemado? - preguntó ella olfateando los alrededores.
- ¡Joder! ¡Los waffles! - recordé en un abrir y cerrar de ojos.
Waffles quemados, galletas tostarica y un buen vaso de zumo. Tampoco estaba tan mal, ¿no?
Después de que pasase el susto, me senté para comenzar a comer.
- ¿Y tú en qué trabajas?
- De momento sigo estudiando. Me gano la vida cuidando a niños pequeños. Soy como la nana - sonrió de golpe.
- ¿Y te gustan eses monstruos que lo único que hacen es cagar y comer? - dije sorprendido. ¿A quién coño le pueden gustar?
- Oye, también lloran.
- Son como la de monstruos S.A. Algunos incordian más, otros menos pero todos son exactamente iguales - me quejé poniendo los ojos en blanco.
- Pues a mi me encantan. Son encantadores. Me encantaría tener gemelos. Una niña y un niño, así podría vestirlos iguales - pensó para si misma emocionada mientras posaba la cabeza sobre sus manos.
- Bgg, me das asco - murmuré probando los Waffles.
Al momento, los escupí sin dudarlo y bebí un poco de zumo para quitar ese sabor tan desagradable.
Al momento, los escupí sin dudarlo y bebí un poco de zumo para quitar ese sabor tan desagradable.
Ella no paraba de reírse observándome detenidamente.
- Me alegro de que mi infelicidad haga feliz a alguien - murmuré encogiéndome de hombros.
- ¿Unos waffles te minan la moral? - dijo aún entre risas.
- Pues si. Me amargan el día. El desayuno es el único momento del día en el que soy feliz - bebí otro sorbo de zumo - ¿Quieres... comer algo?
- No, gracias. Me duele el estómago y no creo que eso le agrade demasiado - hizo una mueca abrigándose bien.
- Mi hermano debe de ser bien fértil para dejarte preñada a la primera - me burlé devolviéndole la de antes.
- Eres un cerdo. ¿Nunca te lo dijeron? - dijo molesta curvando los labios.
- Si supieras...
Al terminar, recogí los cubiertos y comencé a calentar algo en el microondas.
- ¿No te llegó lo que comiste? Reventarás - murmuró en un tono de asco.
- Es una puta manzanilla - dije bien claro sin mirarla.
Ella cerró el pico y al entregársela me dio las gracias.
- Si quieres puedo despertar a Henry. Es mi pasatiempo favorito - mencioné frotando ambas manos.
- Déjalo. Tengo que irme dentro de nada. Ya le mandaré un WhatsApp - se negó en redondo.
- Okey - me volteé dirigiéndome a la salida de la cocina.
- ¿A dónde vas? - me paró los pies.
Sonreí y me volteé de nuevo al poco rato.
- Tengo que vaciar la polla. Salvo que quieras sujetármela...
- ¡Oh dios! Calla - me interrumpió mientras yo no dejaba de reírme de su contestación y me encaminaba a la planta de arriba.
- ¡Ah sido un placer conocerte, chica rara! - grité para que pudiese escucharme desde mi posición.
No recibí respuesta. Marina seguía roncando así que decidí coger mis cosas y largarme de una puñetera vez.
Narra Jessy:
Estaba en el hospital con Miriam y sus padres. Los cuatro habíamos decidido visitarle y comprobar su estado.
Coque aún no había despertado. Según los doctores estaba en coma y no sabían como iba a despertar o si se despertaría.
Miré mi teléfono. Ayer en mi primer día de trabajo estuve bastante ocupada y la verdad no me dio tiempo a comprobar los mensajes.
Al momento vi uno de Carlos y como era de voz no me quedó más remedio que escucharlo. Decía así :
" Jess, estoy hasta los cojones de que no me cojas el puto teléfono. Tenemos que hablar. Llámame de una jodida vez y deja de esconderte. ¡Ni que fueras una niña pequeña!".
Después de lo que había ocurrido la noche pasada no podía ni por asomo pensar en tener una conversación con él. Estaba ebrio y parecía tener muchos más años de los que aparentaba tener. Tenía unas grandes ojeras y el pelo totalmente despeinado.
Cada vez que esa imagen me venía a la cabeza no podía evitar que un pedacito de mi corazón se rompiese a pedazos.
No iba a llamarle, ni mensajearle, ni nada por el estilo.
Él había conseguido alejarme de él y no desobedecería a sus palabras de ayer.
Bien, volviendo al nuevo trabajo.
