domingo, 21 de mayo de 2017

(T2) CAPÍTULO 45: REMEMBER






Narrador Onmisciente:




El ambiente era sórdido y estremecedor. 

Dio un paso al frente decidido pero unos segundos antes de que apretase el gatillo, Susan apareció interponiéndose delante de su hija que se encontraba tendida en el suelo y apenas era capaz de respirar con normalidad. 

El disparo resonó por todo el hospital.  

Un grupo de policías intervinieron con rapidez pero ya era demasiado tarde. 

Susan se encontraba al lado de su hija. Su vista estaba completamente vacía, sin vida y las lágrimas que recorrían su rostro se habían secado por completo.

 Uno de los hombres de traje azulado, se arrodilló a su lado mientras atendían a la hija, que al contrario que la madre tenía pulso, débil pero lo tenía.

- Ha fallecido. Le disparó muy cerca del corazón. Perdió mucha sangre - exclamó mientras se erguía y ladeaba la cabeza. 

Detenieron al asesino y uno de los enfermeros del hospital cargó a Miriam en una de las camillas.

- ¿Sobrevivirá? - preguntó uno de los policías mientras otro doctor certificaba la muerte de Susan.

- No lo sé. No hay orificio de salida, debemos extraerle las balas y ver que sucede.















- Dios mío, ¿mamá ha muerto? Pero... ¿Por qué estaba aquí? ¿Por qué no me avisó de que venía? - murmuró Coque mientras sus lágrimas le nublaban completamente la vista.

Aunque se lo repitiesen mil y una veces, él seguía sin poder creerse todo lo que había ocurrido. 
Érica se mantenía en un rincón de la habitación mientras sollozaba en silencio, cuando se enteró del tiroteo, no dudó en venir corriendo a ver a su amado. 
Su padre estaba a su lado, se encontraba muy aturdido y apenas podía pronunciar palabra. Ni siquiera era capaz de llorar y liberar la presión que sentía en su corazón.

Pris, se encontraba en la sala de espera con Jessy. Ambas estaban muy preocupadas por Miriam y no podían dejar de llorar. 

Dani junto a Carlos, estaban de camino. Carlos no dudó en contarle todo a su fiel compañero. 
El humilde chico rubio temía por la vida de Miriam como si fuese su propia vida la que estaba en juego.

- Sé que es duro de aceptar, te comprendo pero tu madre hizo todo lo que pudo por sobrevivir. Era una heroína y esté donde esté te aseguró que siempre estará a tu lado, protegiéndote, pase lo que pase. Eso es lo que hace una madre - intentó consolarle una de las enfermeras que le cuidaba.

- ¿Y mi hermana? ¿Es un vegetal como mi madre?

Dijo sollozando mientras una sensación de rabia comenzó a recorrer su cuerpo.

- Álvaro... Por favor... - advirtió su padre cabizbajo mientras observaba sus manos temblorosas. 
Su voz era quebrada pero audible.

- ¡Mierda papá! ¡No! ¿Cómo puedes estar tan tranquilo después de todo lo que está pasando?
¿Es qué no te importa nada? Mamá ha muerto y mi hermana también morirá y todo esto por que un demente y perturbado se levantó por la mañana y pensó "Voy a matar a personas inocentes porque me apetece". 
La vida es corta, papá. No podemos dejar que lo sea aún más. 

- Coque, no puedes pretender que reaccione de la misma forma que tú. Cada uno actúa de formas diferentes y...

- No te metas, ¿vale? Ha perdido a su mujer y está como si nada hubiese ocurrido así que si, puedo obligarle a reaccionar - le interrumpió de nuevo mientras sacudía y zarandeaba a su padre. Este no dijo absolutamente nada y eso solo provocó que el enfado de Coque fuera más allá. Cogió a su padre por la doblez de su cazadora y lo atrajo a su lado mientras le miraba completamente desconcertado - ¡Despierta de una puñetera vez, papá! ¡Reacciona! - gritó mientras lloraba desconsoladamente.

La enfermera se acercó con rapidez cogiendo al padre de Coque por la cintura y separándolo de él. 

- ¡Ya está! Él no tiene la culpa, nadie la tiene. El psicótico que atacó a tu madre pagará por lo que hizo. Deja de comportarte como un niño cabreado y piensa con claridad antes de actuar - mencionó la doctora intentando mantener la calma mientras el padre de Coque comenzaba a llorar desconsoladamente ladeando la cabeza. 

Unos segundos después, salió de la habitación lo más rápido que pudo y Coque miró al techo intentando calmarse mientras encogía sus piernas y rodeaba sus rodillas con sus brazos.

Érica sollozaba desde el fondo de la habitación mientras sentía como un gran dolor le consumía. 
Ese dolor se fue extendiendo por la parte inferior de su tripa fuertemente.

Se encogió abrazando su barriga y comenzó a sollozar sonoramente llamando la atención de la doctora.

- ¿Qué te ocurre? 

La doctora se acercó a ella preocupada mientras Coque alzaba la mirada volviendo a la realidad.

- No soporto... ¡Me duele!... - tartamudeó sin apenas poder respirar con normalidad. Se hincó sobre sus rodillas mientras continuaba abrazando su tripa. El dolor era cada vez más fuerte.

La enfermera se puso justo a su lado y le ayudó a recostarse sobre el suelo. Llamó a unas doctoras para que le ayudasen a atender a la joven. 

Cuando apartó las manos de su tripa pudo ver claramente como la sangre salía con rapidez extendiéndose por su camiseta. Entonces, su respiración se volvió aún más agitada y la doctora la acogió entre sus brazos aguantándole la cabeza.

- Aguanta. Te ayudaremos. Todo irá bien pero no debes alterarte. ¿Vale? - intentó tranquilizarla la doctora mientras sus compañeras llegaban con una camilla y unos cuantos aparatos médicos. Érica apretó la mano de la doctora con fuerza mientras la miraba con sus grandes ojos completamente dilatados.

Coque se erguió arrodillándose al lado de su novia.

- ¿Qué está pasando? ¿Qué te ocurre? - mencionó acariciando su cabellera mientras su cara cambiaba por completo al ver la sangre que salía sin control de su cuerpo - Estás sagrando mucho, ¿por qué? ¿Doctora? 

- Por favor, debe apartarse de la joven si quiere que sepamos verdaderamente lo que le pasa - intervinió una de las doctoras agarrándole del brazo y apartándole de su novia.

- No, es mi novia. Debo estar con ella. Por favor, no quiero perder a nadie más - sollozó intentando soltarse de su agarre. 

La doctora se posicionó delante de él y le miró totalmente preocupada.

- Vuelve a la cama. Si me deja atenderla, no la perderá - intentó tranquilizarle mientras sus ojos comenzaban a brillar conteniendo pequeñas lágrimas.

Finalmente, Coque le hizo caso y las tres especialistas comenzaron a examinarla.

- ¿Estuviste presente en el tiroteo? - preguntó la doctora mientras le tomaban el pulso y le ofrecían una mascarilla para que pudiese respirar más pausadamente. 

- No exactamente... - expresó muy aturdida mientras el dolor comenzaba a ser menos pesado - Estoy embarazada - miró detenidamente a su novio mientras le ponían la mascarilla y finalmente, cerró los ojos.




- Vale, llevémosla a una de las salas para poder atenderla - ordenó una de las doctoras con rapidez mientras Coque seguía completamente confundido con los ojos totalmente abiertos, pendientes de todo movimiento.

Las dos especialistas, se llevaron a la joven en la camilla. La enfermera que se encargaba de cuidarlo intentó calmarle.

- No te preocupes, te informaremos y te haremos un seguimiento de todo lo que ocurra. 

Coque asintió con ojos lagrimosos.

- ¿Lo sabías?

- No - alzó la mirada unos segundos más tarde.

- Ambos estarán bien - afirmó una última vez saliendo de la habitación a la velocidad de la luz.

Coque estaba totalmente en shock y muy aturdido.
Era demasiada información para progresar y no era precisamente el momento apropiado.

Se envolvió entre las mantas y se encogió como si fuera el ser más desprotegido del universo. Apretó los ojos con fuerza intentando que el dolor cesase pero era completamente imposible.

Ahora que había comenzado era imposible hacer que desapareciese.

Iba a ser papá y lo único que podía pasar por su cabeza era que su madre no podría conocer nunca a su nieto. 









La dulce Lola abrió los ojos lentamente. Se llevó un pequeño susto al ver la cabellera castaña de un hombre que le cogía de la mano con delicaleza.

 Cuando se dio cuenta de que era Henry se tranquilizó. 

Sintió un mínimo dolor en su cabeza y en su entrepierna que le hizo recordar todo lo que había ocurrido. Apretó los ojos con fuerza y se abrazó a si misma apártando su mano de la de Henry.

A los pocos segundos, Henry abrió los ojos y se los frotó lentamente.