La verdad es que el primer día ya hice bastantes amigas. Tenemos dos jefes. La mujer es fría y mandona. Bastante mala para mi gusto y el hombre es pervertido, el típico viejo verde.
Pagaban bien y tenía unos buenos horarios. De seis de la tarde a seis de la mañana.
No podía quejarme.
No podía quejarme.
La verdad era que ahora ya podía hacerme independiente. Dejar la casa de Miriam e irme a vivir a mi propio apartamento.
Se lo consulté a Miriam a la cual no le hacía mucha gracia que les abandonara en estos instantes.
Eso me hizo pensar en mi falta de tacto. Justo ahora tenía que habérselo dicho...
Eso me hizo pensar en mi falta de tacto. Justo ahora tenía que habérselo dicho...
- No te vayas. Necesito tu apoyo Jessy - me cogió de la mano con cariño mirándome con ojos humedecidos - Esta es tu casa.
- Siento que molesto. Ahora han vuelto tus padres y no creo que les haga mucha gracia verme rondando por allí - protesté mirándola con cariño.
- Nunca molestas. Te aseguro que ellos están muy contentos de que vivas con nosotros - intentó convencerme.
- Pero... Quiero ser independiente. Comprarme mi propio piso...
- ¿Para qué? Yo lo reservaría para el auto - me murmuró sin entenderme.
- Miriam, tu tienes un novio con un apartamento y en cambio yo... ¿qué tengo? Dime, ¿qué tengo? Necesito saber que tengo algo más que un simple cajón y unas bragas - protesté dejándole claro mis intenciones.
- ¿ Y si te cobro alquiler te sentirías mucho más cómoda? - sonrió mirándome desde abajo.
- Tal vez - me encogí de hombros.
- Entonces, empezaré a cobrarte 200 euros al mes con todo incluido. ¿Te parece? - le propuse entrecerrando los ojos.
Reí fuertemente y le miré detenidamente.
- ¿Enserio? Pensé que lo decías de broma.
- ¿Tengo pinta de estar de coña? - sonrió a mi vez y esperó mi respuesta.
- Bueno... Si eso te hace feliz entonces acepto.
- Bien. Será nuestro acuerdo - dijo por última vez.
El silencio volvió a apoderarse del lugar. Miré a los monitores que indicaban los latidos del corazón de Coque. Seguían su propio ritmo.
Miré a Coque fijamente. Parecía tan dócil, tan dulce... Pocas veces lo había visto dormir y la verdad es que podría quedarme horas y horas mirándolo. De esa forma, él nunca se enteraría.
Al regresar a casa, los padres de Miriam se dispusieron a hacer la merienda. Yo no tenía hambre y se me cerraba aún más el estómago cuando escuché que iban a preparar bocadillos de crema de cacahuete.
Miriam y yo decidimos ponernos a ver una peli hasta que no llegara la hora para comenzar la jornada de trabajo.
- ¿Entonces... Derek no te telefoneó desde que operaron a Coque? - pregunté curiosa y extrañada a la vez. Según las experiencias que me había contado Miriam. Ella siempre describía a Derek de la misma forma. El especial chico encantador, atento y simpático que prometió llamarla por lo menos una vez al día.
Algo debía de estar ocurriendo.
No quise preocupar a Miriam así que le trasmití positividad.
Algo debía de estar ocurriendo.
No quise preocupar a Miriam así que le trasmití positividad.
- Exacto. Y la verdad... Aunque confíe en él... Tengo un extraño cosquilleo en el estómago. Algo está pasando, Jessy. Y me da a mi que no es nada bueno - aclaró abriéndose mientras me observaba de reojo con tono preocupante.
- ¡Bah! Seguro que no es nada. Si fue a Madrid fue por algo. Ya sabes como son los negocios, acaparan todo tu tiempo. Ya verás como en cualquier momento recibes una mágica llamada de él - le sonreí tranquilizadora.
De un momento a otro, un móvil comenzó a sonar.
Miriam ansiosa, cogió su teléfono del bolsillo de su pantalón. Hizo una mueca y volvió a guardarlo.
Miriam ansiosa, cogió su teléfono del bolsillo de su pantalón. Hizo una mueca y volvió a guardarlo.
- No es el mío - alzó ambas manos negando con la cabeza.
Decidí mirar mi móvil. Si, era el mío. Llevaba tiempo sonando y el de la otra línea no se daba por vencido.
- ¿No vas a cogerlo? - preguntó Miriam observándome con desimulo.
Miré quien era. No me sorprendió percibir el nombre de Carlos en el medio y medio de la pantalla.
Tragué gordo y negué con la cabeza dejando el móvil sonar.
- No.
- ¿Quién es para que tanto odio le tengas? - sonrió burlona mientras apartaba la vista de la televisión.
Le tiré un cojín y justo aterrizó en su rostro. Me alegraba de tener una muy buena puntería.
- Es Carlos. Estoy cabreada con él - dije finalmente sin dar muchas explicaciones.
Ella apartó el cojín y me miró alzando una ceja.
- ¿Por? ¿Te dejó colgada? - insistió.
Era inevitable. Miriam era tan curiosa a veces.
Era inevitable. Miriam era tan curiosa a veces.
-No, me habló de mala forma y ... La verdad es que me dolió bastante. Más nada - aclaré bajando la cabeza. Recordé las palabras exactas que me dijo la noche anterior y cuyas no me sentaron demasiado bien.
- Mmm... Seguro que se arregla.
- No lo creo. Es un dolor muy profundo - aclaré con seriedad.
- Eso dicen todas... - susurró bajito mirando hacia otro lado. Volví a darle
con el cojín riendo a la vez.
con el cojín riendo a la vez.
- No deja de mandarme mensajes al buzón de voz, WhatsApps y de llamarme. Por más que le envío indirectas de que no quiero saber absolutamente nada de él, Carlos sigue insistiendo - me expliqué en un suspiro.
- Deberías de hablar con él. Dicen que hablar las cosas siempre ayuda en mayor o menor proporción - me recomendó encogiéndose de hombros.
¿Por qué todos solían decirme exactamente lo mismo? Ellos no conocían toda la historia, no tenían derecho a meterse en ella.
- Bueno, ya veré que hacer. ¿Qué vas a hacer finalmente con Derek? - me desvié del tema con rapidez. Estaba cansada de escuchar siempre la misma historia.
- Emm... Pues hoy por la noche visitaré su vieja pocilga y daré de comer a sus cochinillos - hizo una mueca de asco intentando aguantarse la risa.
- ¿Le llamarás?
- No, voy a ponerle a prueba. Haber cuanto puede aguantar sin dirigirme la palabra - indicó alzando su dedo anular.
- Mmm... Seguro que bate el récord - me levanté del sofá mirando a los alrededores - Bueno, tengo que irme. Se me hace tarde - me estiré como si fuese un perezoso y caminé hasta la puerta.
- No te pierdas por el camino - me recordó acomodándose en el sofá y acaparando todo el sitio.
- Se intentará. Adiós viuda negra- me burlé con uno de mis impresionantes chistes cómicos que tenía guardados bajo la manga.
- ¡Oye, habla con el pobre Carlos! - gritó intentando llamar mi atención.
Fingí no escucharla y salí por la puerta principal. Nada más atravesarla, apareció ante mis ojos ella...
Érica, estaba frente a la puerta. Justo cuando iba a tocar el timbre salí yo.
Me quedé inmóvil sujetándome a la puerta con precisión.
- ¿Qué coño haces aquí, zorra? ¿Ahora vienes a proteger a tu "novio" a mi propia casa? ¿O solo vienes a darme de hostias porque se terminó tu telenovela favorita? - puse morritos mirándola con enfado, rencor y sobre todo con mucha asquerosidad.
- Vengo en son de paz - alzó una mano justificándose - Coque me ha llamado la atención por... Tratarte tan mal - pronunció con ironía - Solo quería pedirte perdón, bonita - susurró acariciando un mechón de mi cabello.
Le di una fuerte palmada para que quitase sus manos de mi.
- Eso ni te lo crees tú. Eres una puta zorra y ojalá Coque abra los ojos algún día antes de que sea demasiado tarde - refunfuñé alzando la voz.
- Tal vez, ni despierte, querida. Además... Yo no soy la chivata aquí - se defendió utilizando la estrategia de Coque.
- Va a despertar aunque posiblemente quiera morirse al ver el futuro que le espera contigo - mencioné frunciendo el ceño y poniendo ambas manos sobre la cintura.
- ¿Sabes qué? No he venido a discutir con una perra insoleta. Si me disculpas... Miriam aguarda por mi - me sonrió. Era una sonrisa muy malvada y aterradora.
Pasó por mi lado rozando con fuerza mi brazo izquierdo. Casi pierdo el equilibrio por su culpa.
Pasó por mi lado rozando con fuerza mi brazo izquierdo. Casi pierdo el equilibrio por su culpa.
Si pudiera me defendería pero está claro que no valía la pena perder los papeles por ese ser malvado.