Se acomodó sobre la silla en la que estaba sentado y miró a Lola con una sonrisa tierna.

- Despertaste. ¿Cómo te encuentras? - murmuró con voz carraspeante debido al cansancio que aún sentía. Intentó cogerle de la mano pero ella la apartó y comenzó a sollozar fuertemente escondiendo su rostro entre sus piernas - Lola... Mierda, lo siento...

Henry cambió su expresión totalmente. Verla llorar le rompía el corazón. Intentó acercarse para abrazarla dulcemente pero ella se negó por completo.

- Por favor, Lola. Dime que puedo hacer - susurró él intentando mantener la calma mientras se erguía totalmente angustiado.

Ella ladeó la cabeza y el corazón de Henry se encogió mientras unas pequeñas lágrimas amenzaban con rozar sus mejillas. 





La quería y verla tan indefensa, tan desprotegida y tan rota hacía que él también se sintiese de la misma forma.

Un doctor acudió a la habitación nada más escuchar los lloros.

Cogió a Henry por los hombros y le susurró que debía dejarla sola ya que necesitaba tiempo. 

Henry asentió y salió a la sala de espera donde aguardaban algunas de sus amigas y su hermano que se levantó y caminó hacia él al nada más verlo.

Se sentó en el suelo totalmente aturdido y reprimió las lágrimas aunque por poco tiempo.





- No quiere mi ayuda, no quiere mi compasión, no quiere ver a nadie y... - sollozó mientras su hermano lo acogía entre sus brazos.

- Mierda, lo que me haces hacer... - intentó consolarle mientras pasaba la mano por su espalda - 
Déjale tiempo. Ha vivido una experiencia horrorosa, necesita aclarar su mente, necesita recuperarse. 
Ella sabe que estás ahí y cuando de verdad necesite tu ayuda, te la pedirá.

- Fue culpa mía. Discutimos y... Ella se sentía sola y aquel gilipollas apareció. Solo quería divertirse. 
Debí de estar ahí, debí evitarlo - repetía una y otra vez mientras su hermano le apretaba fuertemente contra su cuerpo.

-  Oye, interveniste cuando pudiste, la curaste, le diste todo el amor del mundo y la trajiste al hospital. Lo has hecho bien pero no puedes hacer más, solo esperar - le cogió de los hombros haciendo que le mirase - ¿Vale? 

Henry asintió mientras volvía a abrazar a su hermano.













- Puede que me odies, yo también lo haría. Debí pararte los pies, no sé como pude dejarte ir. Pude salvarte, solamente pude... Hacer algo - suspiró mientras la miraba completamente destrozado. Acarició su melena una vez más y besó su frente con delicadeza - Los doctores dicen que tuviste varias hemorragias durante la operación pero finalmente, lograron sacarte ambas balas de los brazos. 
También dijeron que perdiste mucha sangre y que tu pulso era muy débil pero la operación salió bien y... aún así puede que no despiertes - se tapó la cara con ambas manos y bufó mientras intentaba mantener la compostura - Sé que despertarás, Miriam. Eres fuerte, muy fuerte. Aún no es tu hora. Aún nos queda mucho por vivir, ¿vale? Tienes una hermosa vida por delante. Debes seguir aprendiendo y cumplir tu sueño, cantar, tienes que estar ahí cuando tu hermano se gradué, también debes seguir protegiendo a Dylan como lo has hecho hasta ahora. Además, las locuras de Jessy y Pris no serían lo mismo si tú no estás, mi exnovia seguirá acosándome y no podrás salvarme como lo haces siempre. Te necesitamos, todos. Nos haces falta porque eres parte de cada uno de nosotros y no puedes abandonarnos. No puedes dejarnos, si no no seríamos nosotros.
Dani ha venido, creo que le gustas, está muy preocupado por ti y Carlos también. Jessy y Pris están muy preocupadas por ti, no paran de recorrer la sala de espera totalmente desesperadas y Coque también lo está. Tu padre te necesita, está totalmente en shock, no es capaz de asimilar todo esto. 
Joder, Miriam. Tienes que abrir los ojos. He traído tus rosas favoritas y he llegado a aceptar a Dani por ti. No puedes abandonarme. Casi te pierdo una vez y no quiero volver a sentir ese dolor - la miró con amor mientras besaba su mano cálida nervioso - No soy de rezar pero por ti lo haré. Por ti haría lo que fuera. Daría hasta mi propia vida porque te amo y dicen que el amor es eterno. Así que quiero vivir mi eternidad contigo - escondió su cabeza entre las mantas evitando llorar y el silencio les consumió por completo nuevamente.













- ¿Qué haces aquí?

- Acaban de darme el alta - dijo él apoyado en el marco de la puerta mientras ella le miraba delicadamente - Te echaba de menos - dijo accediendo a la habitación y dejando un ramo de flores a su lado.

- Claveles - murmuró ella cogiendo el ramo entre sus manos y percibiendo el olor que desprendían - Mis favoritas.

Las dejó a un lado y alzó la mirada nuevamente para encontrarse con la de él.

- No me mires como si sintieses compasión por mi - le sermoneó la joven suspirando mientras jugueteaba con sus dedos.

El chico se sentó a su lado y acarició su rostro con cariño. Ella le respondió cerrando los ojos y sintiendo su contacto de la forma más agradable.

- ¿Cómo estás?

- Un poco mareada por los medicamentos pero bien. ¿Y tú?

- Físicamente bien pero... 

El joven no dijo nada más. Ella lo interpretó al momento. Se incorporó y le abrazó con dulzura apoyando el mentón en su hombro derecho y acariciando su espalda.
Él cerró los ojos. Hacia mucho tiempo que no recibía un acto así por su parte.
Fueron unas semanas horrorosas pero tenía la sensación de que su relación se estaba reforzando por momentos y eso le reconfortaba. 

No podría soportar perder a alguien más. Hoy no.

- Oye, siento que estas semanas nos hayamos alejado tanto y nuestra relación se distanciase. Han ocurrido tantas cosas que no me di cuenta de lo que pasaba entre nosotros pero... Érica, vamos a tener un bebé - sonrió con emoción mientras le besaba la mejilla - Tal vez, no seamos los mejores padres del mundo pero no le faltará amor, de eso estoy completamente seguro.

 - Siento no habértelo dicho antes. Pensé que no era el mejor momento y tenía miedo de tu reacción - mencionó entrelazando sus manos con las de él.


- No pasa nada. Lo importante es que ahora lo sé. ¿De cuánto estás?

- Un mes y medio más o menos.

- ¿Qué te dijo la doctora? - preguntó mientras se acomodaba a su lado y ella le miraba con cierto brillo en los ojos.

- Que debía de tener cuidado con esos nervios y que no debo contener tanto extrés. Es malo para el bebé y también para mi.

- Tiene razón. Casi perdemos a nuestro bebé y fue por mi culpa. No debí alterarme de esa forma...

- Oye, ya hablamos sobre eso. No fue tu culpa. El bebé está bien y eso es lo que importa. Solo necesito reposo y llevar todo esto con tranquilidad - exclamó relajada mientras apoyaba la cabeza en su pecho y él continuaba jugueteando con sus manos entrelazadas.

- Cierto, ahora no pero más adelante podemos... no sé. Comprar un piso para ambos. Quiero estar contigo todo el tiempo posible.

 Ella rió flojo y se volteó para mirarle a los ojos. Estaba bastante sorprendida ante lo que acababa de decir.

- ¿Hablas en serio? 

- Sé que parece precipitado pero que mierda, vamos a tener un bebé y eso ya es bastante precipitado - le respondió mientras ella sonreía por momentos. 

- Si y de paso nos casamos también - concluyó ella riéndose mientras volvía a reposar su cabeza sobre su pecho.

Él no respondió. Se quedó pensativo por unos instantes mientras acariciaba su tripa. 
Érica pronunció su nombre preocupada por no recibir respuesta. 
Finalmente, volvió a mirarle a los ojos y le acarició el rostro suavemente. Él sonrió con los ojos totalmente dilatados.

- Casémonos - dijo con cierta emoción como si las palabras saliesen solas de su mente. 

- Espera, ¿qué? Era ironía, Coque - respondió ella riéndose sin comprender nada de lo que estaba ocurriendo.

Coque acarició de nuevo su tripa y besó su frente. 
Él sabía muy bien lo que decía, no estaba delirando si no todo lo contrario.
La quería y la deseaba de todas las formas posibles. 







- No, Érica. Te quiero y no quiero compartirte, no quiero que seas de nadie más. Cásate conmigo. Por dios, casémonos - mencionó cogiéndole de las manos y mirándola fijamente a los ojos mientras esperaba una respuesta por su parte.

- Coque, aún somos muy jóvenes, tenemos toda la vida para hacerlo.

- No. Estos días aprendí que la vida es demasiado corta como para desaprovechar un solo minuto.
Quiero que seas mía, quiero que seamos una familia de verdad. Sé que es la peor proposición del universo pero no estaba premeditada. Espera.

Coque se levantó y caminó hacia su cazadora.

- ¿Qué...? - susurró ella sin entender que pretendía hacer.

Cogió algo del bolsillo de la misma y volvió a donde se encontraba ella.

Se sentó a su lado y le cogió de la mano una vez más.

- Soy un completo desastre. No me he currado ninguna proposición dramática ni original como en las películas pero pienso que si te será inolvidable y podrás burlarte de mi hasta el fin de los tiempos. 
Cierro los ojos y solo puedo ver cinco niños correteando por los alrededores, una mujer terriblemente hermosa haciendo el desayuno y a un hombre completamente feliz observando como un niño con un juguete nuevo, a su familia. Eso es lo quiero contigo, eso es lo que más deseo en estos instantes. 
Quiero hacerte feliz como tú me haces mi. Te amo, Érica y si - metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un pequeño Chaski de el. Ella no pudo evitar reír mientras él la miraba alzando una ceja - Al menos cuando tengas hambre podrás comértelo. Ha sido una asquerosa improvisación y entiendo que quieras arrancarme la cabeza pero antes... ¿Aceptas casarte conmigo?

Érica le miró con dulzura por unos instantes. De verdad le amaba, le quería con toda su alma y no deseaba decepcionarle jamás. Por eso no dudó, por eso no se echó atrás.

- Si, Coque. Si quiero casarme contigo - anunció totalmente orgullosa mientras él reía como si le hubiese tocado la lotería y en cierto modo, así era. Ella era para él el mejor regalo que le podían haber hecho.

Coque depositó el Chaski en su dedo meñique y sonrió al ver que encajaba a la perfección.








- Y ahora toca besar a la prometida - susurró con voz sensual en tono bajo.


 Ella rodeó su cuello con ambas manos y rozó su nariz con la de él mientras no dejaba de sonreír como si fuese la chica más feliz del universo. Coque, le rodeó la cintura con sus manos delicadamente y la sentó sobre su regazo mientras se apoderaba firmemente de sus labios. 






Ambos se deleitaron en un gran beso que no parecía tener fin.

Cuando al fin se separaron, ambos se miraron fijamente a los ojos.

- Te quiero - le susurró la pequeña embarazada mientras él la abrazaba con dulzura.

Ella sonrió forzosamente mientras este le dejaba casi sin respiración. 
Coque estaba muy emocionado y si... ¿el niño que esperaba no fuese precisamente de él? 
Hace una semana, le habían dado las pruebas para saber si él era el padre pero no se atrevió a abrirlas. 
No pudo hacerlo y tal vez, ella nunca fuese capaz de averiguarlo. 














- Lleva casi una semana sin dar ningún tipo de progreso - mencionó el doctor mientras todos los presentes le miraban como si sus palabras no tuviesen ningún tipo de sentido.

-  ¿Y? No nos hablé en clave, doctor - intervinió Jessy mientras se cruzaba de brazos y le observaba amenazante.

- Deben hacerse a la idea de que tal vez no llegue a despertar.


- Cállese.

- ¡Jessy! - soltó Pris cogiéndola del brazo para que se relajase.

- Estoy harta de que todo el mundo diga lo mismo. Despertará, lo hará - respondió mientras los demás miraban al suelo sin saber muy bien que decir - ¡Vamos! ¿Qué pasó con esa esperanza que sentíais al principio? - zarandeó ambas manos mientras ellos seguían sin inmutarse y se miraban mutuamente - Me dais asco, enserio - dijo haciendo una mueca y zarandeando la cabeza mientras se libraba del agarre de Pris.

- Voy a entrar a verla - soltó Dani después de que Pris y Jessy se esfumasen.

Derek asintió sentándose en la sala de espera.

- Eso le animará.

Dani le sonrió. 

Al principio, la presencia de Derek no le agradaba pero durante todos estos días acabó cayéndole bien y comprendió que era una buena persona para Miriam y que el amor que sentía por ella era verdadero.




- Todos han perdido la esperanza. Ha pasado una semana y sigue sin haber señales que demuestren todo lo contrario - explicó Dani mientras le observaba y tragaba saliva - Te estás perdiendo tantas cosas que no sé ni por donde empezar para contártelas.


Miró detenidamente el montón de máquinas médicas que le rodeaban y siguió con la mirada el tubo que conducía a la máquina que respiraba por ella.

- Te echo de menos. En verdad, todos lo hacemos. Solo... quiero pensar que esto es una horrible pesadilla de la cual algún día podremos salir. Eso me ayuda a no derrumbarme. 

Se quedó callado durante un rato que para él fueron escasos segundos. Se sentía seguro a su lado, le encantaba esa sensación. 

Se irguió para irse, había quedado para ensayar con los chicos y no quería llegar tarde.

Cuando abrió la puerta y estaba dispuesto a salir, algo le hizo volverse a atrás.
Escuchó un pequeño ruido. 
Se volteó y no pudo creer lo que vieron sus ojos. Miriam aporreaba los hierros de la cama para llamar su atención. Aún no había abierto por completo los ojos pero estaba despierta.






Dani se llevó las manos a la boca. Se acercó a ella mientras ciertas lágrimas de felicidad rozaban su rostro. 

- Dios, no puedo creer que sea cierto. No puedo creer que hayas despertado - sonrió cogiéndole de la mano mientras ella aún muy aturdida le miraba con los ojos entrecerrados.

Llevó su otra mano al tubo. 

- Aguarda, llamaré a un médico - dijo irguiéndose y dándole al código azul. 

Al poco rato, un enfermero se deshizo del tubo dado que ya no lo necesitaba. 

- Vendrá un médico ahora a revisarla - informó antes de abandonar la habitación.

- Dani... - murmuró con una voz casi inaudible.
 Él la paró en seco y entrelazó sus manos con las de él.

- No fuerces tu garganta - le indicó mientras le miraba aún desconcertado. Aún no se podía creer que hubiese despertado.

Ella le miró sin saber muy bien como reaccionar.
Le agarró del brazo y entonces, Dani decidió tumbarse a su lado por unos instantes para tranquilizarla y demostrarle que todo estaba bien 

- Estoy viva - murmurró ella con la voz carraspeada mientras le observaba de reojo.

- Eso creo.

Miriam comenzó a reírse grotescamente. Dani no supo muy bien como actuar así que se rió junto a ella y la abrazó mientras apoyaba su rostro sobre su cabeza.



- Te eche de menos.

Entonces, ella paró de reírse y le miró mientras tragaba saliva y bajaba la mirada.

- ¿Pasa algo? - se preocupó Dani buscando su mirada y levantándole el mentón. 

Ella miró al frente mientras una lágrima bajaba por su mejilla.

- Ha muerto.

- ¿Quién? - preguntó Dani confundido.

Ella giró su rostro para mirarle.

- Mi madre.










- ¿Estás lista?

Miriam se volteó y observó detenidamente a su novio mientras se colocaba su reloj.

- No, nunca se está lista para algo así.

- Lo sé - se acercó y puso las manos sobre sus hombros - Es duro, créeme. Pasé por ello. Por un tiempo te sentirás totalmente perdida pero ese sentimiento va desapareciendo poco a poco.

- No creo que el dolor desaparezca - bajó la mirada suspirando.

- Siento decirte que eso nunca desaparece. Solo debes aprender a vivir con él.

Ambos se miraron, ella apartó la mirada segundos después como si se tratase del sol y le cegase.

- ¿Cómo te encuentras?

Habían pasado unos días, le habían dado hace poco el alta y aún no se sentía bien emocionalmente.

- ¿Es qué no lo ves? No tienes porqué preguntármelo cada 5 segundos.

- Está bien - alzó ambas manos sobreprotegiéndose.

- Todo está listo. Debemos irnos - intervinió Coque en la habitación de su hermana.

Ella suspiró mientras tomaba aire.

- Estás preparada, lo estás - murmuró Derek cerca de su oído.

- Deja de decirlo. Ambos sabemos que no es cierto - dijo ella dando por finalizada la conversación y saliendo de la habitación.

Derek suspiró apretando los ojos con fuerza.

Desde que despertó, no dejó que la abrazase, ni la besase y el más mínimo roce ya la ponía de los nervios.

Estaba preocupado. Él comenzó a pensar que ella estaba cabreada porque dejó que se fuera y no lo impidió.

No estaba seguro. Solo... La echaba de menos.

Echaba de menos a aquella mujer alegre y risueña que le despertaba todas las mañanas con un dulce beso. Pero esa mujer había muerto.

Ahora era fría, insensible y el mal humor rebosaba en su cuerpo.

Derek se preguntaba si algún día volvería a ser la mujer de la cual se enamoró.