- Lerda - susurré ladeando la cabeza mientras me dirigía al auto de Miriam. Aún no tenía carnet pero la verdad era que el bar me quedaba bastante lejano para ir a pie.
No pude dejar de pensar durante todo el camino en Érica y también en Coque. Carlos ya no importaba en mi mente.
Narra Álvaro:
Últimamente, Blas y Carlos no dejaban de pelearse por cualquier tontería. Por las últimas galletas de chocolate, por quien componía conmigo, por la misma chica en la discoteca...
Según Dani, Carlos se acostó con una de las tropecientas chicas de Blas. Supongo que eran sagradas o algo por el estilo.
Después del ensayo, me apetecía tomarme un buen descanso.
Los oídos me iban a explotar por culpa de esos dos.
Decidí llamar a Pris. Desde el otro día en el cine no la volví a ver y echaba de menos su sexy y provocadora voz.
Esa chica me gustaba, era muy simpática, agradable y siempre tenía una sonrisa en los labios.
Pero...¡Joder! Odiaba muchísimas cosas de ella. Como su forma de alardear, lo de ser borde y lo de responder de mala forma.
Yo no me merecía que me tratase así.
Pero...¡Joder! Odiaba muchísimas cosas de ella. Como su forma de alardear, lo de ser borde y lo de responder de mala forma.
Yo no me merecía que me tratase así.
- Hola borde - exclamé al escuchar ciertos ruidos a la otra línea.
- ¡Oh no! ¿Tú otra vez?
- Álvaro Gango para servirle señora - reí haciendo una reverencia aunque ella no pudiese apreciarla.
- ¿Qué quieres?
- ¿Es qué acaso no es obvio? Un poco de sexo telefónico no estaría nada mal - me senté en el sofá y miré al techo detenidamente mientras recostaba mi cabeza en el respaldo.
- Sigue soñando, Ganguito - dijo alargando la "i" muy sensualmente.
Esta chica siempre me ponía a mil por hora. Por eso me encantaba hablar con ella.
- ¿Qué tal la operación de Coque? - pregunté cambiando de tema mientras jugueteaba con las llaves de casa.
- Bien aunque no saben si despertará.
- Seguro que si. Oye, Pris. Te apetece... No sé... ¿ Ir a la piscina? Esta tarde estoy más que libre - me ofrecí lo más caballero que pude.
- ¿Por qué quieres quedar con una persona a la que odias? - reprochó con cierto cabreo en sus palabras.
- Porque... ¿Estás buena? - murmuré mordiendo mi labio inferior.
- Cuando encuentres una razón decente vuelve a llamarme - mencionó entre dientes apunto de colgar.
- ¡Eh! ¡Un momento! ¿Crees que no estoy hablando enserio? Pues si y si estuvieras aquí ahora mismo podrías comprobar tu misma el efecto que creas en mi - susurré sensualmente. Yo también sabía jugar, borde. No creas que eres la única.
- Adiós Ganguito - se despidió volviendo a provocar con su irresistible voz que todo mi vello se pusiera de punta.
- Noooo... ¿Qué quieres la típica cita? ¡Pris! - propuse con tal de que aceptase la invitación.
Ya era demasiado tarde. Pris me había colgado el teléfono dejándome con las palabras en la punta de la lengua.
Si, era terriblemente odiosa pero hasta una odiosa como ella era fácil de querer.
Me estaba replanteando lo de pedirle una cita solamente para poder verla. No era de esas mierdas pero la verdad era que esta niña me tenía totalmente desesperado.
Tal vez algún día me atreviera a hacerlo. Cuando estuviera ebrio tal vez me diese una venada y decidiese probar suerte.
Narra Érica:
- ¿Qué coño haces aquí, zorra? ¿Ahora vienes a proteger a tu "novio" a mi propia casa? ¿O solo vienes a darme de hostias porque se terminó tu telenovela favorita? - me sorprendió verla salir de la casa de los padres de Miriam en ese instante. Se cruzó de brazos a la defensiva aunque tampoco era que diese mucho miedo.
- Vengo en son de paz - alcé la mano derecha frente a su rostro por si acaso se le ocurría lanzarse a mis pelos - Coque me ha llamado la atención por... Tratarte tan mal - expliqué en un tono juguetón. No podía fingir estar más dolida por aquello - Solo quería pedirte perdón, bonita - dije entre dientes acariciando su cabello con delicadeza y sonriéndole de vez en cuando.
Ella con rostro enfurecido, apartó muy brutalmente mis manos de su pelo. Reí bajo.