- Demos gracias a Dios. Allí donde esté la protegerá siempre y nunca marchará de nuestros corazones.
Amén.






Todos los familiares y algunas de las amistades de la familia se encontraban en el entierro de la madre de Miriam.

Ya la habían encinerado hacía unas semanas pero decidieron enterrar sus cenizas ya que pensaron que ella se merecía una celebración como esta.

Un montón de pésames recaían continuamente. Abrazos, besos y un "siempre estará contigo" no tenían ningún valor para Miriam.

Cuando todo el mundo abandonó el cementerio, Miriam se quedó observando la lápida unos minutos más mientras depositaba un rosa roja sobre ella.

- Te quiero mamá - mencionó mientras se abrazaba a si misma y mientras sentía ciertos escalofríos debido al viento que comenzaba a levantarse con fuerza.

Coque apareció de la nada. Tendió su chaqueta por sus hombros y no dijo absolutamente nada. El dolor que ambos sentían inundó el ambiente. Los dos tenían el corazón totalmente roto aunque Miriam, se sentía culpable de su muerte, de no haberla ayudado y de haberse salvado.

Miriam le miró con ojos brillosos, estaba conteniendo las ganas de llorar.

Coque pasó sus manos por sus hombros tratando de no rozar las pequeñas marcas de sus brazos. Miriam se ponía de los nervios cuando alguien las tocaba.

Entonces, no lo pensó más. Le abrazó con fuerza porque eso era lo que necesitaba en esos momentos.





- Por favor dime que todo irá bien.

Él aún sorprendido ante su gesto, le siguió el abrazo apoyando el mentón en su hombro y acercándose a su oreja.

-Todo irá bien - susurró en tono muy bajo sin soltarla ni un solo momento.









 " Susan Hail
18 de noviembre de 1975 – 8 de septiembre de 2010
En recuerdo de su marido y sus dos hijos.
Siempre estará en sus corazones.
                               
    D.E.P. "
   





domingo, 30 de abril de 2017

(T2) CAPÍTULO 44: LA VIDA ES LA NOVIA DE LA MUERTE






Narra Lola:




Me dolían los pies. Era como si tuviese trocitos de cristales en ellos y apenas pudiese moverlos.

Empezaba a odiar los tacones. Los tennis eran sin duda mucho más cómodos para bailar.

No es por nada pero Mason bailaba estupendamente bien. No intentó nada brusco conmigo. Fue amable y un verdadero caballero.

De repente, la música electro desapareció y una sonata suave y pausada invadió el ambiente.

Mierda. Era una música apagada y triste. No me gustaba en absoluto. Noté como unas lágrimas pequeñas bailaban en mis ojos. Miré al cielo conteniéndolas.

Mason sonrió. Tal vez su aspecto engañe mucho. No es frío, es agradable y muy carismático. Me agrada.

Rodeó mi cintura con su brazo izquierdo y apoyó su dulce mano en mi hombro.

- No sé bailar este tipo de canciones - murmuré a su oído mientras enrollaba mis manos en su cuello con cierta timidez.

- Tú solo déjate llevar - soltó sonriente mientras comenzaba a moverse por la pista.

Creo que le pisoteé unas cuantas veces pero no se quejó ni una sola vez, ni siquiera se inmutó. Era un chico realmente adorable.

Miré a los alrededores.
Keyla se reía junto a Yely en un rincón del local, parecían estar pasándoselo en grande.
Kelly seguía bailando junto al chico bastante atractivo de antes y finalmente, Maddy se encontraba en la barra pidiendo una buena ronda de chupitos mientras apostaba con un montón de chavales.

Sonreí. Todo había empezado tan mal que me extrañaba que pudiese acabar tan bien.

Seguí observando a las parejas bailar en la pista y de pronto, algo me llamó la atención.

Henry estaba entrando por la puerta principal. No, no podía ser él aunque se parecía muchísimo.

Su cabello revuelto y castaño, sus ojos brillantes y expresivos, su boca comestible y adorable... Por no hablar de su camisa descolocada y esos pantalones que le hacían un culo espléndido.

Si no era él se parecía muchísimo.

Entonces, su mirada se cruzó con la mía y fue cuando supe que era él porque el dolor que destacaba en su mirada era inmenso y me hacia sentir completamente mal y culpable.

Me separé de Mason y le sonreí.
Él me observó extraño.

- Necesitó ir al baño. Vuelvo ahora - le grité para que pudiese escucharme sobre el sonido de la música.

Él asintió y yo me encaminé al cuarto de baño a la velocidad de la luz.

Henry me observó y yo a él y entonces las lágrimas contenidas salieron a la luz.
¡Mierda!

¿Por qué ha venido? ¿Por qué está aquí? Y lo peor, ¿por qué me mira con ojos de cordero degollado?

No, llevo toda la noche pensando en ti y cuando al fin, mi mente desconectó...Vuelves a incidir en ella.
Te odio y al mismo tiempo te amo, nunca había sentido algo así pero en cierto modo, nunca había sentido algo como lo que siento por ti, Henry.






Narra Miriam:




- No puedes quedarte aquí, Miriam.

- No quiero quedarme - murmuré mirándole mientras continuaba caminando por el pasillo.

- Si quieres, es más fácil. ¿Quieres dejar de dar vueltas? - me cogió del brazo y me solté de su agarre con fuerza. No tenía derecho a hablarme así.

- ¿Sabes? Cuando estabas vivo eras más agradable.

- Derek te quiere y tú a él. ¿Enserio pensaste en abandonarle? Y que me dices de Coque. Ha superado una operación, se está recuperando. Perder a su hermana debe de ser un golpe tan grande para él.

- ¡Vasta! - grité empujándole y puse ambas manos sobre mis oídos. No quería escucharle. Solo decía chorradas que me hacían sentir mal.

Al momento, se acercó de nuevo a mi y me cogió las manos inmovilizándome.
Sentí su aliento frío y sin fuerza sobre mi rostro.
Me retorcí pero era imposible escapar de su agarre.

- Llevo más tiempo muerto que tú. Sé lo que sentirás, sé todo el dolor que te queda por experimentar. Si no te liberas ahora, nunca tendrás la oportunidad de hacerlo.

Me sermoneó mientras sus ojos grises incidían sobre mi. No lo soportaba más.

- ¡Cállate! - grité con todas mis fuerzas. Las lágrimas salieron sin parar por mis mejillas.

Sabía que llevaba la razón y eso me asustaba. Me asustaba mucho.

Cuando abrí los ojos ya no estaba.

Sentí mi corazón latir a cien por hora e intenté recuperar la respiración.










Narra Lola:



Me miré en el espejo sintiéndome una completa idiota. Había huído de Mason y me había escondido de Henry.



No me siento orgullosa de mi misma si no todo lo contrario. Me siento una verdadera cobarde. Si, eso es lo que soy.

- No le mires, no le hables, no sientas compasión. Es agua pasada para ti - suspiré limpiándome las últimas lágrimas del rostro con un pañuelo y mirando mi reflejo en el espejo. Hablar con mi propio reflejo es la chorrada más grande que había hecho en mi vida pero lo necesitaba, necesitaba esa fuerza en esos instantes.

Menos mal que no había nadie. No me agradaría que todo el local se enterase de que era una frágil y debilucha.

Cuando estaba dispuesta a salir después de unos minutos, la puerta del baño se abrió y tras ella apareció Mason con ojos dilatados y brillantes.

- ¿Qué haces aquí? Te dije que no tardaría - le reproché mientras él se acercaba a mi rostro e inclinaba la cabeza.

- Me preocupaste. Solo eso.

- Eres un encanto, Mason - sonreí como pude y accedí a la puerta para salir de aquel lugar que empezaba a ahogarme.
Me sentía mareada y sin fuerzas. Se me habían pasado las ganas de bailar, incluso de beber.

Cuando intenté forzar la puerta, esta no abría. Pestañeé numerosas veces. ¿Qué me estaba pasando?

Me senté junto a la puerta y cerré los ojos con fuerza. Pensé que al abrirlos de nuevo, todo el mareo pasaría de golpe pero por lo visto me engañé.

- ¿Por qué no abre la puerta? Me encuentro muy mal - susurré mientras Mason se acercaba a mi. Se puso de rodillas justo a mi lado izquierdo y acarició mi rostro con delicadeza. - Mason...

- Es por tu bien, Lola. Lo hice por tu bien - volvió a repetir mientras mordía lentamente mi oreja. Mi respiración se aceleró y mi pulso también. Intenté separarme de él pero no tenía suficiente fuerza y no veía más que puntos borrosos.

- ¿Qué me hiciste?

- Solo te eché algo en la bebida. Ya verás lo bien que nos lo vamos a pasar - susurró justo a mi oído mientras ponía sus manos en mis piernas y las acariciaba siempre en el mismo sentido.

- Por favor, no me hagas daño - murmuré intentando apartar su mano de mis piernas.

Entonces, me agarró por la cintura aprisionándome contra la pared. Sentía su fuerte aliento en mi rostro. Me retorcí pero fue en vano. Mi fuerza fue consumida por esa mierda que me echó. Ni siquiera podía gritar y pedir auxilio.

Giré mi rostro. Él besó mi cuello con rapidez mientras sus manos volvían a subir por mi pierna. Me encogí intentando que soltase mis manos pero fue imposible.

Noté como entrometía su mano entre mi entrepierna. Quise gritar, liberarme y salir corriendo de allí.

- No te muevas, estúpida - susurró mientras se desacía de mi ropa poco a poco y besaba cada parte de mi cuerpo.

Cuando me desnudó por completo comenzó con una tortura que jamás podré olvidar.

Un dolor inmenso me inundó por completo. Actuaba de manera brusca y rápida.

Lloré como nunca antes había llorado.

Parecía que el sufrimiento nunca acabaría.
Solo quería escapar, huir muy lejos de él.

Todo fue mi culpa. Nunca debí acercarme a él.

Y cuando todo parecía acabar, cerré los ojos con fuerza deseando que todo esto solo fuera un sueño. Entonces, escuché un fuerte sonido. El hombre me empujó bruscamente haciendo que cayese en el suelo. Creo que marchó, que se escapó y huyó de allí.

No lo sé, solo me alegraba de que todo hubiese terminado pero el dolor que sentía era demasiado duro de aguantar. Nunca me había sentido tan indefensa, tan insegura y tan estúpida.

El golpe que me di en la cabeza también me dolía a más no poder. Ya no podía ver nada. solo tenía frío, mucho frío y ni siquiera tenía las fuerzas suficientes para abrazarme a mi misma.
Mi respiración seguía agitada, mi corazón no paraba de latir a la velocidad de la luz y la tensión debió subirme por las nubes.


No sé cuanto rato había pasado. Cuando abrí los ojos, le vi. Me asusté e intenté alejarme de él pero recordé que no tenía fuerzas.

- Soy Henry. No te haré daño. Tranquila - noté su voz muy ronca, sin vida.

Caminó hacia mi después de cerrar la puerta. Noté como largas e inmensas lágrimas recorrían su rostro. Me miró y cerró los ojos con fuerza.

- Lo siento, debí de llegar antes. Debí protegerte de él y no lo hice - noté como apenas podía pronunciar palabra. Seguía llorando como si no hubiese un mañana en cambio, mis lágrimas ya se habían secado y yo ni siquiera tenía fuerzas como para seguir llorando.

Y se arrodilló a mi lado, mirarme le dolía. Le dolía saber que pudo hacer algo, que no debió de esperar tanto antes de intervenir.

- Solo te tocaré si me das tu permiso.

Le observé con un mirada completamente pérdida. Me alegraba de que estuviese aquí y de que accediera a ayudarme.

Eso calmaba un poco mi dolor interior. Era más fuerte que el exterior.

Asentí como pude y el me abrazó apretándome fuertemente contra su pecho.

- Te juro que si alguna vez le vuelvo a ver, no estará vivo para contarlo.

Noté como la rabia se apoderaba de él. Lloré en su regazo mientras me apropiaba de su calor corporal.

Poco a poco estaba recuperando la vista y creo que eso era buena señal.

- Prometo que nunca dejaré que te hagan daño - besó mis nudillos mientras continuaba llorando con fuerza.

Le observé por unos minutos sin demostrar ninguna expresión.

Se quitó la camisa junto a la cazadora y me vistió con delicadeza y cuidadosamente.

- Recogeré tu ropa. Ahora debo mirarte esas heridas y luego te llevaré al médico - dijo cogiéndome las manos con cariño y besando de nuevo mis nudillos. - ¿Vale?

Su respiración era igual de agitada que la mía. Cerré los ojos poco a poco.

- Oye, no te duermas. Sigue conmigo por favor. No te duermas - repitió mientras soltaba mi mano.

No quería que soltase mi mano. No quería que se alejase de mi. No quería estar sóla.

Abracé su pierna derecha. Él se quedó a mi lado y volvió a abrazarme.

- Está bien. No te dejaré.

Me cogió entre sus brazos y me cargó con cuidado. Acarició mi rostro lentamente y suspiró mientras se limpiaba las lágrimas de sus ojos.

- Te pondrás bien. Te lo prometo.

Alcé mi mano y él la juntó con la suya enrollando sus dedos con los míos. 

Salimos por la puerta de atrás. Apoyé mi cabeza en su regazo. Por primera vez en toda la noche, me sentía segura a su lado y el dolor parecía menos doloroso.

Me dejó sobre el asiento del copiloto y me cubrió con una manta mientras besaba mi frente con dulzura.

- Te quiero - dijo entre sollozos mientras apartaba un mechón de cabello de mi rostro.

Fue lo último que pude escuchar antes de sentir un fuerte dolor en la parte inferior de mi barriga y perder la consciencia.








Narra Miriam:




Nada más ver a Jerry en una esquina, fruncí los labios y luego el ceño.
Sabía que debía contárselo, no podía callármelo más.
Suspiré y caminé hacia él. Jerry estaba en un rincón y me observaba de reojo.

Me senté a su lado. Giró un segundo el rostro para mirarme y luego continuó mirando al frente.

Yo miré el techo y bufé.


- Derek me advirtió de que no entrase. Pase totalmente de él y sé que estuvo a punto de perseguirme, que estuvo a esto de ir a por mi pero no lo hizo porque respetó mi decisión y mis deseos aunque fuera la idea más alocada del universo.
Todo iba bien hasta que él llego. Yo solo quería proteger a mi madre. Por un segundo pensé: "mejor yo que ella"y si, caminé hacia mi muerte cuando a lo mejor, podría darme tiempo a esconderme. No sentía miedo, ni inseguridad. Estaba bastante convencida de la decisión que acababa de tomar.
Ahora el recuerdo de aquel hombre disparándome y yo desangrándome siempre permanece en mi mente como si fuera una lección de la vida.




- ¿Desde cuando lo recuerdas? - pronunció mirándome detenidamente mientras intentaba contener mis lágrimas.

- Desde que me desmayé por última vez. Ahí lo recordé completamente todo.

- ¿Pero por qué te rendiste? ¿Qué te hizo ir directamente hacia tu muerte? ¿Por qué dejaste de luchar?

Le miré a los ojos completamente contenida. Me encogí de hombros y ladeé la cabeza.

- ¿Nunca sentiste que no encajabas? ¿Qué siempre hay otra persona que rápidamente te roba tu lugar y hace que te conviertas en la chica invisible? - reí flojo mientras pequeñas lágrimas resbalaban por mi mejilla - Simplemente pensé que mi muerte no le importaría a casi nadie. Pueden vivir sin mi. Estarán bien - le miré y asentí con la cabeza. - ¿Esto está pasando de verdad? Porque si la muerte es así déjame decirte que es un asco - exclamé bruscamente mientras él me miraba y se reía.

- Tal vez, si lo sea.

Le miré nuevamente y sonreí.

- Sé que intentaste avisarme de que sucedería. Tus señales fueron claras pero que lástima que no pudiese darme cuenta antes.

- Hasta tuve que morir para avisarte y de nada sirvió.

- Eres un buen guardaespaldas, Jerry - afirmé sonriendo forzadamente.










Narra Carlos:




David se había ido a comprar unas cuantas cosas para comer esta noche.
Había visto una noticia en la televisión bastante alarmante.

Se había producido un tiroteo en un hospital de la zona. Eso me causó varios escalofríos.
Hace varias semanas, estuve allí... Imagínate que hubiese ocurrido en ese mismo instante, me cagaría en los pantalones.

Cuando estaba apunto de coinciliar el sueño, el timbre de la puerta sonó.

Tuve que levantarme e ir a abrir a duras penas.

Seguramente sería David, fijo que se olvidó las llaves como hace siempre.

Arrastré los pies apesaradamente. Y abrí frotándome los ojos aún soñoriento.

Nada más abrir la puerta, pude contemplar a una chica indefensa, cohibida e insegura.

Me abrazó con fuerza mientras sollozaba en mis brazos. Me quedé en shock. ¿Qué hacía ella aquí? Pensé que nunca jamás volvería a verla.
Aún con tantas dudas en mi mente, le seguí el abrazo consolándola.

Imaginé que ya no quería verme más. Sus evasivas me lo dejaron muy claro. Aunque allí estaba, frente a mi y estrugándome como nunca nadie lo había hecho.

- Lo siento mucho. Nunca debí decirte lo que te dije y mucho menos actuar como una completa imbécil.
Sé que tienes muchos motivos para odiarme. Solo quería disculparme - susurró débil mientras se separaba de mis brazos y me miraba a los ojos con una mirada triste y apagada. Las lágrimas seguían recorriendo sus mejillas.