- Eso ni te lo crees tú. Eres una puta zorra y ojalá Coque abra los ojos algún día antes de que sea demasiado tarde.
No podía evitar reírme. Era demasiado gracioso verla ponerse roja cuanto más y más gritaba y se ponía a la defensiva.
- Tal vez, ni despierte, querida. Además... Yo no soy la chivata aquí - me defendí nombrando a Coque. Veo que sus celos hacia nosotros siguen aún muy presentes.
- Va a despertar aunque posiblemente quiera morirse al ver el futuro que le espera contigo - dijo frunciendo el ceño y poniendo las manos sobre la cintura.
- ¿Sabes qué? No he venido a discutir con una perra insoleta. Si me disculpas... Miriam aguarda por mi - le sonreí. Aunque no llegaba ni a una sonrisa, fue más... Una entresonrisa.
Pasé por su lado empujándola con fuerza. Pena que a la vez que perdía el equilibrio no se comiera el suelo de paso.
Pasé por su lado empujándola con fuerza. Pena que a la vez que perdía el equilibrio no se comiera el suelo de paso.
Pensé que en cualquier momento la encontraría en mi cogote apretándome el cuello con la fuerza de una niña de preescolar.
Susurró ciertas palabras inescuchables para mis oídos. No tengo la culpa de que no hable más alto.
Llegué al salón sin ninguna dificultad. Había estado millones de veces en esta casa buscando a Coque.
- ¡Hola! Pensaba que ya no vendrías - saludó Miriam sentada en en sofá. Nada más verme se levantó de inmediato.
- Tuve algunos problemas para llegar. Ya sabes los traumáticos que son los atascos por las tardes - me expliqué con una sonrisa forzada. Debía de caerle bien a la hermana de Coque. Así me ganaría la confianza de todos los de la familia y como no, el preciado corazón de Coque.
- Siéntate, por favor.
- Gracias - seguí sus indicaciones y tomé asiento.
- ¿Un café? - preguntó sonriente como el primer momento que entré por aquella puerta.
- No, gracias.
- Vuelvo ahorita - anunció sin darme tiempo a responder.
Se marchó y a los pocos segundos entró de nuevo acompañada por dos adultos. Tal vez fueran pareja.
Ella tenía el pelo rizo y súper revuelto, tenía la piel morena ( se notaba el solárium) y los ojos verdes muy oscuros.
Él tenía muy poco pelo y de varios colores, negro y blanco. No pude fijarme en otra cosa que en su estrecha y larga nariz que en el extremo final formaba una pequeña bola. Tenía los ojos castaños como la madera.
- Érica, te presento a mis padres. Susan y Samuel - nos presentó Miriam interviniendo en mis pensamientos - Mamá, papá. Ella es Érica, la novia de Coque.
La novia de Coque... Esas palabras aún retumban en mi cabeza después de tanto tiempo.
Me levanté y les tendí la mano para presentarme.
- Encantada - susurró la madre tan alegre como la hija.
Me ofreció dos besos en la mejilla. Eran bastantes agradables. Por lo menos eso resultaron a mi parecer.
- Igualmente.
- Hola - murmuró el padre sin saber muy bien como reaccionar.
- Hola - le seguí con una sonrisa radiante.
- Así que tú eres nuestra nuera. Pensé que serías diferente a tu apariencia - murmuró Susan tomando asiento y observándome de arriba a abajo.
- ¿Enserio?
- Si, yo pienso lo mismo. Pensé que serias de otra forma - exclamó el padre frunciendo el ceño.
- ¿Por? - me senté a su lado y observé a cada uno de los presentes.
- A Coque siempre le apasionaron las chicas rubias de ojos medio azulados. Como las polacas pero con esa parte tan ... Propia de nuestro país - respondió Samuel mirando a su mujer de reojo.
- Supongo que le gustó mi forma de ser - sonreí con cariño.
- Si, Coque se fija mucho en esas cosas - dijo la madre entre risas - Cuando salga del hospital tenemos que organizar una cena familiar. Tenemos que conocernos mucho mejor entres todos - propuso mirando a los alrededores. Yo creo que estaba pensando en el lugar donde celebrarían la cena.
- Estoy deseando que despierte, enserio. Tengo tantas cosas que ...
- No sé porqué Miriam no nos contó nada - sermoneó Samuel enviándole una pequeña indirecta a su hija.
- No quería preocuparos. Además, Coque me pidió que no lo hiciese por nada del mundo - se explicó ella prestando atención a la conversación. Parecía estar en las nubes pensando en sabe dios qué.