- Jessy, ¿estás bien? - murmuré preocupado mientras acariciaba su cabello.

- Casi muero hoy - mencionó tartamudeando mientras pasaba sus manos por su rostro secándose las lágrimas con el dorso de su mano - Y en lo único que pude pensar fue en que me comporté como una gilipollas contigo. ¿Cómo cargar con esa culpa por el resto de mi eternidad?

Puse mis manos sobre las suyas. Las aparté de su rostro y apoyé mi frente sobre la suya.

- Si te pasase algo, que fueras gilipollas sería en lo último que pensaría. Y sin duda, aquí el único cabeza hueca, estúpido, egoísta y realmente idiota soy yo.
Siento lo que pasó.
Siento haberme enamorado de ti - gruñí y miré al cielo mientras me mordía los labios - Siento haberte asustado y presionado.

- ¡No! Actué de una forma horrible, no dejé ni que te explicases y esos mensajes me pusieron de los nervios. Fui una estúpida.
No es culpa tuya, nadie predice lo que va a ocurrir ni como... te vas enamorando poco a poco.
Fuiste valiente. Me lo dijiste sin más y de la forma más dulce del universo.

Acarició mi rostro y sonrió forzadamente.

- Valiente o no. Te perdí y eso es como si me arrancasen... - me interrumpió poniendo el dedo índice en mis labios. Alcé la mirada con ojos lagrimosos y ella sonrió escasamente.

- Sigo aquí. He venido a pedir tregua y si te parece bien, me gustaría volver a ser tu amiga - se lamió el labio inferior mientras pasaba sus manos por detrás de su espalda.

Me quedé obserándola como si fuese la cosa más delicada y dulce del mundo. Pensativo por unos instantes, acaricié su mejilla e incliné mi rostro.

- Como decir que no.

- Eres un buen chico, Carlos.
No te merezco - susurró alzando una ceja mientras notaba su respiración cada vez más cerca de mi rostro.

- Creo que es al revés - bramé dulce mientras ella se acercaba más a mi y depositaba un pequeño beso en mis labios. Mis ojos se abrieron de par en par. Sentí sus labios fríos y mojados pero sensibles, irresistibles y realmente, sentí la necesidad de volver a besarlos pero tal vez, a ella le pareciese mal.

Ambos sonreímos con timidez.

- ¿Amigos? - alcé una ceja meneando la cintura mientras mi sonrisa aumentaba en cantidad.

- Calla, estúpido - puso los ojos en blanco mientras me daba suave en el brazo - Te echaba de menos.

- Y yo, estúpida.

Ambos sonreímos y ella volvió a presionar sus labios contra los míos. Esta vez nos hundimos el uno en el otro durante un tiempo mucho más extenso que para mi fue como si cesase y todo a nuestro alrededor desapareciese.






- Debo irme. Quieren hacerme unas pruebas en el hospital... - bramó aún recuperando la respiración mientras se agarraba fuertemente de mis brazos.

- ¿Seguro que estás bien?

Pregunté mientras ella me miraba fijamente.

- Ahora sí. Ahora si lo estoy.


Y ambos sonreímos mientras yo me perdía en su mirada una vez más. 









Narra Miriam: 







- Tú muerte no fue justa - le dije a mi abuela abrazándola con fuerza mientras sollozaba en sus brazos.

- La tuya tampoco - me sonrió acariciando mis hombros.

Y nada más voltearme, la vi. Vi a mi madre que me observaba de pie junto al umbral de la puerta.

Sus ojos estaban húmedos y sus labios totalmente secos.

Me quedé observándola un rato. La había buscado durante tanto tiempo... Aunque ahora era la persona con la que menos deseaba encontrarme.

- Siento todo lo que pasó. Fue culpa mía - dije mientras ella se abalanzaba sobre mi acogiéndome entre sus brazos y sonreía momentáneamente.




- No deberías de estar aquí. Aún puedes salvarte.

- No me iré sin ti, mamá - pronuncié cogiendo su manos con fuerza mientras las lágrimas salían disparadas de mis ojos.

- Coque y papá te necesitan. Hazme caso por una vez - acarició mi mejilla con delicadeza y me sonrió una última vez.
Sus manos estaban frías y todo su cuerpo se encontraba pálido y sin vida.

- Mamá... Siento todo lo que dije, nunca fui un buena hija. Solo... debí portarme mejor.

- Cállate. Estoy orgullosa de ti y también de tu hermano. Debí estar a vuestro lado siempre - me paró en seco y su sonrisa se borró de su rostro.

- Te quiero, mamá.

Solté sus manos y le miré por última vez mientras mis sollozos aumentaban por momentos.

- Corre.

Y sin más, me di la vuelta y caminé hacia mi destino. Sin miedo, sin lástima, sin remordimientos.
Tal vez, elegí mal una vez pero tenía otra oportunidad para elegir mejor.


Quería a mi madre. La amaba con todo mi corazón aunque nunca se lo demostrara en su totalidad.
En estas semanas, me sentí tan cercana a ella que eso recompensó a todos aquellos años pasados.

Ella me defendió.
Ella se sacrificó por mi.
Ella antepuso su propia vida para salvarme.

Nunca podría agradecerle todo lo que hizo por mi.

Completamente todo.







A veces la vida puede resultar tan corta que ni siquiera podemos apreciarla. Solo cuando la perdemos, podemos darnos cuenta de nuestros actos, de nuestros errores y de nuestros pensamientos.
Somos personas, nos equivocamos constantemente pero esa es nuestra función y nuestro trabajo.
Levantarnos para volvernos a caer y retomar el camino de nuevo.
Así maduramos, así aprendemos.

La base es no rendirse y continuar pase lo que pase y sea como sea.




Aunque a veces, nos sea totalmente imposible...








                                                                         

A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd. 

Alphonse de Lamartine


                                                                     


sábado, 22 de abril de 2017

(T2) CAPÍTULO 43: UN ÚLTIMO RESPIRO




Narra Miriam:




                                                                         

                                                      

Algunas veces debes de sentirte orgullosa porque hiciste una buena acción y porque por una vez te sentiste como eras: TÚ misma.


Pero por otro lado, te sientes una completa estúpida porque en vez de hacerle caso a una de las personas que más quieres en el mundo, hiciste lo que tu perversa y elocuente mente te ordenó.

A veces, no somos conscientes de lo que estamos haciendo y de las consecuencias que eso conlleva. No somos nadie, solo títeres dirigidos por nuestro corazón.

Alguna vez aprenderemos, para volver a equivocarnos nuevamente. Así moriremos, cayéndonos y volviéndonos a levantar.




                                                                       







Mis ojos se abrieron después de recibir un notorio pinchazo.
Todo estaba oscuro, no veía absolutamente nada. Solo negro y más negro.

El silencio inmenso era tan real como el dolor que sentía en mis brazos.

No sé si era de día o de noche pero había abierto los ojos así que no estaba muerta.



No lo estaba. No estaba muerta.









Narra Lola:







- Oye, Mandy. No creo que sea buena idea - fruncí el ceño. Las chicas aún no habían llegado, éramos las primeras.

- No, Loli. ¿Cuánto ha pasado? ¿Una semana? Necesitas salir, liberarte... Debes demostrarle que puedes vivir perfectamente sin él y de paso te buscas un nuevo ligue - rió alzando ambas cejas.

Puse los ojos en blanco.

Nos encontrábamos justo delante del pav. La música hacía estallar mis oídos y las chicas me desesperaban cada vez más.

Ellas habían insistido durante toda la semana para que fuera. No pude negarme ya que si lo hacía, vendrían a mi apartamento y me llevarían ellas mismas como si de un saco se tratase.

No me sentía con ánimos para andar de juerga. Sé que Mandy y las demás solo querían que me lo pasase bien y desconectase pero no creo que fuese capaz.

Henry ocupaba mi mente a todas horas como si fuera una adición prohibida.
Necesitaba verle y sentir que todo volvía a ser como antes. Solo eso me alegraría.

Ayer telefoneé a su hermano. No volvimos a hablar de la locura e inmensa chorrada que intenté hacer hace unos días. Mejor así, estaba fuera de lugar, indignada y entristecida. Así no puedes pensar con claridad.

Bien, le pedí que me trajera algunas cosas que me olvidé en su casa. Según él, Henry no se percató de absolutamente nada. Acudió a mi apartamento para devolvérmelas y le invité a tomar un café.

Me explicó que Henry llevaba unos días bastante raro y sobre todo, estaba muy hundido. No parecía él.
Cuando Miguel intentó sobresacarle que le ocurría, no quiso decírselo y rápidamente se sumergió en su cuarto.

Así que ambos nos sentíamos de la misma forma. Sin fuerzas, sin ánimos, sin amor, sin compañía, sin el uno y sin el otro.

¿Hasta cuando podríamos seguir así?


- Lola, ya llegan. ¿Preparada para coger la mejor borrachera de tu vida? - interrumpió Mandy mis pensamientos mientras su sonrisa crecía sin más.

Le sonreí de nuevo como pude. Ya que me obligaban a ir, por lo menos, intentaría pasármelo lo mejor posible.








Narra Miriam:




Me erguí. Mis piernas estaban adormecidas y el fuerte dolor que consumía mis brazos desapareció en un par de segundos.
No sabía expresar como me sentía en aquellos instantes. Ciertamente, físicamente me notaba bastante bien pero psicológicamente encontraba mi mente totalmente colapsada. No era capaz de pensar y mucho menos recordar con claridad, Es como si una especie de energía me conteniese.

Miré a mis alrededores. Todo estaba oscuro aún aunque esa opacidad no me asustaba si no todo lo contrario. Me complacía y me relajaba.

El ambiente era manso, tranquilo y dócil como si en cualquier momento pudiese romperse y cambiar totalmente.

Y entonces, sentí la necesidad de levantarme. Me di cuenta de que continuaba aún en el suelo y eso me extrañó.
Suspiré fuerte y cerré los ojos. Pensé que al levantarme, un fuerte dolor me consumiría pero por lo visto me equivoqué. Me encontraba bien, me sentía como si acabara de nacer nuevamente y el dolor había desaparecido. No me costó tampoco mantenerme de pie -sin contar que al principio, los tenía dormidos- y caminé con sutileza por aquel estrecho pasillo de la UCI.

- ¿Mamá? ¿Estás bien? - murmuré deteniéndome justamente debajo del aparato de ventilación. No recibir ninguna respuesta me alarmó así que volví a llamarla una vez más. Tenía que estar bien. Si yo lo estaba, ella también debía estarlo. - Mamá. Estoy bien. Todo está bien.

Y seguía sin recibir una respuesta clara. Todo estaba en completo silencio. No había absolutamente nadie.

Entonces cerré mis ojos y pude contemplar el rostro pálido de mi madre por unos instantes y a aquel hombre amenazándome con aquel revólver. ¿Apretó aquel gatillo? ¿Me disparó realmente?
¿Pero que estoy diciendo?

Me senté en el suelo y abrí los ojos de golpe mientras me abrazaba a mi misma.
¿Qué está pasando?
¿Por qué no hay nadie?
¿Por qué mi madre ha desaparecido?
Y lo más extraño: ¿Por qué no siento miedo?

Mamá...
Derek...
Coque...

No puedo pensar con claridad. Solo son pequeños detalles, enanos recuerdos que apenas puedo recapitular perfectamente en mi mente.

Sé que atravesé esas puertas, sé que no le encontré pero sé que nos encontró él a nosotras.
Por dios... ¿Por qué no puedo acordarme de lo que pasó?

Noté una presión sobre mi hombro. Cuando me di la vuelta, allí estaba. Se encontraba de pie, mirándome con aquellos ojos verdes que tanto me apasionaban. Siempre quise tenerlos como ella.
Parecía más joven, más bella pero pude ver que continuaba siendo la misma.

Noté como mi pulso se aceleraba. Mi respiración se volvió muy agitada y no podía quitarle la mirada de encima. No podía estar pasando. Era imposible que estuviera delante de mi como si nada.

Cerré los ojos una vez más. Pensé que estaba delirando pero en cierto modo, cuando volví a abrirlos me di cuenta de que era cierto. De que era ella.

- ¿Estoy... muerta? - pregunté como si las palabras saliesen solas de mi mente.

- Así es - respondió ella al cabo de un rato totalmente inmóvil.

Y aquellas eran las palabras que más temía en el mundo pero sabía que eran ciertas incluso antes de preguntarlo.









Narra Lola:




Debería de estar disfrutando. ¡Si!
Llenarme el cuerpo de alcohol y salir a la pista para que todas las miradas se clavaran en mi pero no soy capaz.

En vez de eso, me escondo en el fondo del local mientras bebo agua del grifo y mis amigas se lo pasan de miedo bailando y riendo y bebiendo...

¿A quién voy a engañar? Soy un verdadero muermo. No me extraña que sea virgen y esté más sóla que una piedra en medio del desierto. Apesto, doy asco y pena a la vez. ¿Quién quiere estar con una chica así?


Cogí mi celular y marqué el número de Miguel. Después de unos cinco tonos, su voz ronca sonó a través del mismo.

- Siento molestar tu increíble sueño a las... - miré la hora en mi reloj y puse los ojos en blanco. ¡Es impresionante que este durmiendo a las once de la noche! Es como un niño pequeño que le regaña su madre y le obliga a dormirse pronto para ir al día siguiente a clase, - Olvídalo. No me meteré en tu apasionante horario durmiente.

- No estaba durmiendo. ¿Vale? Solo... Echaba una cabezadita - se justificó mientras intentaba aclarar la voz a la vez que bostezaba como un tremendo oso gigantesco y grotesco. - ¿Qué pasa estúpida?

- Me aburro. No soy capaz de divertirme y ser como tú. Un gilipollas y maleducado al que todo le da exactamente igual. Tal vez, el mundo me odia y no los culpo por que...¿Sabes? Creo que yo también me odio. Soy borde, un poco egoísta y tengo un mal humor impresionante.

- Oye, oye, oye - me paró en seco suspirando levemente - Eres una de las mejores personas que conozco. Nadie te odia. ¡Venga ya! Deja de compadecerte de tú misma y diviértete. Tómate dos putos cubatas y ligátelos a todos, puta alienígena.

- Amo tus impresionantes formas para hacerme cambiar de opinión. Gracias cabeza hueca. Tal vez sirvas para algo - sonreí leve y luego me terminé el agua y cogí el bolso.

- JAJAJA. Ojalá te folle un negro, cabrona. Anda, lárgate y zorreale a unos cuantos. Tengo que seguir con mis estudios intensivos.

- Tan "intensivos" que hasta babeas sobre los libros.

- Cállate, cerda.

Y sin más, me colgó. Me encantaba hablar con él. Siempre sabe las palabras exactas para hacerme sentir mucho mejor.

Me acerqué a la barra después de guardar el móvil en mi cazadora.

Después de pedir, me alisté un poco el cabello y respiré hondo mientras me bebía la copa de un sorbo. Tal y como dijo Miguel. Seguí sus indicaciones.

Sin preocupaciones, sin pensamientos oscuros, sin recuerdos pasados y sin culpabilidades.

- Hola, póngame un Martini y a la señorita otra ronda de lo que esté bebiendo.

Me volteé y un hombre de estatura media, talle fino, piernas largas y con unos brazos bastante musculosos y llenos de numerosos tatuajes se presenció justo a mi lado.

Sus labios eran finos de un color rosado, su nariz no era ni muy pequeña ni muy grande y sus ojos claros color miel no dejaban de observarme ni un misero instante.

Vestía un chaleco de cuero que dejaba ver sus brazos a la perfección, unos pantalones rotos de color oscuro y unas zapatillas de marca. Su cabello era tan oscuro que me llamó la atención.

No tenía absolutamente nada que ver con Henry. Parecía más oscuro, más frío y sin duda, Henry le superaba en cuanto a belleza física.

Aparté la mirada intentando aguantarme la risa. ¿Me faltó algo por analizar de él? Creo que no.

Me parece que ese es uno de mis peores defectos. Analizar a las personas como si tuviese miedo a lo que pudiese pasar.

La camarera me sirvió mi segundo cubata a cuenta de él y este se alejó viendo que no tenía ni la más mínima posibilidad conmigo.

Tal vez deba dejar de tener miedo. No debo esconderme, ni cohibirme, debo soltarme como hice con Henry cuando le conocí. Lo recuerdo como si fuera hoy. Él me trasmitió seguridad desde el minuto cero.
Era increíble la sensación que me hacía sentir solamente a escasos centímetros de él.

¡Ya basta! Debo parar de pensar en él.

Pedí otra ronda a la camarera mientras notaba como el alcohol comenzaba a hacer efecto.
Es una buena forma de olvidar.

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Narra Miriam:




- Sé que no es muy agradable escuchar eso. Creéme, es tan difícil para mi como para ti.

Alcé la mirada de nuevo. Llevábamos un rato caminando. Mi abuela no dejaba de darle vueltas al tema pero no podía decirme nada sobre lo ocurrido.

Me percaté en el camisón blanco que cubría su cuerpo y bajé de nuevo la mirada frunciendo el ceño.

Me acuerdo perfectamente de el. En sus últimos días de vida, no se desprendió de él ni una sola vez.
Siempre fue su camisón favorito.

La escena de su muerte en mi mente hizo que unas pequeñas lágrimas salieran de mis ojos.
Fue muy trágica, muy dolorosa y en mi vida había sentido algo como eso. El dolor de perder a alguien que de verdad amas, de perderlo para siempre y lo más difícil, aprender a vivir con ese dolor.