- Tuvimos mucha suerte de que le encontraran el tumor a tiempo - exclamó Samuel alegre.
- ¡Ajá!
- Bueno, nosotros nos vamos a la cocina y así os dejamos hablar de vuestras cosas - susurró la madre de Miriam despidiéndose mientras se ponían en pie.
- Vale.
- Encantados - dijeron ambos a la vez. Se miraron a la vez y rieron.
- Igualmente - exclamé viendo como abandonaban el lugar.
Se marcharon, la verdad es que parecían gente bastante amable. Primera impresión, genial.
Sentí que era el momento perfecto para hacer lo que tenía previsto.
- Perdona, necesito ir al lavabo - susurré levantándome y mirando a Miriam desde abajo.
- ¿Sabes donde está? - preguntó curiosa alzando la mirada.
- No... - intenté aguantarme la risa. Recuerdo la vez que Coque y yo lo hicimos en ese mismo lugar. Fue unos días antes del cumpleaños de esa gilipollas. Era muy difícil que no se me viniese a la mente. Aunque... Sería demasiado impactante que supiera el lugar exacto en donde se encontraba así que decidí mentir. Así no levantaba sospechas.
- Subes y al llegar arriba sigues todo recto y justo la puerta final es el baño. Tenemos tres pero yo creo que es el que más cerca te queda - explicó como pudo haciendo poca memoria.
Se sabía el camino de memoria.
Se sabía el camino de memoria.
- Gracias, ahora vuelvo - le sonrió erguiéndome.
- Claro, te espero.
Atravesé la puerta del salón y subí las escaleras principales.
Seguí sus indicaciones y encontré el baño sin ninguna dificultad. Aunque claramente, ya sabía donde se encontraba.
Dejé el bolso sobre la pileta y comencé a rebuscar por los cajones y demás recobijos alguna cosa a la que pudiera aferrarme y que de verdad pudiese servir para las pruebas de ADN.
Encontré una pequeña cuchilla de afeitar. Aún contenía algún pelo moreno del vello de Coque. Sin duda, no dudé en cojerla y meterla en una pequeña bolsita de plástico.
Esta fue parar al interior de mi bolso.
Luego, me lavé las manos y tiré de la cadena sigilosamente.
Cogí mi bolso de nuevo y bajé las escaleras dispuesta a volver a encontrarme con Miriam. Me senté a su lado y esta me sonrió amablemente.
- ¿Sabes? Siempre me hizo ilusión tener una cuñada. Coque va a cumplir los 20 y tú eres la primera chica que nos ha presentado - murmuró con cierto cariño en sus palabras.
- Oh, gracias. Coque tiene mucha suerte de tenerte como hermana - mencioné mirándola con ojos sinceros - Por cierto Miriam, quería mostrarte una cosa - dije sonriente jugueteando con mis dedos. Estaba nerviosa, si. Muy nerviosa. ¿Cómo actuaría ella?
- Está bien - aguardó mientras yo rebuscaba en el bolso.
- No se lo digas a nadie, ¿Vale? Secreto de confesión. Todavía es muy pronto para difundirlo a los cuatro vientos - sonreí extendiendo la fotografía.
Ella la cogió entre sus manos y puso una cara muy tierna mientras inclinaba la cabeza. Hizo un sonido suave como si le encantase o le entusiasmase.
- ¿Es tuyo? - señaló con cara sorprendida.
- Si, hace poco fui al ginecólogo recomendada por mi médico. Pensé que era una leve gastroenteritis pero ya ves - le expliqué encogiéndome de hombros.
- ¡Voy a ser tía! ¡Coque va a ser papá! - gritó sin darse cuenta. Se tapó la boca con ambas manos - Perdón, fue la emoción del momento - se hartó a sonreír sin dejar de observar la ecografía.
- ¿Y qué te dijo el médico? - preguntó curiosa levantando la vista al fin.
- Que de momento el feto estaba muy sano y fuerte. Es como el padre. Tiene pocas semanas, unas tres o cuatro como mucho y aún no se puede saber el sexo - le conté con una emoción bastante fingida. Lo importante era que ella se lo tragó sin ninguna duda y eso me hizo sonreír por dentro.
- ¡Dios! ¡Qué ilusión! - dio pequeñas palmitas sin dejar de mirar la eco.
- ¿Le hará ilusión a Coque? - pregunté dudosa y esperando que la respuesta fuese afirmativa.
- Creeme. Llorará de alegría. ¡Dios! - me devolvió la fotografía tocándose el pecho con ilusión.
- Cuando le den el alta se lo contaré - propuse siguiéndole el rollo.
- ¡Tienes que contárselo antes!
- Ya veré haber como hago - susurré con tono juguetón.
Ella entrelazó sus manos con las mías y me sonrió alegremente.
-Se desmayará de la ilusión.
- ¿Tú crees? - lamí mis labios con avaricia y reí por dentro.
- Pues claro - aclaró con obviedad. Ese gesto me hizo reír más aún.
Creo que hice muy bien en contárselo. Ella me comprendía e intentaba ayudarme de la mejor forma posible.
El siguiente rato que pasamos hablando fue sobre el futuro del bebé. La verdad era que parecía bastante ilusionada con esa opción.
El siguiente rato que pasamos hablando fue sobre el futuro del bebé. La verdad era que parecía bastante ilusionada con esa opción.
Narra Miriam:
Derek estaba desaparecido y Jess no me servía mucho de consuelo. Me ponía aún más nerviosa de lo que estaba.
Decidí telefonearlo de camino a su apartamento. Tenía que regar las plantas y dar de comer a su pez. Además, echaba de menos ese olor inconfundible cada vez que atravesaba las puertas de su habitación. Olía aún a él al igual que las almohadas, las mantas... Todo me recordaba a Derek pero en cambio, yo a él no parecía importarle lo más mínimo. Solo se preocupó por mi los primeros días.
Puse la excusa a mis padres de que iría a ver a Coque al hospital. Aunque ya lo fuese a ver por la mañana y por la tarde. Siempre estaba metida allí últimamente. Parecía mi propia casa pero descolorida. Siempre odie el color blanco de los hospitales.
Sonó el contestador. Golpeé el volante con fuerza mientras la tierna voz grabada de Derek invadía mis oídos.
Eso me resultaba un poco reconfortante pero a la vez me llenaba aún más de rabia.
¶¶¶
Nada más llegar a la planta, vi al viejo y descuidado Jerry que se encontraba escuchando música mientras daba el último repaso a las escaleras principales.
Me captó con la mirada y no dudó en embozar una dulce sonrisa acompañada de un saludo bastante alegre.
- Señorita Fernández, es un honor verla por aquí - dijo educadamente mientras se retiraba los cascos de las orejas.
- Te he dicho muchas veces que me llames Miriam - refunfuñé poniendo los ojos en blanco. Me arrepentí lo suficiente. Porque estuviese enfadada no tenía que pagarlas con él.
Ya sabes lo que dicen, pagan justos por pecadores.
Ya sabes lo que dicen, pagan justos por pecadores.
- Si... Discúlpeme...seño... Miriam - rentificó tragando saliva y apoyando sus manos en el mango de la escoba.
Suspiré hondo y embocé una sonrisa. Corta y muy poco duradera pero al menos, sonreí.
- Yo también te echaba de menos, Jer - aclaré al fin buscando las llaves del apartamento.
- Por cierto, ¿qué tal está el señor Karev? Hace tiempo que no le veo por los rellanos - preguntó frunciendo el ceño con cierto tono de curiosidad.
- ¿No te lo contó? Hace unas semanas, tuvo que marcharse a un viaje de negocios y no volverá hasta dentro de un mes. Por eso estoy aquí, para regarle las plantas y alimentar a su bicho con aletas - hice una mueca de asco. Odiaba a todo monstruo tanto del agua como que fuese un reptil. Menos a los delfines, ellos me caían bien. Eran divertidos y juguetones y comían peces ( mis mayores enemigos).
Ahora entiendo porque me gustaba comer pez. Con tal de que desapareciesen de la faz de la tierra...
Ahora entiendo porque me gustaba comer pez. Con tal de que desapareciesen de la faz de la tierra...
- ¿Bicho con aletas? ¿Es qué acaso tiene una foca ahí dentro? - murmuró arqueando una ceja y apoyándose en su pie izquierdo.
- Aún peor. Un pez de estos de colores que le tocan a los niños en la feria cuando explotan todos los globitos. Derek siempre fue muy infantil - me encogí de hombros con un toque cómico.
- A mi de pequeño me gustaba darle a los patos. Era más divertido. ¿Y qué tal le va allí? - dijo estallando a risas.
- Bien... - No me coge las llamadas pero bien. Le gusta asustarme o ponerme nerviosa. Yo que sé.
- Debe de echarlo mucho de menos. Siempre estaban tan unidos.
- No sabes cuanto. Estoy deseando que vuelva - dije con sinceridad mientras jugaba con mis manos. Estaba claro que si me no encontraba le plantaría cara y le rechistaría el porqué no me cogió las llamadas.