- Oh querida - dijo mi abuela mientras me acogía entre sus pequeños brazos e intentaba tranquilizarme - Sé que es duro. Todo esto es extraño y verdaderamente doloroso pero debes entenderlo para no volver a repetirlo.

- Abuela, no sabes lo que sentí cuando te perdí. Me encontré sóla, completamente inundada de dolor y lágrimas. Juré que nunca me sentiría así de nuevo. Siempre fuiste como una madre para mi. Nos cuidaste desde que teníamos seis años hasta que cumplí los trece. A la vez que mi hermano, siempre fuiste una referencia para mi. La persona en la que deseaba convertirme. Mi heroína.

Mi abuela se separó de mis brazos y me cogió por los hombros.

- Nunca estarás sola. Siempre estaré a tu lado cuidándote y también aquí - dijo señalando mi corazón mientras me dedica una tierna sonrisa. Eso consiguió devolverme al presente. Me sequé las últimas lágrimas que caían por mi rostro y le miré a los ojos.





- Es extraño - fruncí el ceño mientras me sentaba en uno de los asientos de la sala de espera,

Mi abuela se sentó a mi lado mientras me cogía de la mano.

- ¿El qué?

- Estoy muerta. Debería de sentirme perdida, entristecida y... - gruñí leve y alcé la mirada. - En cambio, me siento un poco aliviada, segura y liberada.

- Por eso estoy aquí. Quiero que me expliques lo que ocurrió.

No dejé de mirarla fijamente hasta que sentí un fuerte dolor en mis brazos.
Luego, el dolor se extendió a mi cabeza. Comencé a bramar fuertemente mientras me sujetaba la cabeza con ambas manos y contenía la respiración.
Era inaguantable, muy insoportable. No podía aguantarlo. Es como si cortaran cada parte de mi cuerpo en pedacitos.

- Por favor, haz que pare abuela - chillé con energía mientras hundía la cabeza entre mis muslos sin dejar de sujetarme la cabeza.

Pero ella seguía completamente rígida sin dejar de observarme y con la misma expresión que hace unos instantes.

¿Por qué no se inmutaba? ¿Por qué no me ayudaba?

- ¡Abuela! - grité mientras el dolor pasaba aceleradamente a mi tripa y la sangre salía disparada por mi boca.

Miré mis manos ensangrentadas y cerré los ojos con fuerza.

Al abrirlos, vi unos zapatos. Al levantar más la mirada, pude contemplar un rostro muy familiar.

- ¿Jerry? - susurré casi sin fuerzas mientras el dolor aumentaba dentro de mi y la sangre seguía fluyendo apresuradamente - ¿Qué hacéis todos aquí? Esto es...

- No, no es el cielo - murmuró Jerry leyéndome la mente.

-Tú nos has llamado - susurró mi abuela desde más lejos.

- ¿Qué yo os he...?

- Miriam, es importante. No debes entretenerte - me interrumpió mi abuela.

- No hay tiempo. Se te acaba el tiempo y a nosotros también. Debes escucharnos. Es importante.

- Tal vez...

Mis palabras fueron interrumpidas por un fuerte dolor que me hizo perder el conocimiento.










Narra Lola:





Me acerqué al chico misterioso. Miguel tenía razón. Debía liberarme y disfrutar y esta era la mejor forma de hacerlo.



Con siete copas encima y el alcohol subiendo por mi cuerpo como si se tratase de agua evaporada, toqué el hombro de aquel chico que se entretenía hablando con un hombre un poco más mayor que él.

- Quería agradecerle la copa. Aunque haga como un siglo que me la bebí - sonreí mientras él se daba la vuelta y me observaba de arriba a abajo.
El otro hombre se esfumó como si tuviese el SIDA o algo por el estilo. Fruncí el ceño pero decidí no darle mucha importancia.

- Fue un placer. ¿Cómo te llamas, linda? - me preguntó sin dejar de mirarme e invitándome a sentarme.

Pedí otra copa y ambos comenzamos a charlar abiertamente.

- Rogelia - le ofrecí mi mano intentando contener la risa. Este me miró con los ojos muy abiertos, bastante descolocado. Reí notoriamente - Lola. Debiste ver tu cara.

- Lo sé. Es muy linda de admirar - pronunció dándole un sorbo a su copa y observándome nuevamente.
Se sentó a mi lado y yo sonreí.

- JAJA. Deja de usar ese término. Me pone de los nervios - me mordí el labio y este se aproximó más a mi.

- Entonces... ¿No puedo decir que eres linda?

- Usa un sinónimo y todo arreglado.

Dije abiertamente mientras me encogía de hombros y me centraba en admirar mi copa.

- ¿Sabes qué los menores de edad no pueden beber alcohol?

- Tengo 18, gilipollas - bramé pegándole suave en el brazo.

Él volvió a observarme de arriba a abajo maravillado. Notaba su mirada clavada en mi a cada segundo.

- Yo 22 - aclaró alzando el dedo índice y corazón a la vez representando el símbolo de la paz.

- Sigo sin saber tu nombre. Haber si lo adivino... ¿Owen? No, no. Mejor, ¿Kevin? Si, tienes cara de Kevin - jugueteé con mi copa mientras él sonreía y se acercaba a mi oído lentamente causándome un pequeño escalofrío.

- Te lo diré porque me resultas divertida. No sé si es por lo bebida que vas pero...
Me llaman Mason.

Se separó de mi y yo sonreí ingenua.

Alcé ambas manos después de terminarme la copa.

- Está bien. No valgo para ser adivina. Acabo de demostrarlo.

- ¿Bailamos? - me ofreció él mientras se levantaba y miraba la pista.

Dudé unos escasos segundos y asentí mientras me levantaba también.

Sentí como todo me daba vueltas por unos instantes y hasta que él me ofreció su mano, no pude ver con claridad.

Ambos accedimos a la pista.

Kelly me guiñó un ojo mientras bailaba con un chico más o menos de su edad que a mi parecer parecía totalmente irresistible.
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Narra Miriam:




- Miriam, ¿ya estás lista para hablar o vas a perder aún más el tiempo?

Abrí los ojos de nuevo. Jerry se encontraba arrodillado justo a mi lado. Me observaba con curiosidad y al mismo tiempo, como con miedo a que escapase o algo por el estilo.

- ¿Así que podéis aparecer y desaparecer cuando os de la gana? - pregunté algo aturdida mirando a los alrededores. Seguíamos en el mismo lugar. Sucio, apagado y realmente oscuro.

Miré mi cuerpo. Ya no había sangre y el dolor desapareció nuevamente.

- ¿Qué pasó?

- No lo sé. No lo recuerdo - reí ingenua y me tumbé en el suelo mirando a la nada.

- Si no los supieras no nos habrías llamado.

- Yo no os pedí que vinieráis a mi funeral o lo que sea - afirmé indignada aún sin saber verdaderamente que hacía aquí - Si no es el cielo, ¿dónde estoy?

- Aquí quien hace las preguntas soy yo - dijo mientras yo ponía los ojos en blanco - Estás empezando a recordar lo ocurrido. No lo niegues. El dolor que sentiste hace unos instantes. Era un recuerdo.

- Él me miraba. Su expresión era repulsiva, extraña y rara. Estaba mal de la cabeza. No dejaba de meterse conmigo pero ya no tenía escapatoria. Mi madre estaba en peligro, mi hermano también y no podía escapar. Así que dejé de pensar, caminé hacia él y dejé que el destino hiciese su trabajo - confesé mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.

- Si tienes tan claro lo que pasó. ¿Por qué estamos aquí?

- Ojalá lo supiese. Yo no quería morir. ¿Quién quiere eso? - reí flojo y paré en seco cuando no demostró ninguna muestra de divertimiento en su rostro.

- No. Me estás ocultando algo. ¿Qué ocurrió?

Fruncí el ceño. Ya le había contado todo lo ocurrido. ¿Por qué seguía presionándome? ¿Por qué no me dejaba en paz?

- Es una pérdida de tiempo. Nunca nos dirá nada - mencionó mi abuela apareciendo de la nada.

- ¿Queréis de dejar de aparecer y desaparecer? Me ponéis de los nervios.

- En mi opinión, no hay un término medio. Sé que lo sabe aunque si ni siquiera ella misma está segura de sus sentimientos, nosotros aún menos.

- ¿Hola? Sigo aquí - me entrometí alzando las manos y ladeándolas de un lado a otro - Dejen de actuar como si no existiese.

- Cállate. Esta es una conversación de adultos - bramó Jerry mientras yo me cruzaba de brazos y suspiraba alto - Estamos atrapados al igual que ella. Si no nos lo dice por las buenas, tendrá que hacerlo por las malas.

Mencionó finalmente y luego, desapareció como si nada.

Miré a mi abuela. Ella se encogió de brazos y volteó los ojos.