- Bueno, Miriam - dijo bien por una vez - Tengo que terminar con esto. Ya me avisará cuando vuelva y... No tenga miedo de los bichos con aletas. Después de todo, sin H2O no son nada - susurró entre dientes mientras me contemplaba por última vez.
- Gracias, Jer. Lo mismo digo - me despedí entrando en el piso y cerrando la puerta tras de mi.
Como dije anteriormente, olía a él. Todo estaba perfectamente ordenado, hasta su colección de botellas de vino continuaba completa.
Accedí a la cocina y posé mis cosas sobre la encimera. La rocé con mis dedos. No pude evitar que ciertos recuerdos invadiesen mi mente.
Me vino a la mente aquella vez en la que me digné a prepararle la comida. Él se despertó e intentó follarme aquí mismo, sobre la encimera. Yo logré escabullirme y volver a la cama.
Fue como una especie de flashback.
Sin darme la más mínima cuenta.
Sin darme la más mínima cuenta.
Jerry tenía razón. Le echaba jodidamente de menos. Después de darle de beber a las plantas fui a ver al bicho con aletas. Este parecía tranquilo en su cómoda pecera y no dejaba de hacer globitos con el agua. Algo propio de los peces estúpidos como él.
¡Enserio! No los soportaba. Me recordaban a las típicas sardinas en lata que están deliciosamente buenas.
¡Enserio! No los soportaba. Me recordaban a las típicas sardinas en lata que están deliciosamente buenas.
Odio los peces de colores y no soportaba que Derek tuviese uno justo en el baño.
Sentía como si me vigilase a cada instante, a cada movimiento que hacía.
Le di de comer y este comenzó a devorar los granitos de comida.
Al poco tiempo, dejé de prestarle la más mínima atención.
Miré mi reflejo en el espejo mientras cotilleaba los cajones del armario.
Derek guardaba cosas sin sentido. Cartones de champú, cajas vacías de colonias, botes de desodorantes...
¿Por qué no las tiraba a la basura como todo el mundo?
¿Por qué no las tiraba a la basura como todo el mundo?
Al terminar, miré mi reflejo en el espejo.
Mi rostro parecía cansado, viejo e irritado. Tranquilamente, cualquier persona normal podría echarme diez años más de los que naturalmente tengo. Desde que Coque ingresó en el hospital, no me preocupé en absoluto por mi imagen. Tampoco era que a Derek le importase mucho.
Mi rostro parecía cansado, viejo e irritado. Tranquilamente, cualquier persona normal podría echarme diez años más de los que naturalmente tengo. Desde que Coque ingresó en el hospital, no me preocupé en absoluto por mi imagen. Tampoco era que a Derek le importase mucho.
Seguí contemplándome y viendo mis propios fallos. Finalmente, el sonido del móvil me desvió de mis pensamientos.
Lamentablemente, no era Derek sino Dylan. Le dejé mi número por si le ocurría algo o simplemente, le apetecía hablar. Me pareció extraño ya que había ido a visitarlo esa misma tarde. Lo cogí y me volteé para olvidar mi reflejo en el espejo.
Esto me causaría un trauma.
Esto me causaría un trauma.
- ¿Qué ocurre, Dylan? - pregunté con pasividad nada más descolgar el teléfono.
- Es papá. Los doctores dicen que está grave y son bastantes. ¿Crees que tienen razón? - preguntó desde la otra línea. Parecía muy nervioso, inquieto y bastante preocupado a la vez.
- No te preocupes, cariño. Todo va a ir bien. Estaré allí en unos minutos. Tranquilo - embocé una entre sonrisa e hice lo que pude para intentar calmarlo. Lo único que faltaba era preocuparlo aún más.
Colgué al no recibir respuesta y recogí las cosas del armario con rapidez para disponerme a marcharme.
Al momento, sentí unas manos tiernas y dulces rodeándome la cintura. Por un momento, me quedé quieta sin moverme ni un solo milímetro.
Al final, me di la vuelta. Pude ver el rostro de Derek observándome con una sonrisa de oreja a oreja.
Al final, me di la vuelta. Pude ver el rostro de Derek observándome con una sonrisa de oreja a oreja.
No dije absolutamente nada. Me volteé de nuevo y apoyé mis manos sobre las suyas.
Él había vuelto, por eso no contestaba mis llamadas. Por eso, había estado tan ocupado.
Volvió por mi y cuanto más lo pensaba mayor era la sonrisa que se iluminaba en mi rostro.











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